miércoles, 27 de febrero de 2013

LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA


Unos amigos míos que han fundado la federación local de un sindicato nacional proyectan casi todos los viernes películas y documentales de interés notable en su sede. A finales de Noviembre, cuando estaba de visita en mi ciudad natal aproveche para informarme por la proyección de ese día y comprobé que proyectaban el interesantísimo documental “Comprar, tirar, comprar” que un año antes habían emitida en La 2 de TVE y que ya había visto.
El documental “Comprar, tirar, comprar”, dirigido por Cosima Dannoritzer en 2010, aporta pruebas documentales de una práctica empresarial que consiste en la reducción deliberada de la vida de un producto para incrementar su consumo y muestra las desastrosas consecuencias medioambientales que se derivan. Esto es lo que se ha venido a denominar obsolescencia programada y es el motor secreto de nuestra sociedad de consumo.
El sistema capitalista está basado en el continuo crecimiento, por eso, toda época que no sea de crecimiento es época de crisis por lo que hay que poner en marcha mecanismos que permitan crecer y eso es incentivar el consumo utilizando cualquier artimaña, de ahí que la creación de productos poco duraderos sea una de las claves para que el sistema funcione, a pesar de las terribles consecuencias que pueda traer consigo el consumo ilimitado de recursos limitados, tanto en la permanencia de dichos recursos como en la repercusión sobre el medio ambiente de una ineficiente o inexistente gestión de los desechos.
La obsolescencia programada surge a la vez que la producción en masa y la sociedad de consumo. Con la producción en masa se abarataron los precios, pero se necesitaba mantener el consumo, para mantener la maquinaria en funcionamiento, ya que, de lo contrario, no se podía amortizar la inversión empresarial ni mantener la plantilla laboral.
La primera vez que se implantó tal obsolescencia programada fue en 1924, cuando Phoebus, (cártel de fabricantes de materiales eléctricos), acuerda la limitación de la duración de la bombilla para que se éstas se vendieran con regularidad. Se regula la modificación de su fabricación para que no duren más de mil horas, en lugar de las 2.500 horas que duraban las bombillas de entonces, sancionando a aquellos fabricantes que no lo lograsen.
Posteriormente, en 1934, Bernard London propuso abiertamente la imposición de la obsolescencia programada para así mantener la producción mantenida independientemente de las necesidades, como medida para salir de la crisis de los años 30. Cualquier producto debería ser destruido después de un tiempo de uso legalmente estipulado y se sancionaría su uso posterior. Con ello se mantendría la producción industrial y el consumo. Dicha idea no se llegó a poner en práctica, aunque fue la primera declaración abierta de una práctica inmoral que se pondría en funcionamiento más delante de forma encubierta.
Fue en los años 50, cuando Brooks Stevens introduce de nuevo el concepto de obsolescencia programada mediante la seducción al consumidor y la generación del deseo en éste por poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor y un poco antes de lo necesario. Rompe con el enfoque europeo de crear el mejor producto posible para que durara siempre, creando un consumidor insatisfecho con el producto que ha disfrutado, para que lo venda de segunda mano y compre uno más nuevo, porque sea más atractivo, bien por diseño, bien por mercadotecnia, bien por necesidades generadas. Sin embargo, Brooks Stevens no fabrica en ningún momento productos diseñados para fallar, sino que apuesta por una continua renovación de éstos basada en la mejora de la calidad, el diseño y las funcionalidades. Esta filosofía ha sido la que se ha implantado universalmente a partir de ese momento, la mejora y renovación de los productos por otros más actuales o funcionales, para que los anteriores queden obsoletos.
Con la implantación de esta política de producción, pronto se comenzaron a comercializar productos con una vida funcional limitada, es decir, construidos para fallar. Como caso más indicativo de dicha práctica comercial cabe destacar el hecho de que las impresoras actuales suelen llevar un chip que bloquea el funcionamiento de dicho periférico cuando se ha llegado a un número de impresiones concreta prefijadas por el fabricante, aunque el producto pueda continuar operando, obligando al usuario, en la gran mayoría de los casos, a tener que deshacerse del producto que falla para adquirir uno nuevo.
Como curiosidad cabe reseñar que en 1981, ingenieros de una compañía de Alemania Oriental presentaron en Frankfurt una bombilla de larga duración. La idea fue recibida con cierto alarmismo por parte de sus homólogos occidentales que no duraron en advertirles que con esa idea se quedarían sin trabajo. Los propulsores de la idea refutaron dicho comentario advirtiendo de que se quedarían sin trabajo si se acababa el tungsteno. El caso es que dicha bombilla no fue comprada por nadie en Occidente y en 1989 se cerró dicho fábrica.
El último caso y más famoso fue una demanda colectiva contra Apple debido a que el diseño del Ipod de primera generación llevaba incorporada una batería que estaba diseñada para no durar más de año y medio. Además, Apple no suministraba recambio para aquellas baterías que dejaban de funcionar. Al final, la empresa de la manzana mordida tuvo que llegar a un acuerdo para compensar a aquellos consumidores rebeldes que decidieron acudir a los tribunales.
El problema viene a partir de un consumo ilimitado en un mundo con recursos limitados. Los recursos naturales disponibles y energéticos son limitados y la gestión de residuos es ineficiente. La economía del despilfarro está llegando a su fin porque ya no quedan lugares donde poner los residuos. Por poner un ejemplo, la generación diaria promedio de basura “per cápita” es de un kilogramo por lo que se generan siete mil millones de kilos de basura diaria, siendo una vasta cantidad de ésta no biodegradable.
Estamos formando parte de un sistema basado en la producción de productos ineficientes o defectuosos a propósito, lo que genera una sociedad basada en el consumismo y el despilfarro, sin tener un plan de acción que actúe una vez que dicho producto ha sido descartado o sustituido y desechado por el consumidor.
En definitiva, que para mantener en funcionamiento el sistema capitalista, es necesaria esta vorágine consumista que poco a poco está agotando los recursos existentes del planeta. Una vorágine que Mahatma Gandhi resumió en una extraordinaria frase que resumía todo lo aquí expuesto: “El mundo es lo suficientemente grande para satisfacer la necesidad de todos, pero será siempre demasiado pequeño para satisfacer la avaricia de algunos pocos”.

lunes, 11 de febrero de 2013

LOS UNIVERSOS PARALELOS

Cuando de niño ponía a volar mi imaginación acerca de qué había más allá de nuestro planeta me ponía a hacer viajes imaginarios a través de las estrellas, supongo que todo ello motivado por la visión de alguna película espacial o alguna serie de dibujos animados.
Como la imaginación no tiene límites, y eso que a esas edades no había probado ningún tipo de sustancia estupefaciente, imaginaba las más bellas estampas que uno se pudiera imaginar.
Aún no entendía de la composición de la materia, de los agujeros negros, del origen de las estrellas o los planetas ni de la teoría del Big Bang, pero sí que tenía en la cabeza el concepto de espacio y la imposibilidad de su acotación. Cuando oía hablar de la expansión del Universo, o la contracción de éste, y que fuera de él no había nada, o cuando oía hablar del vacío como la nada, me ponía a pensar en su representación imaginaria y llegaba a una contradicción, ya que el espacio, por definición, ha de ser infinito y si nuestro universo está limitado, sólo ha de ocupar una parte diminuta de éste.
Imaginaba incluso que en una mota de polvo hubiese un Universo completo y mi imaginación comenzaba a hacer un viaje a través de ese Universo imaginario. Entonces es cuando pensé que nuestro Universo podría ser una mota de polvo dentro de otro Universo de dimensiones mucho más grandes y que esta secuencia podría repetirse sucesivamente como sucede cuando vemos en el espejo nuestra espalda reflejada en otro espejo. Lo que me sobraba era espacio e imaginación.
Gran sorpresa me llevé cuando me documenté acerca de los Universos paralelos, (no logro recordar cómo). Parece ser y ya es una hipótesis aceptada, por lo tanto, comprobada teóricamente, que nuestro universo es plano como una lámina y que se encuentra en una burbuja entre millones de universos paralelos, lo que formaría el multiverso. Sin entrar en la perspectiva de la teoría de cuerdas, que por más que leo acerca de ella, no consigo tener una visión totalmente clara de ella, habría muchos universos y otras dimensiones con otros universos, e incluso esas dimensiones ocuparían el mismo espacio en el que podría haber otro universo. A partir de aquí, los universos se crearían chocándose entre sí, dividiéndose o a partir de una explosión, (como en el Big Bang). Se podría acceder a otro Universo o dimensión a través de un agujero de gusano, al igual que la luz puede ser tragada por un agujero negro, pero el espacio sigue siendo infinito por lo que la existencia de infinitos universos o de un número exageradamente grande de estos es algo totalmente factible.
Incluso, si aplicamos las teorías de la relatividad de Einstein, en las que teoriza acerca de que el tiempo es variable en función de la velocidad, (teoría especial), y de que el espacio es flexible y por lo tanto también el tiempo en sistemas gravitacionales más fuertes, (teoría general), se abre la puerta a múltiples universos paralelos tomando como patrón un espacio concreto y como variable el tiempo, es decir, se podría viajar en el tiempo, por lo tanto se crearían universos paralelos en función de éste, por lo que las líneas temporales crearían universos paralelos interconectados a través de agujeros de gusano. Llegado a este punto, y para no empezar a divagar acerca de la posibilidad de viajes en el tiempo, que en función de ciertas teorías universalmente aceptadas podrían posibilitarse siempre y cuando se cumplieran unas condiciones actualmente inalcanzables por la humanidad, estoy más de acuerdo con la divertida conjetura de protección de la cronología formulada por Stephen Hawking, quien sostiene que las leyes de la física son tales que impiden el viaje en el tiempo en cualquier escala que no sea submicroscópica, donde sí que ocurre según la aún no comprobada teoría de cuerdas y mediante el principio de incertidumbre de Heisenberg. Éste último viene a decir que un electrón puede estar en dos sitios a la vez, por lo que se podrían crear universos paralelos, que transcurren al mismo tiempo.
En los casos de los distintos universos que pudieran existir, un error común suele ser aplicar nuestras leyes como normativa general a todos los universos o dimensiones, pues estos tendrán distintas leyes físicas. El problema viene en que sólo conocemos las nuestras. Precisamente Albert Einstein con su teoría universal quiso aglutinar en una sola teoría todas las leyes físicas, pero seguramente, aunque se probara que la teoría general de la relatividad de Einstein fuera cierta, sólo sería aplicable a nuestro Universo, pues desconocemos que hay fuera de él. Es más, desconocemos gran parte de lo que hay dentro de él, pues las distancias hacen que sea prácticamente imposible estudiarlo con detalle.
Evidentemente, todo aquello que imaginaba, partiendo de la ilimitación del espacio, es lo que conforma el multiverso. En dicho término se englobarían los múltiples universos posibles, incluido nuestro propio universo y comprendería todo lo que existe físicamente, la totalidad del espacio y del tiempo, todas las formas de materia, energía y cantidad de movimiento y las leyes físicas y constantes que las gobiernan.
Difícilmente el ser humano llegue a saber que hay fuera del Universo al que pertenece, pues ni siquiera sabe aún lo que hay dentro de él. Tampoco se sabe y difícilmente se podrá saber si lo que es nuestro Universo puede recibir la influencia de otros universos próximos, pues si lo recibiera el resultado se tomaría como propio de éste. Pero lo que es cierto es que, partiendo de que el espacio es infinito, hay cabida para infinitos universos adicionales, por lo que la imaginación puede echarse a volar sin límite alguno. Igual habría que empezar a ser más ambiciosos y preguntarnos si estamos solos en el Multiverso, aunque es algo que jamás podremos saber, ni siquiera en nuestro propio Universo.

martes, 29 de enero de 2013

LA LEY DE MURPHY

Durante mis años en la universidad siempre viví en piso compartido. Todos los años buscamos ser cinco, aprovechando el céntrico piso de cinco habitaciones en el que estuvimos viviendo la mayoría del tiempo, para sólo tener que hacer la comida una vez a la semana y dejar la organización del fin de semana en función de los que estuviéramos o estuvieran en el piso. Cuatro de nosotros coincidimos durante todo este tiempo, (Marcos, Chopo, Tomás y yo), teniendo varios compañeros que hicieron de quinto hombre, Haro, Toño y Navajo.

El que menos estuvo con nosotros fue Navajo, que sólo lo hizo durante un año. Me llamó la atención durante ese año que, en los menesteres de casa o del acontecer diario, él solía hacer frecuentes alusiones a las distintas “leyes de Murphy”. La de la rebanada era recurrente, (“La tostada siempre cae por el lado de la mantequilla”), aunque también hacía alusión a algunas otras. Recuerdo que a Marcos no le hacía ninguna gracia esos comentarios, pues replicaba que a las leyes de Murphy recurrían los pesimistas o los cenizos, algo que coincidía con el sentir general de los demás, aunque el resto lo tomábamos como algo anecdótico, propio de la cultura popular.
La ley de Murphy es, en general, una filosofía de afrontar la vida que denota, a la vez, una actitud pesimista, resignada y burlona ante situaciones que están a punto de acontecer. Sería aplicable a todo tipo de situaciones, desde las más banales de la vida cotidiana hasta las más trascendentales. Esta forma cómica y, en la mayoría de los casos, ficticia de explicar los infortunios en todo tipo de circunstancias ordinarias se basa en la máxima “Si algo puede salir mal, saldrá mal”.
La ley lleva el nombre de Edward Murphy, ingeniero aeroespacial que trabajó en experimentos con cohetes sobre rieles puestos en práctica por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos a finales de los años 40. Hay varias versiones acerca del origen de dicha ley. Según George Nichols, compañero de Murphy, éste, frustrado después de un experimento fallido, le echó la culpa a su asistente, diciendo “Si una persona tiene una forma de cometer un error, lo hará”. Sin embargo, otra versión es que la frase se originó por parte de Edward Murphy y decía algo así como “Si hay más de una forma de hacer un trabajo y una de ellas culminará en desastre, alguien lo hará de esa manera”.
De todas formas, la frase salió a la luz pública por primera vez durante una conferencia de prensa en la que a John Paul Stapp, capitán de la base donde se estaban realizando los experimentos, se le preguntó por qué nadie resultó con heridas de importancia durante las pruebas con el cohete. Stapp replicó que fue porque se tomó en consideración la ley de Murphy, citándola a continuación, y que, en general, significaba que era importante considerar todas las posibilidades antes de hacer una prueba.
Fue en 1952 cuando se cambió la frase a “Todo lo que pueda salir mal, sucederá” a partir de un libro de John Sack, aunque hasta 1955 no se cita a Murphy en relación con esta ley, en un libro de Lloyd Mallan. Irónicamente, la frase con la que se suele citar esta ley, “Lo que pueda salir mal, saldrá mal”, nunca fue pronunciada por Edward Murphy. En realidad, es una versión de la Ley de Finagle sobre la Negatividad Dinámica que dice “Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible”. De esta ley de Finagle, se originó una variante, denominada Corolario de O'Toole, paralela a la segunda ley de la termodinámica, (conocida como entropía), que dice “La perversidad del Universo tiende hacia el máximo”.
Dejando de lado los orígenes de la denominada ley de Murphy, su espíritu conlleva el principio de diseño defensivo, el anticipar los errores que el usuario final probablemente cometerá. Partió de que se tenían dos formas diferentes de hacer algo, una correcta y otra no, pero que el hecho de escoger la incorrecta, produce un resultado final erróneo. Tenerlo en cuenta a la hora de hacer diseños asegura que el usuario no cometa errores futuros.
Rápidamente, todas sus variantes han pasado a la imaginación popular, capturando la tendencia general a enfatizar las cosas negativas que ocurren en la vida. En este sentido, la ley y todas sus variantes parten de la máxima “Si algo puede salir mal, saldrá mal”, que es a su vez una variante de ley de Finagle.
Esta tendencia a enfatizar lo negativo, es que cada vez que hay una posibilidad de que algo salga de dos formas posibles, se tiende a recordar más vívidamente las veces en las que el resultado fue el más perjudicial, puesto que no se suele tener en cuenta las veces en las que la acción tendría menos consecuencias. Por lo tanto, uno tiene la impresión de que la acción negativa es la que siempre sucede, sin importar la verdadera probabilidad de cada ocurrencia, como es el caso de la rebanada untada de mantequilla que cae al suelo.
Leyes como la de Murphy son una expresión directa de tales perversidades en el orden del universo. Existe una demostración física para el hecho de que efectivamente la tostada tiene mayor probabilidad de caer del lado de la mantequilla, pero es debido a otros factores. El factor principal es la altura de la mesa, por la que la tostada tiene “tiempo” de darse media vuelta no por el peso de la mantequilla como errónea e intuitivamente se supone, sino por la rotación propia a las condiciones iniciales de la caída, pero no hay altura suficiente para dar más de media vuelta. Robert Matthews, investigador de la Aston University en Birmingham recibió en 1996 el Premio Ig Nobel de física por un estudio sobre un derivado de la ley de Murphy, es decir, por la demostración del caso de la tostada con base en las constantes fundamentales.
Se han desarrollado mutaciones adicionales de la ley y sus corolarios, muchas de ellas meta-leyes de alguna clase. Un ejemplo a la analogía del pan con mantequilla podría expandirse a: “La probabilidad de que una rebanada de pan untada de mantequilla caiga con el lado de la mantequilla hacia abajo es directamente proporcional al precio de la alfombra”.
El caso es que la cultura popular ha ideado, a partir del axioma inicial, todo un catálogo de distintos dichos denominados como leyes de Murphy, todos ellos basados en el espíritu de dicho axioma original “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. A partir de ahí se han descrito multitud de circunstancias ordinarias de la vida, destacando la vicisitud adversa de dichas situaciones cotidianas. Una filosofía que al consistir en destacar las consecuencias negativas de cualquier acontecer diario, advierte de los posibles inconvenientes con los que nos podemos encontrar, siempre de forma burlesca.

miércoles, 16 de enero de 2013

EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA

Tenía 16 años cuando comenzaba a cursar el tercer curso de Bachillerato. Una de las asignaturas novedosas que íbamos a cursar ese año de manera obligatoria, (por tratarse de una materia troncal), era Filosofía. El profesor que iba a impartir dicha materia ya era conocido por todos aquellos “rebeldes” que habíamos optado por la asignatura de Ética en sustitución de la dogmática y cuasi impuesta asignatura de Religión, puesto que también impartía esa otra materia. La verdad es que dicho profesor, en la primera toma de contacto, me cayó realmente bien por su desparpajo, su rápida dicción sin ningún tipo de tapujos y de tabúes, su afán en llamar a las cosas por su nombre por muy malsonantes que éstas pudieran ser y su exceso de sinceridad a la hora de contarnos experiencias suyas pasadas, a pesar de que alguno de sus alumnos pudiera derivar dichas experiencias en la sensación de estar ante un personaje con algún tipo de trastorno psicológico. Igualmente, el hecho de que él fuera alguien de un atractivo físico deficiente y que su pareja fuera una mujer bastante más joven que él y con un atractivo e intelecto fuera de toda duda, hizo que se ganara el respeto de la gran mayoría de su alumnado masculino.
El caso es que nada más comenzar la primera clase de Filosofía y hacernos una presentación muy general de la asignatura nos lanzó una pregunta al aire. ¿Qué es la filosofía para vosotros?, nos dijo. Al primero a quien preguntó fue a mí y yo, sin tapujos, haciendo gala de la continua rebeldía de la que por entonces abusaba y animado por la confianza que generaba dicho profesor contesté “son todas esas chorradas que han ido diciendo distintos personajes a lo largo de la Historia y que, por lo general, no se dedicaban a otra cosa más que a esa”. Dicha afirmación fue corroborada a continuación por una de mis compañeras de clase, Mónica, de las más deseadas de aquella clase y con la que, por desgracia, no tenía absolutamente nada en común con ella.
Evidentemente, tal afirmación es una de las mayores burradas que jamás haya pronunciado públicamente y la mayor de las que recuerdo haber pronunciado incluso en círculos privados, aunque supongo que, como a todo el mundo, se me hayan pasado algunas mayores por la cabeza, pero sin exposición pública o particular.
La magnitud de la burrada aumenta si se indaga sólo en su significado, pues la palabra filosofía de por sí, proviene del griego antiguo (φιλοσοφία) y significa amor por la sabiduría. Es el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje. Al abordar estos conceptos, la filosofía se distingue del misticismo, la mitología y la religión por su énfasis en los argumentos racionales y de la ciencia porque generalmente lleva adelante sus investigaciones de una manera no empírica, mediante el análisis conceptual, los experimentos mentales o la especulación, aunque sin desconocer la importancia de los datos empíricos. Podríamos decir que la filosofía es el medio mediante el cual se produce la búsqueda de la verdad a través del pensamiento, la observación y el conocimiento.
Es difícil saber dónde y cómo se originó la filosofía, aunque la hipótesis del origen griego es la más aceptada. Inicialmente, se podría pensar que la filosofía oriental habría sido la primera que surgió, pues el budismo o el hinduismo son anteriores a Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la historia. Lo que sí que parece ser cierto es que la filosofía nace como contraposición a las creencias religiosas habidas por entonces para explicar el origen del mundo, todas ellas surgidas a partir de leyendas o de mitología, recurrentes a entidades sobrenaturales para explicar ese origen y permitiendo que el mismo elemento o la misma entidad se comporte como un dios o como un elemento natural. El rechazo de estas características, sería propio de la filosofía y tal rechazo no parece producirse en la llamada filosofía oriental, por lo que éstas son consideradas más comúnmente como filosofías religiosas.
Según el historiador Jean-Pierre Vernant, el paso del mito a la racionalidad fue posible debido al contexto sociocultural, político y económico de Grecia, allá por el siglo VII a.C. La inexistencia de una casta sacerdotal, (que elimina la posibilidad de instaurar un dogma religioso, así como la posibilidad de hacer de lo religioso un discurso cerrado y accesible sólo a los que pertenecen a la casta sacerdotal), la figura del sabio, (que divulga sus conocimientos, por lo que la enseñanza se opone a la iniciación esotérica en una doctrina), el predominio de la ciudad, la transmisión pública del saber, (los conocimientos se divulgan, desembarazándose así de la figura del mago, sacerdote o chamán), la libertad individual y el desarrollo de la escritura, hicieron posible la puesta en entredicho de las explicaciones cosmológicas y su sustitución por una forma de pensamiento que no entrañe la creencia y la superstición propias de los pensamientos mítico y religioso. El saber es trasladado a la plaza, en plena ágora, siendo objeto de un debate público donde la argumentación dialéctica terminará por predominar sobre la iluminación sobrenatural. La filosofía, pues, si bien enraizada en el mito, supone un rechazo de lo sobrenatural, de lo mágico y de la ambivalencia, racionalidad que difícilmente se puede encontrar en otras formas de pensamiento anterior.
En este contexto surgió la búsqueda del arché, (el comienzo del universo, el primer elemento de todas las cosas o la primera causa objetiva de la realidad), a partir de argumentos racionales. Como partida de la reflexión filosófica está la aceptación de que existe algún tipo de realidad objetiva a la cual ha de ceñirse el conocimiento. Inicialmente, se concibe que el principio de todos los entes era de índole físico y material, (propio de los filósofos presocráticos), aunque posteriormente se introduce también un origen de índole inmaterial, (propio de filósofos de influencia socrática). La búsqueda de este origen, determinará las siguientes interpretaciones de lo real y todos los demás problemas filosóficos estarán, de alguna manera, subordinados a éste.
Increíblemente, aún el ser humano sigue buscando el primer elemento de todas las cosas, así como el comienzo del universo. Analizando todo lo acontecido en los últimos 2.000 años y la continua recurrencia del ser humano al misticismo, es muy grato pensar que, anteriormente, una civilización, o más bien una parte de ella, apostó por la racionalidad para explicar todo lo que nos rodea a pesar de los escasos recursos con los que contaban.
Parece mentira que alguien como yo, que defiende continuamente el conocimiento y la sabiduría como armas contra la inseguridad, la opresión y la manipulación personal, así como el principal valor para el progreso de una sociedad hubiera sido capaz de pronunciar una barbaridad tal de un forma tan arrogante como absolutamente desacertada, pero todos en algún momento hemos cometido errores garrafales.

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

Conozco a "Anamari" desde mi época universitaria y a partir de las amistades de mi hermana de por aquel entonces. Es una persona con la que siempre me he llevado estupendamente bien, ya que, no sé por qué extraña razón, siempre ha sido alguien con la que no he necesitado usar esa protección que todos llevamos, con la que me he podido mostrar tal y como soy y con quien cada vez que coincido me muestro pletórico porque te hace olvidar todos las circunstancias adversas que nos acompañan en cada momento de la vida. Es, sin duda, una de las mejores personas que siempre he conocido. La considero una amiga a pesar de que nunca nos llamemos y que las esporádicas veces que coincidimos sea de forma casual.
Una de las últimas veces que estuve con ella y disfruté de su compañía, entre risas y vaciles permanentes que nos tenemos el uno con el otro, me dijo: “Jesús Félix, tú serás muy inteligente, pero careces de inteligencia emocional”. Evidentemente, eso me produjo un instante de reflexión, después de lo cual, sin entrar en debate alguno, seguí disfrutando de su compañía.
Para mí la inteligencia emocional venía a ser la habilidad que se ha de tener para apreciar las emociones de la gente y actuar convenientemente en función de dicha apreciación. Según esta visión que tenía de tal concepto, podría ser que ella no estuviese muy equivocada.
Curiosamente, poco después tuve que asistir a un cursillo que mi empresa organizaba para sus empleados y que estaba dentro del plan de formación obligatorio que mi responsable me había diseñado. En el último de los capítulos del temario acerca de los diferentes modelos de gestión de grupos se hablaba exclusivamente de la inteligencia emocional, tratando a ésta  como un factor importante a tener en cuenta en tales menesteres.
El origen de la inteligencia emocional parte de la teoría de las inteligencias múltiples propuesta por Howard Gardner a principios de los 80. En este modelo la inteligencia no es vista como un algo unitario, que agrupa diferentes capacidades específicas con distinto nivel de generalidad, sino como un conjunto de inteligencias múltiples, distintas e independientes. Para Gardner, la inteligencia es la capacidad de resolver problemas y/o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas. Triunfar en cualquier faceta de la vida requiere ser inteligente, pero en cada campo se utiliza un tipo de inteligencia distinto. Dicho de otro modo, un genio de cualquier ciencia no es más ni menos inteligente que cualquier triunfador deportivo, simplemente sus inteligencias pertenecen a campos diferentes. Se define, por tanto, la inteligencia como una capacidad y no como algo innato e inamovible, que así era como por entonces se consideraba, es decir, se nacía inteligente o no, y la educación no podía cambiar ese hecho.
Inicialmente Gardner desarrolló siete tipos diferentes de inteligencia, la lingüístico-verbal, (presente en líderes políticos, escritores,…), la lógica-matemática, (presente en científicos, ingenieros, economistas,…), la espacial, (presente en artistas, fotógrafos, arquitectos, diseñadores,…), la musical, (presente en músicos, compositores,…), la corporal cinestésica, (presente en escultores, cirujanos, actores, modelos, bailarines,…), la intrapersonal, (presente en individuos que tienen un autoconocimiento rico y profundo), y la interpersonal, (presente en psicólogos, terapeutas,…). Posteriormente añadió la inteligencia naturalista.
A partir de este modelo, Daniel Goleman, uno de los psicólogos contemporáneos más conocidos mundialmente, introduce el concepto de inteligencia emocional, partiendo de las inteligencias intrapersonal e interpersonal, definiéndola como la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos y la habilidad para manejar dichos sentimientos.
Incide en el punto de que la brillantez académica no lo es todo, como ya había reseñado Gardner. A la hora de desenvolverse en la vida no basta con tener un gran expediente académico. Igual que hay gente de gran capacidad intelectual que es incapaz de elegir bien a sus amigos, hay gente menos brillante en el colegio que triunfa en el mundo de los negocios o en su vida privada. Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en torno a cinco capacidades que son conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación y gestionar las relaciones.
Por tanto, la inteligencia intrapersonal consistiría en conocerse a sí mismo mediante el autoconocimiento, la autorregulación, el autocontrol y la automotivación, lo que conllevaría el tener un profundo conocimiento de las destrezas, ideas y dones propios, de las metas personales y de la habilidad para controlar las propias emociones. Así mismo, la inteligencia interpersonal consistiría en el entendimiento de otras personas, la capacidad de percibir y comprender los sentimientos de los demás, lo que serían habilidades sociales y empatía. Esto conllevaría sensibilidad y entendimiento de los sentimientos, puntos de vista y estados emocionales de los demás, habilidad para manejar las relaciones sociales y liderazgo.
Sinceramente, no creo que deje de cumplir muchas de las aptitudes anteriormente detalladas. Sí que es cierto que no tengo todas las capacidades requeridas para cumplir con la inteligencia interpersonal, pues se requiere de mucha empatía para ello, pero creo que ando bastante bien de inteligencia intrapersonal, que son los dos tipos de inteligencia que conforman la inteligencia emocional.
Anamari, ¿no querrías decir que me falta algo de sensibilidad contigo en ciertos momentos? ¿o me reprochabas el que no quiera tenerla?

martes, 27 de noviembre de 2012

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Recuerdo, cuando era muy niño, una serie de TVE llamado “La segunda oportunidad” que no me perdía semana tras semana. En dicho programa, una serie sobre seguridad vial y prevención de los accidentes, recreaban graves accidentes de tráfico reales, analizaban las causas, las corregían y mostraban cómo se hubiese evitado. Pero la realidad, en este tipo de casos, no da una segunda oportunidad, al igual que no se la dio a las víctimas de los accidentes recreados, por mucho que nos lo pareciera.
A partir de lo que veía en este programa, años más tarde, solía hacer una extrapolación de ello a la vida cotidiana y sobre todo la historia en general, como si tuviera potestad para modificar los acontecimientos pasados. Así, imaginaba qué hubiera sucedido posteriormente, si mi padre hubiera optado por emigrar a Suiza a finales de los 60 como llegó a tener en mente o si, años más tarde, hubiera optado por quedarse con una taberna en el barrio de Las Delicias de Valladolid cuando yo apenas contaba con cinco años de edad. Imaginaba lo que hubiera repercutido en mi vida, y cómo podría ser mi vida actual en el caso de que eso hubiera sucedido, aunque en el primer caso no es seguro que yo hubiese llegado a existir. Otra de las cosas que recuerdo imaginar, como gran aficionado al fútbol que era, es cómo hubiese influido el que Di Stéfano hubiese fichado por el Barça en lugar de por el Madrid, de cómo estaría distribuido demográficamente este país si Felipe II no se hubiese llevado la capital del país de Valladolid a Madrid o de qué sería del país si Franco no hubiese ganado la Guerra Civil, entre otros. También pensaba en los golpes de fortuna que había tenido y que la modificación de éstos iba en contra de mi existencia, como el aborto natural que mi madre tuvo un año antes de que yo naciera, o la vez que me sacaron de una piscina a la que caí por imprudencia cuando contaba con apenas seis años de edad y de la que no estaba capacitado para salir.
La verdad es que la historia sólo sucede una vez y muchas veces no siempre acontece lo más probable o lo más justo. Estoy seguro de que si la historia volviese a suceder sería muy diferente el resultado actual ya que los sucesos muchas veces se ven alterados por pequeños detalles producidos por casualidad. Repasando los acontecimientos históricos más reseñables, nos encontramos con muchos casos en los que un pequeño detalle afortunado o casual ha modificado el curso más lógico de ésta. Estoy seguro de que si se pudiese dar un giro a la historia y volviésemos a los momentos de las generaciones de las primeras civilizaciones humanas, el resultado final de esos seis u ocho mil años de historia hubiera generado acontecimientos diferentes a los sucedidos, una división territorial y unas sociedades diferentes a las actuales y seguramente ninguno de los que habitamos el planeta estaríamos aquí ahora, pues no hubiésemos llegado a existir. Existirían otros, por lo que todos esas casualidades habrían repercutido a favor de nuestra existencia actual.
Esta imaginería es algo muy propio del ser humano y es lo que se denomina ucronía, que viene a ser una trama que transcurre en una situación imaginaria surgida a partir de un punto en la historia en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad, realizando una reconstrucción lógica de los hechos que deberían haber acaecido a partir de dicha modificación. Realmente, sería una especulación sobre realidades alternativas ficticias en las cuales los hechos acaban desarrollándose de diferente forma de como se conocen. Ese momento o evento común que separa a la realidad histórica conocida de la realidad ucrónica, se llama punto Jonbar, hito ucrónico o punto de divergencia.
Las ucronías que yo imaginaba de niño, a partir de esos puntos Jonbar que fijaba en momentos en los que ciertas decisiones críticas en mi entorno hubiesen podido influir decisivamente en mi vida, es algo común a todo el mundo, pues creo que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos imaginado o analizado cómo hubiese afectado a ésta si algún acontecimiento hubiese sucedido de manera diferente. En la literatura y en el cine, también se ha hecho, y se ha especulado, en forma de historia de ficción, acerca de cómo sería el mundo actual si los dinosaurios no se hubieran extinguido, si el cristianismo no hubiera existido, si la Armada Invencible hubiese vencido a Inglaterra, si la población europea hubiese sido aniquilada bajo la peste negra, si España hubiese vencido a los Estados Unidos en 1898, si los republicanos hubiesen triunfado en la guerra civil española o si los nazis hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial, entre otros temas recurrentes. Igualmente, a la hora de analizar la historia, se tienen en cuenta muchos puntos Jonbar y se analiza de manera ucrónica qué podría haber pasado en el caso de que se hubiera producido algún acontecimiento bastante probable en algún punto de ésta, como hizo Tito Livio en la que se considera la primera ucronía escrita al relatar una hipotética guerra entre el imperio de Alejandro Magno y Roma en el siglo IV a.C. y las consecuencias de dicho enfrentamiento.
Sin duda, la ucronía es un gran recurso a la hora de generar historias de ficción. Una ucronía famosa es “Patria”, de Robert Harris, donde se genera la historia a partir de un III Reich victorioso en la década de los 60. Steven Spielberg en “Regreso al futuro 2” genera igualmente una ucronía a partir de la línea temporal mostrada en la primera parte, al igual que Quentin Tarantino en “Malditos bastardos” en donde la Segunda Guerra Mundial termina con la muerte de Hitler en 1944 en un teatro a causa de un comando especial infiltrado en Alemania. Citar todas las ucronías que se han contado en cine y novelas supondría un extenso trabajo de investigación y documentación, pues todos en algún momento hemos imaginado un mundo diferente en el que para que dicho mundo fuese así ha habido que modificar algún paraje de la historia para llegar a ese hipotético resultado y el cine y la literatura han recogido parte de ellas.
Generar ucronías es algo muy común. Las causas pueden ser muchas como el hecho de buscar un punto que hubiese podido mejorar nuestra vida, bien por insatisfacción, por ambición o por deseo de la presencia de una faceta puntual, o simplemente por análisis, para observar en qué momentos nuestra vida podría haberse visto seriamente perjudicada o empeorada. Como ambos aspectos son extrapolables a la historia universal, no sólo a la particular, todo podría ser modificable al antojo de la imaginería humana, por lo que las posibles ucronías que se podrían crear son casi tantas como hechos acontecidos a lo largo de la historia.
En todo momento nuestra imaginación tiene una segunda oportunidad para todo lo acontecido. No es más que ficción, pues la realidad sólo es una, con sus momentos afortunados y desafortunados, inmutables desgraciadamente en muchos casos. Pero esa realidad utópica y alternativa, en la que nos ponemos a navegar por los mundos de lo imaginario o del subconsciente es un juego muy entretenido, es jugar a imaginar qué hubiera pasado si algo no hubiese sucedido. Es jugar a la manera de cada uno.

jueves, 4 de octubre de 2012

LA ADQUISICIÓN DE LA IDEOLOGÍA

Todos sabemos algo o bastante acerca de la herencia genética que recibimos de nuestros progenitores. A partir de dicha herencia se moldean nuestras características fisiológicas, morfológicas y bioquímicas. Es por ello, que a partir de esta premisa irrefutable, cualquier capacidad que desarrollamos solemos buscarla en nuestros antecesores de primer, segundo o tercer grado. Mi madre siempre me decía, cuando salía a relucir mi habilidad en el cálculo numérico elemental, que eso lo había heredado de un tío suyo que era muy inteligente, algo que yo creí cuando era niño, aunque ahora tenga bastantes reticencias al respecto. Sin embargo, cuando me he puesto a buscar antecedentes familiares en asuntos ideológicos, no he encontrado ningún antecedente familiar con dichas características. Lo de encontrar antecedentes más lejanos con un carácter parecido es más complejo, pues sólo he llegado a conocer a mi abuela materna.
Supongo que todos en algún momento nos hemos preguntado por el momento en el que se adquiere el carácter. ¿Es innato o se adquiere y modela con el paso del tiempo? ¿Y la forma de pensar? ¿Y la ideología? Siempre me he preguntado si somos propensos a adoptar una ideología de forma innata o viene modelada por el carácter, la educación, las interacciones personales y la situación social del individuo.
Recuerdo una anécdota que mi amigo Antonio se encargaba de repetir con frecuencia. “Jesús Félix ya era ateo cuando tenía 12 años”. Esto sucedió un día que íbamos juntos al colegio y en el que nos pusimos a hablar de Dios. A mí por entonces no me entraba en la cabeza el Dios que aparecía en la Biblia, pues me parecía un personaje malvado y vengativo, aparte de contradictorio y de que su existencia chocaba con muchas de las cosas que nos enseñaban en clase. Muchas veces preguntaba acerca de quién mentía si la Biblia o mis profesores. Igualmente, analizando la situación del Mundo, me parecía que ese Dios del que nos hablaba la Biblia estaba en dejación de funciones y que el Mundo no tenía supervisión por su parte, ni los seres humanos teníamos en él a quien velase por nosotros. Le acabé diciendo a Antonio lo que realmente llevaba creyendo por un tiempo, que Dios no existía y que lo habían inventado los hombres por miedo a la muerte y para dar una explicación fácil a lo desconocido.
Cuando he oído esta anécdota repetida en mis amigos, siempre me he preguntado por qué un niño de 12 años puede ser ateo, teniendo argumentación para defender su postura, habiéndose criado en un ambiente contrario a esas ideas y que se intentó inculcarle sus creencias. Ante la falta de complicidad familiar, siempre lo achaqué a que era culpa de mi carácter rebelde, (desobediente, según mi madre). Ahí es cuándo me empezó a interesar el origen del carácter humano, para comprobar qué parte de ese carácter era innato y qué parte era adquirido.
Lo que está claro es que algo debe de haber innato sino todos los bebés se comportarían de igual forma y eso no es así. Los hay de carácter más tranquilo y más nervioso. Más difícil es saber hasta qué punto eso es hereditario o es una primera opción de comportamiento por la que se opta sin saber el porqué.
Ahí es cuando me topé con Fancis Galton, (curiosamente fue primo de Charles Darwin), que afirmaba que el carácter y el genio eran hereditarios. Esto me resultó más que contradictorio ya que no lograba encontrar reflejado mi carácter en mi núcleo familiar. De no ser por la gran similitud física que tengo con mi padre, (mirando 30 años atrás en el tiempo), hubiera dudado de si en la Maternidad del hospital Santos Reyes de Aranda de Duero hicieron correctamente su trabajo en el momento que vine al mundo. Sí que tenía cierto parecido en el fuerte carácter de mi progenitor, salvo que mientras que él hace uso de él muy a menudo, yo lo guardo como quien guarda un súper-poder que sólo ha de usar en momentos muy concretos, mientras hace uso de un carácter opuesto. Algo que sí que me comenzó a convencer fue cuando mi madre me empezó a hablar de su suegro, (mi abuelo paterno), que era alto, muy tranquilo y socarrón, (un vago, según mi padre). Eso ya me cuadraba más, ya que teníamos ciertos parecidos, aunque ideológicamente no comulgara con él, (siempre tomando como buenas las reseñas que de él me han hecho). A partir de aquí, tomé como bueno algo de lo que me habló mi madre acerca de un salto generativo por el que nos parecemos más a los abuelos que a los padres, algo que científicamente no tiene respaldo, salvo la aparición de algún gen recesivo en los hijos que se podría perder en los nietos.
Entonces, ¿el carácter se puede heredar? ¿Por qué yo tengo un carácter y una ideología tan diferente al del resto de mi familia? Es muy difícil e incluso controvertido afirmar que podamos heredar la personalidad, los gustos, el carácter, las capacidades o la inteligencia. Según unas investigaciones del instituto Pasteur, nacemos con sólo el 10% de los cien mil millones de neuronas ya interconectadas, de ahí una posible explicación acerca del carácter de los recién nacidos. El 90% de las conexiones restantes se irán construyendo progresivamente a lo largo de nuestra vida en función de las influencias de la familia, la educación, la cultura, la sociedad y el medio ambiente. Sostiene también que la estructura mental no es inmutable, y que la plasticidad cerebral hace que continuamente aparezcan nuevos circuitos neuronales basados en la experiencia y en el aprendizaje, por lo que, a nivel cerebral, nada es fijo o programado desde el nacimiento. Igualmente, otro estudio realizado por profesores de la Universidad de Harvard sostiene que la factores como la genialidad no dependen de los genes sino de una constelación de factores que no son genéticos sino psicológicos y que los procesos afectivos y cognitivos involucrados en la creatividad son el resultado de una combinación entre educación, genética y factores sociales, por lo que podría ser extrapolable a otros factores.
A partir de aquí es fácil llegar a la conclusión de que, a pesar de poder tener ciertos matices en el carácter y de que gran parte de las interacciones sociales las realizamos dentro del núcleo familiar, no se puede afirmar que se transmiten la personalidad, los gustos, el carácter, las capacidades o la inteligencia. Bien es cierto que se parte de un patrón importante, pero las interconexiones neuronales las vamos completando en función del entorno y las experiencias. Esto sería algo así como que tenemos una base heredada, pero la mayor parte de nuestra personalidad la vamos creando nosotros mismos y somos nosotros quienes vamos forjando nuestra forma de ser, así como el carácter y la ideología, ésta última siempre influencia por el entorno y la situación social, los gustos, las afinidades, los valores, la ética…
En fin, que todas mis preocupaciones acerca de mis diferencias ideológicas y de forma de ser con mi núcleo familiar se debe a las distintas opciones por la que he ido optando en función del conocimiento, las experiencias y el entorno social, es decir, que aunque pueda tener una pequeña base común heredada, el resto lo he ido generando con el paso del tiempo y, no es más, que he construido mi personalidad en una dirección diferente. Al fin y al cabo, ese es el objetivo, formar nuestra personalidad y nuestro futuro intentando seleccionar todo aquello que nos genere mayor satisfacción o afinidad, aunque se genere una personalidad muy diferente a la nuestros familiares más cercanos.

jueves, 27 de septiembre de 2012

LA DIVISIÓN DEL TIEMPO

Cuando era niño me llamaba la atención la compleja división que la humanidad había realizado del tiempo. Años con 365 días, (366 en los años olímpicos), englobados en 12 meses de longitud no homogénea, días divididos en 24 horas, a su vez divididas en 60 minutos de 60 segundos cada uno, y todo ello con el sistema decimal en vigencia. Me parecía algo muy extraño, complejo e improvisado, pues pensaba, desde un punto de vista más lógico, que con el sistema numérico vigente los días habrían de tener veinte horas diarias, diez para la mañana y otras diez para la tarde, y las horas se habrían de dividir en 100 minutos de 100 segundos, para ser más acordes con el sistema numérico vigente. De ser así, los segundos que yo habría ideado como unidad fundamental de tiempo equivaldrían a 432 milésimas de segundo actuales, por lo que sólo habría que modificar la duración del segundo para adaptarla al nuevo sistema ideado por aquel niño que no entendía dicha división. Cada una de las 20 horas diarias de ese sistema ajustado al sistema decimal equivaldría a 72 minutos de los actuales, por lo que la adaptación podría ser muy posible.
También intenté hacer algo parecido con los meses para que estos fueran más homogéneos, pero ahí la cosa estaba más complicada ya que los 365 días y pico del año son inamovibles, debido a que es el tiempo que la Tierra tarda en completar su órbita alrededor del Sol, aunque sí que pensé en que se podían crear años de 360 días, (con 12 meses de de 30 días o 10 meses de 36), o años de 52 semanas, (con 13 meses de 28 días) y montar una fiesta con los días sobrantes cada año bisiesto. ¡Cosas de la niñez!
Todo ello me provocó una enorme curiosidad que tenía que saciar, por lo acabé buscando en todas las enciclopedias que caían en mis manos para poder comprobar a qué se debía tal desbarajuste en la división que se estaban haciendo de los períodos básicos de tiempo.
Lo primero que descubrí es que el origen de los meses se debe a una relación con la duración del ciclo lunar, que tiene una duración aproximada de 29 días y medio. Fueron los babilonios quienes a partir de la observación de los ciclos lunares idearon las semanas, pues pasan aproximadamente siete días entre la luna nueva y su cuarto creciente, otros siete entre su cuarto creciente y la luna llena, otro siete entre la luna llena y su cuarto menguante y otro siete entre su cuarto menguante y la luna nueva. Había cierta inexactitud en las asignaciones, pues al final de ciclo sobraban uno o dos días, por lo que la cuarta semana de cada ciclo lunar solía tener ocho o nueve días, dependiendo del ajuste necesario. Éste sería el primer concepto de mes de la civilización actual. Fueron ellos, además, como grandes aficionados a la astronomía que eran quienes introdujeron los signos zodiacales y quienes dieron nombre a los días de la semana, correspondiéndose con cada uno de lo que ellos consideraban siete planetas conocidos, asociados a una deidad cada uno. Así nombraron a los días de la semana como Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol, de donde derivan los nombres actuales, con la excepción de que Sol, (nuestro domingo, Sunday en inglés), era el primer día de la semana, modificado por la influencia del cristianismo en estándar internacional hace menos de dos décadas por la ISO 8601.
Pero los primeros que funcionaban con la idea del mes actual, es decir, quienes han influido en nuestro concepto de mes, fueron los romanos. Como cada pueblo dividía el año en distinto número de meses en función de unos u otros baremos más o menos influenciados por los ciclos lunares, en el año 46 a.C., Julio César decidió modificar el calendario romano, (que constaba de 10 meses de 30 y 31 días, más otros dos de duración variable en función de los diferentes intereses políticos), dando lugar al calendario juliano. Lo creó basándose en los cálculos del astrónomo alejandrino Sosígenes que cifró la duración anual en 365 días y 6 horas, (sólo se equivocó en 11:09 minutos, lo que supone un error inferior a dos segundos diarios, ¡increíble!). A partir de la duración exacta del año, Julio César realizó ligeras modificaciones en los meses, como que Enero y Febrero pasaran a ser los dos primeros meses del año, en lugar de ser los dos últimos como eran en el calendario romano, motivo por el cual los meses sin nombre (Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre) no se corresponden con el ordinal que representaban ya que su nombre proviene de ser el séptimo, octavo, noveno y décimo mes del año, respectivamente. Igualmente, cambió el nombre del quinto mes, correspondiente al de su nacimiento, y le dio su nombre, Julio, aparte de añadirle un día que obtuvo de Febrero que se quedó entonces con 29. Más tarde, cuando su hijo hizo lo mismo con el sexto mes, éste pasó a llamarse Augusto y Febrero se quedó con 28 días, (29 en años bisiestos).
Posteriormente indagué en el origen de las horas. Al parecer fueron los egipcios quienes dividieron el día en doce tramos de idéntico tamaño y la noche en otros doce tramos también iguales entre sí. Los egipcios usaban el sistema duodecimal, porque contaban con el pulgar sobre las falanges de los otros cuatros dedos, (doce falanges en total). Evidentemente, las horas tenían distinta duración dependiendo de si era invierno o verano. Durante el día, las horas eran calculadas mediante relojes solares y por la noche mediante el conocimiento de las estrellas. Posteriormente, los griegos idearon un sistema para que las 24 horas del día tuviesen la misma duración, aunque dicho sistema no se implantó hasta la aparición de relojes mecánicos en el siglo XIV. Los “culpables” de que las horas se dividan en 60 minutos y estos en 60 segundos, la tienen los babilonios, que adoptaron el sistema egipcio e hicieron dicha división porque tenían predilección por el sistema sexagesimal, (muy útil en trigonometría).
Así descubrí como dicha división provenía de distintas herencias recibidas de civilizaciones anteriores y que resistieron el paso del tiempo. Es por ello, que el estándar internacional de tiempo, el segundo, ha tenido que ser calculado a partir de dividir el período de tiempo que abarca un día entre las 24 horas de un día, los 60 minutos de una hora y los 60 segundos de un minuto, cuando se homogeneizó la duración de todas las horas del año.
Por todo ello, el segundo se define actualmente como la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de Cesio a una temperatura de 0ºK. ¡Increíble! Sí fuera la duración de un tercio de 63.837.720.625 oscilaciones de dicha radiación ya tendríamos la duración de aquella unidad básica de tiempo que andaba buscando ese niño de apenas diez años que ideó un sistema de división de tiempo basado en el sistema decimal, aunque estoy seguro que habrá otro isótopo de cualquier otro metal cuya radiación tenga unas características que se adecúen a esa nueva medición a una temperatura concreta. Es más se podrían añadir las milésimas necesarias para adecuar los 11 minutos y 9 segundos sobrantes a cada año para no tener que ajustar la desviación de tiempo cada fin de siglo.
Pero la tradición es la tradición, así que seguiremos con este curioso sistema de división de tiempo por herencia de las culturas antecesoras a la nuestra. Al fin y al cabo fueron muy meritorias sus aportaciones para los medios con los que contaron.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL CONCEPTO DEL AMOR

No deja de ser curioso ponerse a hablar acerca del amor, (entiéndase como el amor entre los protagonistas de una pareja enamorada), con tu ex pareja, la misma persona con la que había compartido más de dos años de mi vida. Así fue y un par de meses después de haber terminado nuestra relación sentimental, ambos estábamos intercambiando opiniones acerca de por qué se quiere a alguien o de por qué nos enamoramos y desenamoramos.
Nosotros siempre nos habíamos definido como una pareja confluente. Para quien no esté docto en el término, el amor confluente es aquel en el que las personas se sienten íntegras y completas por sí solas y las relaciones en las que se involucran vienen a aportarles satisfacción sexual, afectiva y emocional, dándole mayor importancia a la asociación voluntaria. Surge de la mano de las transformaciones sociales que implicó la revolución sexual, como la anticoncepción, la aceptación de la homosexualidad, la mejora relativa de la posición de la mujer en la sociedad y la necesidad de lograr la igualdad entre géneros, la legalización del divorcio o las transformaciones en la familia, entre otras, incluyendo una igualdad en la pareja en cuanto a la idea del dar y recibir a partes iguales. Surgió como contraposición al amor romántico que había de ser para toda la vida, exclusivo, posesivo, incondicional e implicaba un elevado grado de renuncia por parte de ambos miembros ya que en el amor romántico las personas sienten que no están completas sin la persona amada, (la idea de la “media naranja”) llegándose a renunciar a todo por el otro, ya que partiendo de su propia insuficiencia, se desea el encuentro y unión con aquel que se cree ser el complemento para su existencia. Se puede decir que la gran mayoría de las parejas surgidas en los últimos veinte años en nuestro país se rigen por esta concepción de pareja, (la del amor confluente), aunque algunas tengan ciertos matices del amor romántico.
Pero, ¿qué es el amor? Llegar a una conclusión entre tanta literatura barata al respecto es más que complicado y una de las cosas más complicadas que conozco es expresar públicamente nuestras emociones y sentimientos. Aún así lo intentamos y llegamos a una primera conclusión de que se quiere a alguien que nos aporta felicidad y deseo, independientemente de los orígenes de dichos sentimientos, por lo que el amor vendría a ser todo ese compendio de sentimientos hacia otra persona que nos aporta felicidad y deseo. Podríamos haberlo complementado con admiración o con alguno de los preludios del amor romántico, como podría ser la previsión de infinitud de dicho sentimiento en el momento en el que se tiene, pero eso ya era dificultar nuestro nuevo camino hacia la búsqueda por separado de una nueva pareja.
Busqué ideas y opiniones ajenas, pues aunque tengo experiencias como para saber del tema, es bueno saber qué piensa el resto de la gente. Os recomiendo que no lo intentéis. La gente no sabe describir el amor o no se atreve a describir sus emociones y sentimientos delante de otra persona, y se van a preocupar por tu estado emocional si les haces dicha pregunta. Después de las respuestas recibidas encontré el origen de “Si quieres a alguien y no sabes por qué, eso es amor”, frase que sirve de definición a la interpretación de la cultura popular. Es una manera de definir lo que casi nadie sabe o quiere describir. Pero el problema es que yo quiero saber el por qué se quiere a alguien, sin buscar en la poesía pues ésta suele ser una manifestación de la belleza, lo que me manipularía una posible visión objetiva. Seguramente estaba indagando en las razones de mis anteriores fracasos sentimentales y seguramente también cuando nos pusimos a hablar mi ex pareja y yo acerca del tema buscábamos una razón a nuestro desenlace. Pero sí que tenía un interés real en saber cómo lo veía el resto de la gente con la que no había tenido lazos afectivos tan fuertes.
Sí que puedo llegar a la conclusión de que el amor es un sentimiento basado en la atracción de un sujeto hacia otro. Es más, creo que es dicho sentimiento el que provoca felicidad y deseo, e incluso admiración, aunque esto último, por lo que he visto, sólo en algunos casos. Por lo tanto, cuando se quiere a alguien es porque nos aflora este sentimiento.
Me vino el recuerdo de mi época universitaria y de las tertulias diarias de sobremesa que surgían entre los cinco compañeros de aquel piso que compartíamos en la Plaza Poniente de Valladolid con los asiduos visitantes que teníamos. Yo, por entonces, venía a decir que el amor era un cúmulo de intereses que satisfacer con otra persona, como cubrir necesidades físicas y afectivas que no se pueden cubrir con los amigos. Lo basaba todo en el deseo que nos empujaba a la atracción hacia otra persona y que lo que llamábamos amor no era más que la canalización de ese deseo o atracción. Llegué a comparar dicha atracción con un antojo, refiriéndome a dicho deseo, lo que acabó siendo la comidilla de todos los amigos del momento. A partir de entonces, yo no enamoraba ni me sentía atraído por alguien, “me antojaba”, según todos ellos. Evidentemente, me refería a la atracción que surge por alguien cuando aún no han aflorado los sentimientos más sólidos hacia otra persona, posiblemente influenciado por mi alta tasa hormonal, propias de la edad, y por las cortas y escasas relaciones de pareja que había tenido por entonces. Aún así, me sorprendió comprobar lo acertado que estaba por entonces acerca de mi definición del amor, si obviamos “la comidilla del antojo”, por lo efímero de éste. Sólo me faltaba apuntar a la felicidad que se ha de obtener por el hecho de estar con la persona que nos sentimos atraídos o a la que deseamos. Seguramente lo obvié porque era lo suficientemente feliz, como para andar buscándola, pero creo que es la clave del amor, un sentimiento que se tiene hacia otra persona que nos aporta felicidad, independientemente del tipo de sentimiento y del grado de felicidad.
No sé si tengo la definición exacta, pero puedo decir que buscamos el amor, porque buscamos la felicidad. El problema surge al definir el concepto de felicidad, pues la felicidad es un estado de ánimo y no existe la felicidad plena, sino los momentos felices. Pero, el amor no puede ser sólo un simple estado de ánimo. No se habrían escrito tantos textos acerca de un estado de ánimo, por muy maravilloso que este pudiera ser.
Es por ello, que se podría definir el amor como un sentimiento que nos provoca numerosos momentos felices con alguien por el que nos sentimos atraídos y deseamos. La manera en la que se lleve a cabo es algo muy personal, pues los sentimientos y los estados de ánimo son conceptos muy personales.
En definitiva, que estoy dispuesto a seguir buscando una definición más exacta del amor y lo intentaré hacer con la experiencia, que al fin y al cabo, es la madre de la sabiduría, según Leonardo da Vinci, aunque también es el nombre que damos a nuestras equivocaciones, según Oscar Wilde. Los genios pocas veces ayudan salvo que el que más sepa sea el que más se ha equivocado.

martes, 4 de septiembre de 2012

EL ÚLTIMO NÚMERO

En la asignatura de Matemáticas de segundo curso de Bachillerato, ahora cuarto curso de la Educación Secundaria Obligatoria, tuvimos a un profesor que volvía locas a todas mis compañeras adolescentes. Llevaba una eterna barba de tres días que le daba un toque de “look casual” perfectamente estudiado, el mismo que yo llevaba aleatoriamente los martes y los viernes debido a mis hábitos de afeitado, pero a él dicho look le duraba toda la semana. Los calificativos de dicha barba para él eran totalmente grandiosos mientras que para mí se tornaban en despectivos. Parece ser que en ese momento a ninguna de mis compañeras de clase les importaba que dicho sujeto las doblase en edad, cuestión hormonal. Ni pensar quiero en el efecto que provocaba en ellas, aunque me lo puedo imaginar, teniendo como ejemplo el efecto que producía en nosotros nuestra profesora de Geografía que, seguramente, también nos doblaba la edad a todos nosotros.
Recuerdo que ese año hubo varias huelgas de los profesionales de la Educación. Fueron ampliamente secundadas por el profesorado que nos impartía clases ese año, aunque dicho profesor fue uno de los pocos que no secundó la primera de ellas. En dicho día de huelga, antes de comenzar la clase de Matemáticas, un compañero nuestro, “el Nicol”, escribió en el encerado y bien en grande la palabra “ESQUIROL”. Para mí, fue gracioso atender a las explicaciones de dicho profesor de por qué no había secundado la huelga en el que se le había presentado un gran dilema moral entre los convocantes, entre los que estaba su sindicato, y el objetivo de la huelga, que era el gobierno, por entonces en manos del partido socialista. Estaba claro que era socialista y de la UGT, y en este conflicto se había decantado por su partido en lugar de por su sindicato. Evidentemente, no tenía por qué habernos dado ninguna explicación, pero él quiso hacerlo tras ver nuestro pensamiento reflejado en la inscripción del encerado, y lo hizo con aires de disculpas por la decisión tomada. Todos salimos convencidos de que no tenía las ideas muy claras al respecto, aunque el caso es que sí que secundó las siguientes convocatorias de huelga.
Con dicho profesor tuve varias discusiones, (entiéndase discusión como intercambio de opiniones), acerca del concepto de infinito dentro de las series numéricas o de los límites de funciones. En todos los casos en los que nos explicó el concepto de infinito, yo siempre le repliqué que en dichos casos sería más lógico interpretar infinito como “el último número”. Siempre me repetía lo mismo, que infinito era un concepto y que “el último número” no existe, a lo que yo siempre que replicaba que efectivamente por eso, era lo más indicado ya que no había algo más conceptual que ser “el último número”.
Para mí, por entonces, (actualmente también, evidentemente), infinito es algo que no tiene fin y es un concepto aplicable a cosas como el espacio o el tiempo y a sus cuantificaciones. Nunca traté de cambiar dicho concepto, pero sí que creía que en las series numéricas o funciones crecientes, en el que las coordenadas estaban relacionadas por una función del tipo que fuera, se podía realizar esa equivalencia conceptual.
Curiosamente, con el paso del tiempo, descubrí que Aristóteles descartó en su momento un infinito real, aunque está claro que no acertadamente. Igualmente, cuando indagué para ver si se había filosofado acerca del concepto de infinito en series numéricas, lo único que pude encontrar es que el concepto de infinito se introdujo por primera vez en el siglo XVII y se realizó en aplicaciones geométricas. Hasta el siglo XIX no se incluye en la teoría de conjuntos, aunque es de suponer, que una vez que fue introducida en la geometría se aplicaría a las series numéricas, pues es a través de éstas de donde se obtienen mediciones geométricas.
Siempre lo vi cómo un tema del que se había podido filosofar a lo largo de la historia, al fin y al cabo, los primeros filósofos eran multidisciplinarios y abarcaban diversas ciencias, pero se ve que nadie quiso perder el tiempo en algo tan baldío como lo que estoy haciendo yo ahora.
Sin embargo, yo sí que tuve tiempo que perder en dicho precepto filosófico, pues la vida da tiempo para todo, más allá del “pan y circo”. Está claro que si a infinito se le suma, resta, multiplica o divide un número finito, incluso si se le suma o multiplica un número infinito, el resultado será infinito, lo único que podría variar es su signo dependiendo de los casos. Solamente serían irresolubles los casos de resta y división con un número no finito entero. Sin embargo, a nuestro conceptual “último número” no sería posible sumarle ningún número finito positivo ni multiplicarle por un número mayor que la unidad, ya que es “el último número” y perderíamos la conceptualidad de tal rotundidad, nuestro “último número” requiere, (siempre conceptualmente), que no haya ningún cardinal u ordinal a su derecha, algo que contradiría la lógica matemática, pues para eso se ha afirmado que es “el último número”. La mayoría de operaciones que se podrían hacer con él serían de resultado incierto, porque aunque se podría dividir el último número entre cualquier número finito, el resultado sería indeterminado. Evidentemente, si a nuestro último número le restamos uno, obtendríamos “el penúltimo número”, por lo que tendríamos que crear una gran cantidad de nuevos conceptos matemáticos si le andamos restando cantidades finitas, tantos conceptos nuevos como números finitos existentes, (mal asunto, pues hemos llegado a un bucle ya que hay infinitos números finitos).
Vale, han pasado muchos años y he tenido que escribir esta entrada para darme cuenta de la falta de aplicación práctica de mi sugerencia. “El último número” como concepto matemático queda muy bonito y puede parecer una idea estupenda, pero ha sido cuestión de desarrollarla para darme cuenta de que es algo inútil y no tiene aplicación alguna, mientras que infinito, al ser un concepto más abierto, puede ser operativo, ya que infinito abarcaría todo número que está en una dimensión de continuo crecimiento. El concepto del “último número” tendría la restricción conceptual de que no habrá ningún número mayor que él, por lo que se pierde su operatividad al recurrir al absurdo en caso de operaciones que lo incrementasen.
La verdad es que la idea del “último número” siempre me ha parecido un precioso concepto que, aunque inútil para las Matemáticas podría ser aplicado en otros campos. La poesía parece un buen sitio donde ubicarlo, aunque eso va a ser difícil llevarlo a la práctica por alguien tan prosaico como yo. Donaré la idea a algún poeta callejero que haga de aquel romántico proyecto de adolescencia una manera con la que poder deleitar a viandantes con frases del tipo “eres tan inalcanzable como el último número” o “lo nuestro es tan irreal como el último número”, (ya he dicho que lo mío es la prosa).
Lo que me pregunto es, ¿todo esto no debería habérmelo demostrado en su momento aquel profesor de eterna barba de tres días que deleitaba a las nenas? Me había ahorrado estar dando vueltas a la idea perdiendo el tiempo en pensamientos banales y que tú, ahora mismo, estuvieras leyendo algo más interesante.