miércoles, 29 de agosto de 2012

LA ATRACCIÓN SEXUAL GENÉTICA

El mismo día de un Barça-Madrid, a la hora de comer, para un aficionado al fútbol como yo, lo lógico sería ver los informativos deportivos para ver cómo ambos equipos llegan al primer gran enfrentamiento del año, aunque sea una competición no muy prestigiosa como es la Supercopa de España. Pero un poco antes de que estos informativos llegaran, en La 2 estaban echando un documental acerca de “La atracción sexual genética” y, siento decepcionaros, pero me quedé sin ver dichos informativos.
La verdad es que sí, soy de los que ve esos documentales y, peor aún, no los utilizo para echarme la siesta. Será porque a la hora de la sobremesa suelo estar trabajando y no es algo que realice diariamente, pero os puedo decir que poca gente con un mínimo interés por el comportamiento humano, si se hubiese encontrado con dicho documental, no podría haber dejado de verlo.
Para los que, como yo, no había oído hablar de la atracción sexual genética os diré que es un fenómeno por el cual personas genéticamente cercanas como hermanos, primos de primer y segundo grado e incluso padres e hijos y que no han sido criados juntos o no han tenido contacto durante muchos años, principalmente durante la infancia, sienten una fuerte atracción sexual entre ellos cuando llegan a conocerse de adultos, más aún no teniendo conocimiento alguno de dicho parentesco.
Durante el documental pasaron revista a numerosos casos de gente que había padecido dicho fenómeno tras reencontrarse después de muchos años. Casos de hermanos separados desde el día de su nacimiento o a los pocos meses de vida e, incluso casos de padres e hijos en idénticas circunstancias. Todos ellos habían tenido descendencia, algo nada recomendable con respecto a las normas sociales que lo rechazan incluso legalmente.
Un estudio británico decía haber descubierto que el vínculo familiar normal que se creaba desde la infancia gracias al contacto y al afecto no estaba presente en este tipo de personas emparentadas, por lo que al encontrarse como adultos la necesidad de crear ese vínculo, en más de la mitad de los casos analizados, se manifestaba como una fuerte atracción sexual. Igualmente, esa atracción aparecía sin el conocimiento del parentesco.
Sigmund Freud ya argumentó en su momento que era natural que hubiera atracción sexual entre miembros de una misma familia criados juntos desde niños, (los complejos de Edipo o Electra serían buenos ejemplos). Era por ello, según él, que sería necesario que las sociedades creasen el tabú del incesto, pero más recientemente Edvard Westermarck, (considerado el primer socio-biólogo darwinista), argumentó lo contrario a principios de siglo, que los propios tabúes surgen naturalmente como producto de actitudes innatas. Esto se pasó a denominar el efecto Westermarck, o impronta sexual inversa, que es un hipotético efecto psicológico a través del cual las personas que viven cerca durante los primeros años de sus vidas se vuelven insensibles a la atracción sexual entre sí. Este fenómeno, evolutivamente útil para evitar la endogamia, es una explicación al tabú del incesto y una explicación coherente al porqué del rechazo social a este tipo de relaciones endogámicas.
Durante el documental me acordé en repetidas ocasiones de la película española “Más que hermanos” basada en la historia real de una pareja gallega que, a finales de los ochenta, llegó a formar una familia sin saber que eran hermanos. La chica había sido criada en un orfanato por haber sido abandonada nada más nacer. Un día, la protagonista conoce a un chico en una discoteca y ambos se enamoran casi al instante, quedándose ella finalmente embarazada, todo ello sin ser conscientes de que eran hermanos por parte materna, algo que con prontitud descubrirían. La historia refleja principalmente todo el rechazo social que la pareja sufre continuamente por ello, tanto social como administrativamente, más aún en una zona rural con raíces muy conservadoras.
El paralelismo entre la película y el documental era grande. Gente que descubre, de repente, que la persona de la que está profundamente enamorada, con la que se ha casado o con quien ha tenido hijos, es hermana o hermano suyo y que lo único que encontraba alrededor es rechazo, problemática social y legal e incluso vejaciones por tal circunstancia y resulta que el ser humano tiene una fuerte predisposición genética a sentirse atraído sexualmente por otros seres humanos genéticamente cercanos, según avanzados estudios de distintos centros de investigación en sociología y psicología.
Había otros casos más curiosos como el de una mujer que había sido encarcelada por ser amante de su hijo adolescente al que conoció con 16 años, o el de una mujer de 20 años que, al conocer a su padre biológico, se enamoró profundamente, manteniendo con él una relación incestuosa de más de cuatro años, vivencias que reflejó en el libro autobiográfico "El beso".
La verdad es que estos tipos de casos siempre son agravados por la inadaptabilidad del ser humano que vive en sociedad a modelos diferentes a los tomados como tradicionalmente aceptables, ya que siempre se piensa que este tipo de comportamientos inusuales es algo propio de extraños o de gente que padece ciertos trastornos y se tiene tendencia a criminalizar tales comportamientos, sin deparar, por ningún momento, en que cualquiera puede verse afectado por circunstancias parecidas y que la intromisión y juicio de la vidas ajenas es algo que todo ser humano se da el derecho de hacerlo. Desafortunadamente, siempre se criminaliza o discrimina al que hace, vive o es diferente a los patrones establecidos y nadie se para analizar las causas o a contravenir los dictámenes sociales establecidos. Además, resulta que, en este caso, el ser humano tiene una predisposición a ello.
La verdad es que quedé realmente sorprendido de dicha tendencia del comportamiento humano, al fin y al cabo, lo más cerca que he estado yo de algo así, fue cuando con 17 años, de vacaciones en el pueblo mis padres, me encapriché perdidamente de una andaluza, por entonces tristona y enormemente atractiva para mí, que a la postre resultó ser prima segunda mía, un vínculo algo más lejano de los tratados en este escrito. Podría ser que yo, sin saberlo, también hubiese padecido la atracción sexual genética aunque fuera de tercera generación.

martes, 21 de agosto de 2012

ACONTECIMIENTOS APOCALÍPTICOS

Uno de los documentales televisivos que más recuerdo de todos aquellos que he visto es uno acerca de posibles desastres naturales que acechan al mundo, con la vista aún reciente en el maremoto del Océano Índico y su posterior tsunami, así como la inundación de la ciudad de Nueva Orleans. No lo recuerdo por temor a la existencia, pues mis tendencias ideológicas y espirituales hacen que no tema por ello, ya que soy consciente que desapareceremos todos y no dejaremos ni rastro para el resto de la eternidad. Algunos podrán dejar rastro, pero será por tiempo limitado ya que la humanidad desaparecerá tarde o temprano, es cuestión de años, siglos o milenios, puede que muchos, pero la Tierra tiene sus días contados por muchos que estos sean y no habrá ser superior que nos revitalice eternamente.
El caso es que se estima que más de 600 desastres naturales ocurren cada año y que más de la mitad de la población mundial,  unos 3.500 millones de personas, vive en áreas donde su vida puede resultar gravemente afectada por alguna situación catastrófica, tales como sequías extremas, inundaciones, terremotos, volcanes, ciclones o deslizamientos de tierra.
Entre las más factibles de este siglo, el huracán que inundaría Nueva Orleans ya se ha producido. No se tuvo en cuenta la irrupción de una ola gigante que arrasaría una gran extensión de la costa del Índico, aunque este tipo de catástrofes puede surgir en cualquier momento. Pero se dice que en el próximo medio siglo podríamos asistir a ver como San Francisco, (debido a que se espera un fuerte terremoto en la falla de San Andrés), Tokio (construida sobre la unión de tres placas tectónicas) o Ciudad de México (DF) pueden padecer enormes seísmos que destruirían una gran parte de dichas ciudades, por muy preparadas que estén éstas para afrontar tan brutales movimientos de tierras.
Otro acontecimiento que acabará sucediendo en los próximos siglos, (podría acontecer en cualquier momento), y con una enorme capacidad de destrucción, sería la creación de una gran ola gigante en el Atlántico, provocado por el hundimiento de parte de la isla de La Palma, aún mayor que el que devastó Asia a finales del año 2004. Dicen que podría originarse por una serie de erupciones volcánicas en la isla de La Palma (la más noroccidental de las islas Canarias), que provocarán el hundimiento de parte de la isla, a partir de la falla que se abrió en 1949. Este acontecimiento, podría producir olas de 40 kilómetros de largo y 650 metros de alto, que viajarían a 800 kilómetros por hora. No sólo llegarían hasta el oeste de Europa y parte de Gran Bretaña, sino también hasta el Caribe y el este de Estados Unidos, donde golpearían todo lo que existe a menos de 20 kilómetros de la costa. Importantes ciudades como Boston, Nueva York y Miami, por ejemplo, podrían quedar bajo el agua.
Igualmente, se estima que el 10% de la población mundial vive bajo la amenaza de erupciones volcánicas. Hay que tener en cuenta de que en el mundo hay unos 1.500 volcanes que permanecen activos. Además,  hay muchos otros que "duermen" y pueden despertar en cualquier momento, por lo que no es de extrañar que todos los años tengamos noticias acerca de nuevas erupciones volcánicas y las consecuencias catastróficas que generan.
Dentro de estas erupciones, las que sí que serían catastróficas a nivel global, serían las de los supervolcanes, cuyas erupciones amenazan la vida en todo el planeta. La última ocurrió en la isla de Sumatra (Indonesia), hace unos 74.000 años, y dejó a la humanidad al borde de la extinción. Tampoco se sabe dónde tendrá lugar la próxima super-erupción, aunque sí se tienen identificados a los posibles supervolcanes. El que con más atención se sigue es  el Supervolcán de Yellowstone, ubicado bajo el parque nacional más importante de Estados Unidos, visitado cada año por millones de personas y famoso por ser donde vivía el oso Yogui, un personaje de ficción infantil. Se estima que este supervolcán gigante ya entró en erupción en tres oportunidades en los últimos dos millones de años y que cuando vuelva a despertar no pasará inadvertido ya que lo haría con una fuerza equivalentes a mil bombas como las que fueron arrojadas en Hiroshima. La explosión se oiría en todo el mundo y las cenizas y el gas que emanaría, alcanzarían la atmósfera en segundos, el cielo se oscurecería, caería una lluvia negra y la temperatura bajaría entre cinco y diez grados en todo el planeta. Ese desolador invierno podría durar años o décadas. Serían consecuencias mucho más severas que las acaecidas con la erupción de Tambora, que provocó en 1816, un año sin verano, ya que éste fue frío y lluvioso en los Estados Unidos y en Europa, con las consecuencias propias de un evento tal, un desastre para las cosechas y el comienzo de hambrunas generalizadas a nivel mundial.
Igualmente, se cree que algunos de los grandes cambios climáticos del planeta, e incluso extinciones masivas como las de los dinosaurios, fueron provocados por cometas o asteroides que chocaron contra la Tierra. Lo mismo podría ocurrir con los seres humanos. Se calcula que hay casi mil asteroides de más de un kilómetro de diámetro cuyas órbitas cruzan la órbita terrestre, por lo que es cuestión de tiempo que uno de ellos choque contra la Tierra, (esto lo aseguró la Agencia Espacial Europea). Aún así, este tipo de fenómenos suele suceder cada millón de años, aunque si eso ocurre desaparecería más del 90% de la población mundial.
Afortunadamente, en este caso, el ser humano no vive más de un siglo por lo que difícilmente nos tengamos que enfrentar a un acontecimiento apocalíptico de la envergadura de los comentados anteriormente. Evidentemente, ante la superpoblación que vive el planeta, a menudo convivimos con desastres naturales que asolan determinadas zonas con la consecuente desgracia humana. Inundaciones, sequías, terremotos, erupciones volcánicas, huracanes… copan los titulares de los informativos mundiales mes tras mes, pero en ninguno de los casos las amenazas son mayores por el momento.
Es evidente que todo lo anteriormente citado sucederá y que la presencia humana en el planeta, si no se auto-aniquila antes, pasará por serios retos hasta que el ser humano acabe extinguido. Al fin y al cabo, sólo hace dos millones de años de su existencia, con la aparición del homo habilis, (el primero con denominación de humano), y 150.000-200.000 años desde la irrupción del homo sapiens en un planeta que se formó hace más de 4.500 millones de años. Eso sí, el planeta seguirá su curso independientemente de todo lo que suceda en su superficie y de si tiene o no vida humana o animal. No hay que olvidar que la Tierra será habitable “solamente” durante 500 millones de años más, (otros dos mil más si el nitrógeno desapareciera de la atmósfera), debido a su total dependencia del Sol y al 10% de aumento de la luminosidad que se prevé que en éste se producirá en los próximos mil millones de años. Además, la Tierra también tiene sus días contados, ya que acabará siendo absorbida por el Sol dentro de unos 5.500 millones de años cuando el calentamiento gradual que se produzca en el Sol lo convierta en Gigante roja y se expanda unas 250 veces su tamaño actual hasta abarcar la órbita terrestre.
Por muchos seres supremos que ideemos para que velen por nosotros, tanto nuestra existencia como la de nuestro planeta, tienen los días contados.

martes, 7 de agosto de 2012

EL COMBUSTIBLE DEL FUTURO

Hace unos meses oí hablar de que Tata Motors, -aquellos que tienen en el mercado el Tata Nano, un coche que salía a partir de un precio de 2.000 dólares-, iban a lanzar al mercado un coche que se movía gracias a un motor de aire comprimido, el Tata Mini Cat. Por lo visto, esto era la culminación práctica de un desarrollo que a mediados de los noventa diseñó la empresa francesa MDI.
Me vino a la cabeza una conversación que tuve con Vicente en Sevilla, un tipo con el que merece la pena conversar hasta del tema menos interesante del mundo, tan inquieto y entusiasta en la vida como apocalíptico en este tema. Estuvimos analizando todas las posibles alternativas energéticas. Más o menos estuvimos de acuerdo en que se iba a poder seguir  produciendo energía doméstica e industrial, de una u otra manera, con las tecnologías ya existentes, sin recurrir a los combustibles fósiles. Pero de todas las alternativas posibles que barajamos como combustible para vehículos autónomos sin conexión a red energética, no logramos encontrar ninguna que pudiera ser considerada una alternativa factible seria para encargarse de dar movilidad a la totalidad del parque móvil mundial. Lo que no recuerdo es que reparáramos en ésta alternativa, el motor de aire comprimido.
La verdad es que, nada más conocer la noticia, he de reconocer que me alegré de ver una alternativa en el mercado a los combustibles de origen orgánico. Una alternativa que no produjera emisiones de dióxido de carbono y que incluso sus emisiones estarían compuestas de aire limpia a unos veinte grados bajo cero. ¡Aire fresquita en nuestras ciudades! ¡Hasta iba a ser recomendable estar cerca del tráfico en pleno verano!
Evidentemente, nada más enterarme de la noticia me puse a indagar en el tema, en el mecanismo de dicho motor y en las prestaciones que podría tener un vehículo que utilizara esa tecnología. Ahí es cuando comencé a desanimarme. El motor es de 25 CV y la autonomía media apenas llega a los 150 kilómetros, un poco más de 200 en ciudad y apenas 80 kilómetros en carretera. En las comparativas que se hacían con los coches eléctricos que se están comercializando, las prestaciones eran menores y el coste del kilómetro era mayor (en torno a un 50% más), ya que la electricidad necesaria para llenar las botellas de aire comprimido, (realmente es la energía necesaria para comprimir el aire a la presión adecuada), era superior a la necesaria para recargar una batería de litio de las que usan los coches eléctricos. Además, el coste del vehículo es superior. La única ventaja importante del motor de aire comprimido es que no necesita de un material de existencia limitada para una implantación a nivel mundial. La limitación más importante del vehículo eléctrico, aparte de las bajas prestaciones actuales, es la escasez de litio,  componente fundamental para la fabricación de las baterías eléctricas, o más bien, las dudas generadas acerca de si se podrá cubrir el exorbitante aumento que sufriría la demanda mundial de este metal alcalino en el caso de implantarse este tipo de vehículos, debido principalmente a las dificultades de extracción con los métodos conocidos en la actualidad.
Está claro que las prestaciones de ambos motores que ya están en el mercado son bajas, pero los vehículos movidos gracias al motor de combustión tampoco rompieron la velocidad del sonido nada más nacer, por lo que yo soy de los que creen que con el tiempo se ganará en autonomía, se podrán pulir deficiencias y se podrán sortear las limitaciones, pero lo que está claro es que si el combustible de origen fósil ha comenzado el principio de su fin, debido principalmente a que la mayoría de los pozos petrolíferos ya han llegado a su umbral de producción, habrá que prepararse para buscar alternativas.
Creo recordar que Vicente y yo enumeramos, y descartamos, un gran número de las alternativas que ahora mismo se ven como factibles. Evidentemente, la principal alternativa actual radica en los biocombustibles, es decir, hidrocarburos obtenidos a partir de biomasa, que es como se denomina a toda la materia orgánica que se va a procesar para convertirla en combustible. Ya están en el mercado y hay vehículos que han adaptado su motor de combustión para adaptarlo a este combustible. Se denominan ecológicos porque aunque desprenden dióxido de carbono en su combustión, éste ya ha sido anteriormente absorbido del aire por tratarse de materia vegetal. Dentro de esta categoría yo también incluiría los combustibles obtenidos de desperdicios vegetales, de aguas residuales o a los distintos alcoholes producidos a partir de cereales como el etanol o el butanol. Todos ellos tienen una limitación evidente para cubrir el abastecimiento de las necesidades mundiales y no es otra que la capacidad de generación de los cultivos necesarios para su producción, (no aplicable al caso de las aguas residuales, que también son limitadas). Ni se sabe si es posible generar la materia prima necesaria, en coexistencia con los cultivos dedicados a fines alimentarios, ni se puede asegurar una producción constante a nivel mundial, ya que las cosechas no son constantes todos los años. Además, entraña un riesgo grave para la población mundial, como es la más que probable escasez de terrenos de cultivo y la generación de graves crisis alimentarias, como las que ya hemos vivido a pesar de que este combustible está comenzando a implantarse. Igualmente, los escrúpulos de las empresas energéticas pueden ponerse a la altura de las más despreciables y ya se ha visto como empresas pertenecientes a este sector han comenzado a comprar grandes superficies de cultivo en países tercermundistas y han empezado a hacer gala de sus mejores modales, dignos de denuncia en los informativos menos serviciales. Parece muy difícil que pueda implantarse como solución en caso de falta de petróleo con la población actual y sus estimaciones de crecimiento.
Parece ser que la energía solar no va a ser capaz de mover vehículos autónomos, al menos en el corto y medio plazo con las tecnologías conocidas, por lo que como alternativas futuribles habrá que esperar que la solución venga de los motores de hidrógeno, mediante pilas de combustible o fusión de núcleos de hidrógeno, ó agua , siempre y cuando haya algo de verdad en los muchos escritos realizados acerca de que ya existirían motores movidos por agua usando diferentes tecnologías, como la electrólisis o mediante la generación de hidruros, aunque todos esos escritos han sido duramente criticados. Sin embargo, utilizando técnicas parecidas, parece ser que se ha logrado gasolina sintética, basada en hidruros complejos obtenidos a partir de hidrógeno, a un precio asequible y sin emisiones de carbono a la atmósfera. Como todo lo que tiene que ver con los avances en tecnología energética, no hay información suficiente como para poder afirmar que pudiera ser una alternativa real.
Hay otras alternativas experimentales basadas en magnesio, arena-silicio ó Helio 3 que no parecen que puedan implementarse a corto o medio plazo, siempre y cuando pudieran ser viables, aunque siempre es positivo que haya posibles alternativas al apocalipsis petrolífero.
Tal y como le dije a Vicente, creo que tiene que haber alternativas bien guardadas en secreto, pues la evolución humana no está preparada para afrontar una crisis tal como el no poder desplazarse de manera autónoma. Supondría una involución sin precedentes y si no hay alternativa en el mercado se debe a que vivimos en una sociedad especulativa y en el que los que juegan con ventaja la hacen valer para su propio beneficio sin reparar en los daños que se causan y en un posible beneficio colectivo.
A pesar de todo, él insistió en que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina y que en el momento en el que el petróleo escasee la sociedad va a estar condenada. No sé si es un punto de vista realista o pesimista, pero yo prefiero creer en el ser humano, que siempre ha salido triunfador de los distintos retos a los que se le ha enfrentado. Evidentemente me refiero a la comunidad científica, no a la escoria tanto dirigente como influyente en este mundo cruel.

martes, 17 de julio de 2012

EL GATO DE SCHRÖDINGER

El otro día vi a un compañero de trabajo con una divertida camiseta que decía en inglés, “libertad para los gatos de Schrödinger” y no pude evitar sonreír y acordarme de esta paradoja, que tanta controversia generó en la física cuántica moderna. Lo que más me preocupó es que no deparé en la originalidad de la camiseta y que tendría que haber sido adquirida en un lugar muy especializado para temas concretos o extraños y yo lo había asumido con total naturalidad.
Para quien lo desconozca, el experimento del gato de Schrödinger o paradoja de Schrödinger es un experimento imaginario concebido en 1935 por el físico Erwin Schrödinger para exponer una de las consecuencias menos intuitivas de la mecánica cuántica.
Este experimento mental consiste en imaginar a un gato que se encuentra dentro de una caja, junto a un curioso dispositivo formado por una ampolla de vidrio que contiene un veneno muy volátil y un martillo que pende sobre la ampolla de forma que la romperá al caer sobre ella. Si esto ocurre, escapa el veneno y el gato muere. El mecanismo que controla el martillo no es más que un detector de partículas alfa, acondicionado de tal forma que, si detecta una partícula alfa, el martillo se suelta, rompe la ampolla y el gato muere. En el caso contrario, el martillo permanece en su lugar, la ampolla no se rompe y el gato sigue vivo.
Una vez que se ha montado el dispositivo y el gato está cómodamente instalado en su interior, comienza el experimento. Al lado del detector se coloca un átomo radiactivo especial, que tiene una probabilidad del 50% de emitir una partícula alfa en un lapso de tiempo definido, (por ejemplo, una hora). Cuando ese tiempo haya transcurrido, el átomo ha podido emitir una partícula alfa o no, por lo tanto, el martillo puede haber golpeado la ampolla o no y, dependiendo de todo ello, el gato estará vivo o muerto. Por supuesto, no hay forma de saberlo si no se abre la caja para comprobarlo.
Aquí es donde las leyes de la mecánica cuántica hacen de este experimento algo mucho más interesante. Si se intenta describir lo que ocurre dentro de la caja con los principios de mecánica cuántica el resultado sería una superposición de dos estados combinados, mitad de “gato vivo” y mitad de “gato muerto”. Esto significa que mientras la caja permanezca cerrada, el gato estaría a la vez vivo y muerto, es decir, el estado del gato ha dejado de ser algo concreto para transformarse en una probabilidad.
La única forma de saber con certeza si el animal sigue estando vivo o no es abrir la caja y mirar dentro. En algunos casos nos encontraremos con un gato vivo y en otros con uno muerto. Según Schrödinger, lo que ha ocurrido es que, al realizar la medida, el observador interactúa con el sistema y lo altera, rompiendo la superposición de estados y el sistema se define en uno de sus dos estados posibles. Pero según el sentido común, resulta claro que el gato no puede estar vivo y muerto a la vez. Sin embargo, la mecánica cuántica garantiza que mientras nadie espíe el interior de la caja el gato se encuentra en una superposición de los dos estados vivo/muerto. Evidentemente, la sola idea de la existencia de un gato “medio vivo” es un atentado contra el sentido común.
Esta paradoja ha sido objeto de gran controversia tanto científica como filosófica, hasta el punto de que el genial Stephen Hawking dijo que cada vez que escuchaba hablar de ese gato, le daban ganar de sacar su pistola, aludiendo al suicidio cuántico, que era una variante del experimento de Schrödinger.
Evidentemente estamos hablando de física teórica, aquella en la que no se podían comprobar distintos aspectos físicos como la dirección de giro de los electrones o las desintegraciones atómicas y se basaban en probabilidades fidedignas.
Lo curioso es que esta paradoja es muy aplicable a la vida real, ya que en muchos casos no nos es posible obtener la información real acerca de algo o de alguien y se realizan suposiciones, por lo que extrapolando la paradoja de Schrödinger, todo aquello que desconocemos pero que creemos que tiene una considerable probabilidad de haber sucedido estaría en los estados “mitad sucedido” y “mitad no sucedido”. Afortunadamente, la vida real y la interacción social nos permiten un margen más alto de imprecisión que la física cuántica y nos dejan incorporar variables como la especulación, la intuición, el deseo y el descrédito para así no dejar una situación de la que no podemos tener pruebas para analizar lo sucedido más que a partir de la versión de los protagonistas o de los testigos, si es que hubo, en “mitad sucedido” o “mitad no sucedido”. Evidentemente, ese estado sería el más correcto, pero dejaría infrautilizadas un gran número de nuestras cualidades humanas consistentes en especular con la posibilidad de lo sucedido, intuir lo que ha podido suceder, intentar hacer que parezca que ha sucedido lo que se desea o desacreditar a alguno de los protagonistas, de los testigos o el acontecimiento en sí mediante la denostación, entre otras cualidades.
No sería buena idea utilizar las propiedades físicas para nuestra vida cotidiana pues le quitaría todo el encanto de las distintas facetas en las que se basan nuestras relaciones personales y en las que, en muchos casos, hay que dar opinión de qué se piensa acerca de algo aún cuando la información que se posee no es concluyente para poder dar una opinión formada. Se acabarían las especulaciones que son las que dan forma a la gran mayoría de las opiniones que vertemos en nuestras relaciones interpersonales o incluso en los distintos artículos de opinión y sobretodo se acabaría el arte de la manipulación que es la actual “gran” cualidad humana, aquella que vierte una opinión de forma interesada para provecho propio o de un individuo o grupo afín.
Yo, llegado a este punto, prefiero que el gato de Schrödinger siga en estado mitad vivo y mitad muerto, siempre y cuando no se logre abrir la caja, antes de dar una opinión formada. Por otro lado, que la caja pudiera ser abierta sería lo deseable, no sólo para saber la verdad, sino para desenmascarar a los continuos manipuladores que se aferran a cualquier indicio de duda para imponer su opinión o su deseo de realidad y que incluso siguen viendo al gato de la misma manera aunque la caja haya sido abierta y el resto vea otra cosa.

martes, 10 de julio de 2012

LA ÚLTIMA VEZ

Hace bien poco viví una experiencia que estoy casi seguro que va a ser la última vez que la viva. Normalmente, cuando hacemos algo o estamos en algún lugar no pensamos en que pudiera ser la última vez que la vivamos o la última vez que estemos allí, porque pensamos en la fácil posibilidad de repetir la experiencia o en la permanencia e invariabilidad de los lugares, aparte de que sólo nos lo podríamos plantear si la experiencia vivida o el lugar en el que estamos nos produce placer o buenos recuerdos. El caso es que como era más que consciente de que las posibilidades de repetir esa experiencia eran nulas, la viví con total intensidad, disfrutando enormemente del momento. Un gran momento, puesto que la nostalgia ya la había dejado de lado en el momento de la consciencia de que pudiera ser la última vez.
Esto me llevo, de repente a la ultra-repetida frase “Vive cada día como su fuera el último”, que yo modificaría a “Vive cada momento como si pudiera ser el último”, puesto que creo que el ser humano no está capacitado para vivir cualquier día como si fuera el último de su vida, ya que acabaría siendo víctima de la ansiedad en pocos días, incluso horas. Sí que estoy de acuerdo en vivir los momentos con intensidad, pero creo que todo tiene un punto de equilibrio y no hay ser humano preparado para vivir absolutamente todos los días de su vida con esa intensidad.
Una vez que aquel momento terminó y aún seguía disfrutando de su intensidad y su recuerdo reciente, comencé a recordar otros momentos en los que había disfrutado de una sensación idéntica, debido a que muy pocas veces somos conscientes que estamos delante de una experiencia que no volveremos a repetir. Recordé, casi al instante, mi último día de universidad, el instante en el que salía por la puerta de la Facultad de Nuevas Tecnologías de la Universidad de Valladolid con mi proyecto Fin de Carrera recientemente entregado y satisfactoriamente evaluado. Me vino el flash en el que según me alejaba, paré, miré atrás y me puse a observar el edificio en el que había concluido una experiencia de más de seis años, con momentos interesantes, divertidos y tortuosos (estos últimos acentuados por  la Ley de Reforma Universitaria). En este caso la sensación que percibí fue de triunfo y de dejar atrás una etapa que no quería volver a repetir, pero también fue muy aliviante experimentar dicha sensación, una despedida que tanto había deseado que llegase de esa manera. Algo parecido me pasó poco antes al abandonar el piso en el que había vivido toda esa época con mis entrañables compañeros de viaje, aunque en ese momento la sensación fue satisfactoria por la cantidad de experiencias y momentos felices vividos, siendo la despedida muy nostálgica. Me vinieron otros recuerdos, como cuando cambié de trabajo, acabé el Instituto o abandoné mi pisito de Montmartre de vuelta para España después de seis meses trabajando en París. Posteriormente, recordé otros vividos con menor intensidad o con mayor amargura, estos últimos estaban totalmente influenciados por momentos nada gratos, en el que eres consciente de que es la última vez que vas a ver algo o estar con alguien muy a pesar tuyo.
De todos estos momentos, se puede ser consciente cuando se realiza un cambio importante en la vida o cuando se cierra una etapa para comenzar otra, bien por necesidad, por obligación, por circunstancias o porque el ciclo de la vida y la sociedad suelen marcar unas pautas que casi todos seguimos y nos lleva a lugares y situaciones diferentes. Sólo somos conscientes de ello cuando vislumbramos un cambio importante, pero no cuando los cambios son sutiles, relativos o progresivos. En el primer caso se puede tener consciencia de que pudiera darse el caso de que no se volviese a repetir la situación, el momento o el lugar en el que estamos, tanto para bien como para mal, así como otros relacionados con el entorno o el condicionamiento. En el segundo caso, no se suele ser consciente hasta que se echa la vista atrás y se comprueba que las circunstancias son muy diferentes a las anteriormente dadas, que éstas han ido cambiando progresivamente y que es muy difícil (o, en casos extremos, imposible), que se vuelvan a dar ciertas circunstancias o condicionantes para repetir esas vivencias, puesto que nunca sabemos lo que depara el futuro y sin tener en cuenta circunstancias dramáticas, todos podemos recordar la última vez que vimos a una persona importante o a la que teníamos mucho afecto, que llevamos tiempo sin ver y que podría ser que por las circunstancias tanto de uno como de otro no volvamos a ver nunca y sin embargo el última día que lo vimos no percibimos que fuera a ser nuestro último momento juntos. Seguramente, de haberlo sabido, el comportamiento de ambos seguramente hubiera sido diferente.
Igualmente pasa con ciertos lugares donde se vivieron experiencias muy gratas y que, aunque podamos volver al lugar de la acción, o acciones, éstas serán totalmente diferentes, por los condicionantes y los protagonistas con los que se vivieron dichas vivencias. La mayoría de las veces, aunque el entorno sea idílico y sólo la simple estancia nos produzca felicidad, suelen ser los protagonistas y el entorno humano el que nos da el valor añadido de los recuerdos.
De estas cosas, sólo se es consciente cuando estamos iniciando un cambio en nuestra vida, o estamos en proceso. Es sólo es en ese momento cuando podemos estar ante la última vez que veamos a alguien con quien tenemos cierta empatía de manera consciente, aunque siempre esperanzamos que alguna enrevesada circunstancia nos haga volver a coincidir, por lo que no solemos manifestar dichas sensaciones o si lo hacemos, suele ser de manera muy sutil, para evitar dar cierto toque de despedida a una situación que puede ser cuasi cotidiana.
La verdad, es que hay muchas experiencias, circunstancias y situaciones que desearía volver a revivir. Posiblemente, en algunos casos no será posible revivirlas con ciertos protagonistas que desearía o en las circunstancias deseables, pero espero no olvidarlas para al menos tener consciencia de cuándo fue la última vez.

martes, 3 de julio de 2012

TODO O NADA

Es curioso cómo se pasa del blanco al negro en apenas instantes. Es algo que nunca he sido capaz de asimilar, cómo se pasa de ser todo para alguien a no ser absolutamente nada o viceversa, de no ser absolutamente nada pasar a ser absolutamente todo. Cuando esto ocurre hay algo que me perturba, como si fuera incapaz de asimilar cambios tan drásticos. Puede deberse a que todo es una hipocresía en la que estamos envueltos continuamente y que todo está basado en cubrir necesidades por lo que quien es utilizado para cubrir dichas necesidades es alguien que pasa de ser innecesario a ser totalmente vital e imprescindible hasta que estas necesidades dejan de existir o se generan otras, momento en el cual se prescinde de ese alguien que se utilizó para cubrir las antiguas necesidades, ahora obsoleto o no adaptable para cubrir las nuevas.
Creo que en realidad ese paso no es tan drástico y no se cae desde tan arriba o no se sube desde tan abajo, (aunque creo que es realmente que no se sube tan arriba, sino que se exagera la sensación). Esto es extrapolable a todos los campos, no sólo al afectivo o al sentimental. Ahí están los ejemplos de los continuos mitos caídos o los nuevos mitos que emergen para sustituir a los suprimidos por el hartazgo, el fracaso o la decepción, sin deparar en lo que se ha aportado o lo que han aportado. Es algo caduco de lo que hay que deshacerse y la maquinaria sigue su marcha sin importar lo que queda atrás.
Realmente lo que es drástico es la caída, porque el ascenso suele ser lento y si es más rápido es por cubrir unas necesidades imperiosas, bien afectivas, bien sentimentales o bien de resurgimiento de un nuevo ídolo público. Todo esto suele dejar un vacío propio de la sociedad en la que vivimos, algo parecido al proceso de adquisición, consumo y desecho. Se adquiere una nueva amistad, pareja sentimental o un nuevo ídolo personal o de masas para exprimirlo en beneficio propio y desecharlo cuando las necesidades, los objetivos o las preferencias han variado. Parece ser que estamos expuestos, al consumo humano por parte del resto de los propios humanos. Se puede decir, por tanto, que no somos más que recursos humanos, tal y como la economía más liberal nos denomina, la forma más inhumana en la que se puede hacer referencia a un ser humano. Al fin y al cabo un recurso no es más que un elemento disponible para resolver una necesidad o llevar a cabo una empresa, es decir, algo a lo que dar un uso para beneficio de quien lo utiliza.
Todo esto no es de extrañar, no es más que el reflejo de nuestros hábitos cotidianos y de los cambios que se han producido en los últimos años en nuestra sociedad. Una sociedad que ha pasado de consumir lo que necesita a generar la sociedad del consumo. Supongo que igual que anteriormente se le daba más valor a las cosas materiales que se tenían alrededor, ahora se ha pasado a conceptos como la obsolescencia programada y al “pasado de moda” que hace que lleve a los individuos de esta sociedad a la práctica más exagerada del usar y tirar, incluso lo definiría como comprar, apenas usar y tirar. ¿Por qué no ha de reflejarse eso también en las relaciones humanas del tipo que sean? Es la cultura que nos han impuesto y que creemos que hemos decidido nosotros mismos, pero hemos nacido con ella o se nos ha ido imponiendo a pequeñas dosis, tan pequeñas que lo tomamos como decisiones propias. Igual que cualquier recurso material es desechado en el momento en el que la necesidad que se tiene hacia él ya no es tal, o se descubre otro recurso más útil para cubrir dichas necesidades, se opera de la misma manera con las personas o recursos humanos. Será por eso que las relaciones afectivas o sentimentales también son menos duraderas y se empieza a generar la sociedad del individuo, esa sociedad en la que sus componentes son capaces de funcionar sin la necesidad de interaccionar entre ellos más que para satisfacer ciertas necesidades propias de cada uno.
Es de suponer también que, por todo ello, ya apenas quedan ídolos permanentes en casi ningún campo artístico, (música, cine, pintura, escultura, literatura…), y hay que recurrir a los ídolos del pasado, de décadas anteriores o de siglos pasados, porque los que actualmente surgen son tantos y tan efímeros que ni somos conscientes de su caída o desaparición, víctimas del consumismo compulsivo que los puso en el top y los quitó de allí a los pocos días meses o años, muchos de ellos pasando inadvertidos incluso cuando fueron encumbrados. Igualmente pasa con los ídolos deportivos, que en cuanto su carrera comienza a decaer o se retiran, pasan al ostracismo, sin ser recordaros a posteriori por sus gestas o momentos de éxito.
Al final, la sociedad no es más que el reflejo de lo que genera y eso se traslada también a los individuos que la conforman, que igual que consumen arte, espectáculos, actividades varias y recursos materiales, acaban siendo consumidores de amistades y sentimientos, generando la sociedad del individuo, un individuo cada vez más aislado y que sólo interactúa como parte de ese consumo organizado y que en el momento en el que lo que consuma no le satisfaga, volverá a su reducto o saldrá en busca de nuevas adquisiciones, generando una sociedad que interacciona sólo por el interés personal, apoyado además, por un amplio catálogo de recursos materiales que le harán más llevadera y entretenida su soledad y que le generarán las suficientes interacciones virtuales como para satisfacerlo. Es por ello que los sentimientos acaban siendo condicionados a estas necesidades y pasan a formar parte de este mercantilismo acentuado exponencialmente, siendo fácilmente suprimibles en el momento en el que no se adaptan a las necesidades del momento.
Esperemos que la historia siga siendo cíclica y que estos tiempos de liberalismo económico radical (neoliberalismo) que se ve reflejado sobre los miembros que componen esta sociedad, sigan resquebrajándola hasta que pueda de nuevo asomar la cabeza el socialismo y todos sus subgéneros, donde los recursos humanos vuelvan a ser personas con quienes compartir momentos y sentimientos, o la vida en general, y no se utilicen sólo para cubrir necesidades puntuales, pudiendo interaccionar e incluso generar sentimientos mutuos con otros seres que no se adapten a unas necesidades puntuales.

martes, 26 de junio de 2012

LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA VIDA

Muchas veces me he puesto a imaginar cómo pudiese haber afectado a mi vida muchas de las decisiones que he ido tomando a lo largo de ésta y que han podido afectar a su transcurso. A veces esas decisiones han sido livianas, azarosas o impulsivas, como puede ser el aparecer en un sitio de forma totalmente improvisada y conocer a alguien que posteriormente pasase a ser importante en mi vida y con la que realizase gran parte de mis actividades y que pudiese influir en parte de la toma de mis decisiones posteriores. Otras veces han sido decisiones más importantes y en las que incluso no he estado totalmente convencido de la decisión tomada. Lo que está claro es que nuestra existencia ha de convivir con múltiples circunstancias azarosas que hacen que se produzca un cambio importante en el transcurso de ésta, muchas veces de forma voluntaria, intentando aprovechar lo que creemos que es una oportunidad que se nos presenta, otras veces de forma inevitable, pudiendo en este caso ser víctima de alguna situación que a la vez no era deseada, y otras de forma casual, en la que, por lo general, no damos importancia a lo sucedido o lo tomamos como un acontecimiento más del día, pero que influirá notablemente en nuestro futuro. Incluso se podía añadir en este último caso la concatenación de casualidades que nos pueden llevar a conocer a una persona que en futuro será influyente o decisiva en nuestra vida. Sólo hay que analizar cómo conocimos a nuestros mejores amigos o a nuestras distintas parejas, las circunstancias en las que las conocimos, el porqué nos encontrábamos en el lugar del encuentro tanto nosotros como ellos y las personas que nos acompañaban tanto a nosotros como a ellos.
Siempre afirmo que el camino que hemos recorrido en esta vida ha dejado en la cuneta muchos otros caminos alternativos que no hemos querido tomar, no hemos podido tomar, no nos hemos atrevido a tomar o no nos hemos dado cuenta de que estaban allí y que el azar también se ha encargado de posibilitar esos caminos, tanto el que hemos seguido como los que hemos dejado atrás. Además, como no hay oportunidad de dar marcha atrás, siempre pensamos, (orgullosos que somos todos), que hemos tomado el mejor camino y que los que hemos dejado de lado, tanto consciente como inconscientemente, no eran mejores. Yo creo que no es así, que nos hemos dejado muchas oportunidades por el camino, que no hemos visto, no hemos sabido aprovechar o hemos descartado por una decisión más o menos meditada, pero las decisiones hay que tomarlas y equivocadamente o no se toman.
Esto siempre me ha llevado a preguntarme sobre si mi vida sería idéntica si se volviese a producir, debido a la gran cantidad de factores que no controlamos o que no somos capaces de percibir, motivado por nuestro estado general o particular en el momento en el que nos encontramos con algún acontecimiento tanto positivo como negativo, circunstancia tanto favorable como adversa u oportunidad tanto de mejorar como de empeorar nuestra vida futura. Ya sé que esto es sólo un ejercicio de memoria y de imaginación, pero sería curioso si se pudiese volver a vivir o se viviesen varias vidas en paralelo y ver lo diferentes o lo semejantes que pudieran ser cada una en función de la cantidad de elementos circunstanciales no controlados con los que nos encontramos a lo largo de ella y que influyen de una manera más o menos importante en el transcurrir de ésta. Personalmente, creo que habría diferencias muy notables entre unas y otras. Puede ser que se deba a que no creo en el destino y mucho menos en la predestinación, pero sí que creo que aunque nuestras personalidades puedan ser similares en casi todas ellas, el devenir sería bastante diferente, incluso la influencia que nosotros hemos realizado sobre otras personas también variarían por lo que se incrementa aún más el factor aleatorio ya que un pequeños cambio en el transcurso de nuestra vida podría modificar notablemente la vida de otro. Es más, creo que las personalidades también se moldean en función de las experiencias vividas y de las compañías con las que te has compartido la vida y han podido influir en mayor o menor medida sobre ella, sobre todo a edades más tempranas que es donde realmente se cimentan.
Todo esto me llevó a pensar acerca de los triunfadores y preguntarme sobre si triunfarían en otras vidas o es que están de suerte y están viviendo la mejor de las vidas que les pudiese haber tocado vivir. ¿Los genios volverían a ser genios en otras vidas paralelas? ¿Los grandes amasadores de fortuna partiendo desde la nada volverían a tener la misma suerte o las mismas grandes ideas que los llevaron a vivir en el lujo y la comodidad? ¿Las más influyentes personalidades volverían a tener tal poder de influencia? ¿Los triunfadores del espectáculo o de las artes triunfarían en todas sus vidas o se verían truncados esos triunfos en otras vidas debido a que en ésta han tenido la mayor de las suertes?
Lo que sí que está claro es que el simple hecho de nacer donde nace se nace haría que todas estas vidas paralelas tuvieran unos parámetros e influencias comunes. Esto motivaría, seguramente, que mucha gente que tuviera un carácter excesivamente sumiso o poco inquieto, se viera condicionado en todas esas vidas a absorber de las mismas fuentes gran parte de las capacidades y experiencias que moldearán su personalidad futura, por lo que posiblemente, todas las veces que hubiese vivido su misma vida, éstas pudieran ser muy similares todas y cada una de ellas, incluso poco pudiesen variar los protagonistas principales de su vida, salvo enfrentarse a acontecimientos excepcionales que pudieran truncar o modificar enormemente el transcurrir de alguna de ellas. Sin embargo, creo que, partiendo del espíritu rebelde que una gran mayoría de las personas tenemos tanto en la infancia y sobretodo en la adolescencia, nuestras distintas vidas pudieran tener unos devenires muy diversos en cuanto a los protagonistas y los acontecimientos vividos en nuestra vida. Posiblemente, en casi todas de ellas estaríamos ubicados en el mismo escalafón social, pues éste viene casi totalmente influenciado por el entorno en el que hemos nacido, salvo los casos dados anteriormente entre interrogaciones u otros que serían totalmente contrarios, pues igual que hay grandes triunfadores, sin duda que también hay grandes derrotados y podría ser que estuviesen viviendo su calvario en esta vida, pero no en cualesquiera de las otras vidas que pudieran vivir en dicha muestra.
Todo esto me surge cuando veo entre los grandes triunfadores de nuestra época (tomando como patrones de triunfo los de reconocimiento social, popularidad o nivel económico) a auténticos inútiles afortunados o cuando veo como auténticos inútiles o esperpentos mentales llevan una vida relativa cómoda, muchas veces debido a un golpe de fortuna que ni siquiera ellos han sabido apreciar como tal, mientras que otra gente más brillante se ha encontrado con numerosos inconvenientes, muchos de ellos desafortunados, que hacen que tengan que luchar día a día por llevar una vida más o menos modesta, limitada o condicionada. En la primera lista, la de los grandes triunfadores, incluiría, sin dudar, a gente como Belén Esteban, “el Pocero” o los tres últimos presidentes de este país, pero esta lista podría ser extremadamente larga, por lo que no voy a intentar hacerla. De la segunda lista no voy a nombrar a nadie, ya que serían gente más o menos próxima a mi entorno y yo soy de dar las opiniones personales a las personas afectadas, antes hacerlas públicas, pero en el momento en el que estoy escribiendo esto, ya me han venido a la mente unos cuantos nombres tanto para la listas de los inútiles con fortuna como para la lista de los brillantes desafortunados.
Para ver todo esto de lo que aquí hablo, no hay más que hacer todo un ejercicio recordatorio de toda nuestra vida y ver todos los grandes acontecimientos que nos ha deparado. A partir de aquí habría que analizar el porqué de esos acontecimientos y sus circunstancias, así como los antecedentes próximos y remotos de dichos acontecimientos. Seguramente todos ellos están condicionados por unas circunstancias muy caprichosas que hubiesen podido provocar que el camino llevado para desembocar en dicho acontecimiento pudiera haberse truncado con facilidad y haber hecho que nuestra vida hubiese tomado otro camino diferente y los sucesos, experiencias y protagonistas futuros de nuestra vida podrían haber sido modificados de una forma severa.
La verdad, es una pena que no sea posible tener muestras diferentes de vidas paralelas que llevásemos. Con ello podríamos dar respuesta a las preguntas que siempre todos tenemos. ¿Qué sería de mi vida su hubiese dicho que sí o hubiese hecho aquello en aquel momento tan decisivo? Podríamos ver como decisiones livianas podrían modificar enteramente nuestra vida futura e incluso comprobar hasta qué punto somos capaces de dirigir nuestra vida o de dejarla expuesta a las circunstancias aleatorias. Creo que todo esto ya lo pensó Robert Zemeckis cuando escribió el guión de “Regreso al futuro”.

lunes, 11 de junio de 2012

EL DELTA DE DIRAC

Quién me podría decir a mí, que el delta de Dirac iba a ser el protagonista en uno de mis momentos más críticos de mi vida, enfocada desde una evolutiva pre-profesional.
Por lo que recuerdo, el delta de Dirac era un método de resolución de funciones transformadas de Laplace, que eran a su vez algo así como el siguiente escalón evolutivo en la escala matemática tras las ecuaciones diferenciales que, a su vez, venían a ser algo así como  introducir funciones derivadas en lugar de incógnitas en las ecuaciones convencionales.
Más tarde de este episodio de mi vida descubrí que Paul Dirac fue un físico cuántico que compartió un Nobel de Física (el de 1933) con mi “amigo” Schrödinger, viejo conocido mío en Bachillerato, el mismo que propuso el experimento mental del gato de Schrödinger a Albert Einstein, que puso de los nervios posteriormente a Stephen Hawking.
El caso es que aquel curso osé matricularme en todas las asignaturas que me quedaban para terminar mis estudios universitarios. Nueve asignaturas ni más menos, todas las que me quedaban. No tenía más remedio debido a que la llegada de lo que llamábamos “plan nuevo” que no era más que la implantación de la Ley de Reforma Universitaria, -aquella que transformaba las asignaturas en créditos y que en el 90 nos sacó a los estudiantes a la calle para protestar un día sí y otro también en contra de las intenciones del gobierno socialista de entonces y que logró incluso que en nuestro instituto creáramos el Sindicato de Estudiantes Libertario que acaparó al año siguiente la totalidad de los representantes de alumnos en el consejo escolar-, estaba acosándome y desposeyéndome de todas las convocatorias que me quedaban disponibles, ya que ese iba a ser el último año en el que nos pudiéramos examinar según el plan antiguo de las tres asignaturas que me quedaban del penúltimo curso.
Mi objetivo era aprobar esas tres asignaturas, por activa o por pasiva, y todas las que pudiese aprobar del último curso. Lo que tenía claro es que cambiarme al plan nuevo no lo iba a hacer ya que supondría prácticamente volver a empezar de nuevo, puesto que no me convalidarían ni la mitad de todo lo aprobado hasta entonces. Fracasar en dicha empresa supondría replantear mi futura carrera profesional. Realmente era consciente de que estaba deslizándome por el filo de la navaja en una carrera contrarreloj, pero los retos son para afrontarlos. Si no apuestas a todo o nada a los veintitantos, no lo harás nunca.
Aquel año no fue muy diferente al resto. Nuestro piso de estudiantes solía tener los habituales visitantes diarios y de fin de semana que otros años y las noches en la que al volver a casa nos encontrábamos con alguno de nuestros más significativos vecinos yendo todo engalanados de camino a cumplir con su obligación dominical de buen católico, eran iguales de numerosas. Lo único novedoso fue algún asunto judicial que tuvimos que tratar con la dueña del piso que quería quitarnos del medio porque consideraba que nuestras condiciones no eran las que marcaba el mercado. Afortunadamente, la justicia se puso de nuestra parte después de vivir esperpénticos episodios con ésta y su peculiar abogado delante del juez de turno, algo que nos dio para muchas y muy divertidas tertulias.
Como ya se intuye, ese año realicé un esfuerzo similar a años anteriores y logré cumplir en Junio con un tercio de las asignaturas totales y también de las vitales. Se presentaba un duro verano que provocó entre otras cosas, mi iniciación en el, por entonces, respetuoso vicio del tabaco, que desgraciadamente aún mantengo, por culpa de las partidas de mus a las que fui asiduo en las sobremesas veraniegas para desconectar del estudio y la presión. Con ello cayó el último bastión, pues era el único de los cinco que vivimos juntos en aquel piso, que durante cinco años compartimos en la plaza Poniente de Valladolid, que no fumaba.
Llegó Septiembre y los exámenes de las tres asignaturas que preparé con más esmero habían salido casi perfectos. Si no había ninguna sorpresa tendría tres asignaturas pendientes para liquidar mis estudios universitarios, por lo que podría afrontar el proyecto fin de carrera e incorporarme a un mercado laboral que estaba poniéndose a punto de caramelo después de las crisis de los 90, en la que vi como la mayoría de mis amigos que no se habían incorporado a la Universidad habían pasado grandes temporadas desempleados sin oportunidad alguna de abandonar el nido familiar.
Pero saltó la sorpresa. No estaba en la lista de aprobados de la asignatura de Ampliación de Matemáticas, (curioso nombre después de haber cursado Cálculo, Álgebra, Cálculo Infinitesimal, Sistemas Lineales…). Acababa de conocer el fracaso en persona. No lo podía creer. El mayor proyecto que había afrontado hasta entonces en mi vida parecía llegar a un destino cruel. Eso no podía terminar así, tenía que ver con mis propios ojos cuál había sido la causa de mi fracaso, por lo que antes de afrontar la realidad y decepcionar a mi entorno, busqué por todos los medios disponibles la manera de contactar con el profesor de dicha asignatura para comprobar qué había fallado y cómo podía ser posible que no hubiera superado una prueba casi vital para la que tanto me había preparado y de la que tan convencido había salido de haber superado. La guía de teléfonos y una cabina fue la que me posibilitó la cita para el día siguiente con el que parecía que iba a ser el juez de mi destino.
Al día siguiente, después de consultar con la almohada y con la que era la chica que por aquella época osaba dormir conmigo todo tipo de trucos rastreros para superar la enorme traba que me separaba de mi objetivo, afronté la cita con dignidad. Nada de caer en la marrullería. Afrontaría el resultado con dignidad, a pesar de que mis planes de futuro se podrían ver severamente perjudicados. Recuerdo que el ver el examen con un cuatro marcado dentro de un círculo en la esquina derecha del primero de los casi diez folios de los que se componía el examen me dio cierta esperanza. Más aún cuando vi como dos ejercicios habían sido completamente tachados, dos ejercicios que sabía hacer prácticamente a ojos cerrados. Tras una toma de contacto con el que ya se había ganado el título de juez de mi futuro próximo, pregunté por la causa por la que el tercer ejercicio había sido tachado. Me preguntó el porqué de haber resuelto el ejercicio de esa manera. Yo le dije que esa letra griega (δ) era una constante y por lo tanto había resuelto el ejercicio por el método de la constante, (el más complejo de todos). Él me preguntó por el delta de Dirac, (uno de los métodos más fáciles de resolución de ese tipo de ejercicios), a lo que le respondí que allí no había ninguna delta, (Δ). Yo había estudiado esa asignatura a partir de un viejo libro de la biblioteca universitaria, el único que quedaba de los incluidos en la bibliografía de la asignatura en el momento que acudí y, unido a que ya no había clases para los alumnos del plan viejo, mi único conocimiento del delta de Dirac era a través de esa grafía. Tras esa conversación y ante las enormes dudas que se estaban vertiendo sobre mi afirmación, lo único que me quedaba era demostrarle a dicho profesor que había un viejo libro cuasi ininteligible en la biblioteca que había denotado dicha función con la delta mayúscula en lugar de con la minúscula para así poder darme como bueno el ejercicio. Según iba a la biblioteca sólo esperaba que a ningún despistado se le hubiese ocurrido pedir en préstamo dicha antigualla en la que yo había basado mi preparación para esa asignatura. Tal y como yo pensaba nadie había osado en aventurarse a ello, el de las ocurrencias estúpidas era yo, por lo que pude demostrar mi argumento, continuar con mis planes de futuro y defenestrar a ese viejo libro fuera de la bibliografía oficial de la asignatura.
Realmente siempre dudé si mi problema fuera con el delta de Dirac en sí o con el desconocimiento del alfabeto griego, con el que ya me estaba familiarizando por culpa de la física y las matemáticas. Yo, que de Grecia conocía gran parte de su historia y casi la totalidad de su geografía, había podido firmar mi primer fracaso mayúsculo por culpa del desconocimiento de su alfabeto y por ser el último en llegar a todos los sitios, en este caso a la biblioteca de la Facultad. Cierto es que iba más a la biblioteca de Derecho, sobre todo en primavera.

martes, 5 de junio de 2012

LA PROPIEDAD MATEMÁTICA


Recuerdo que era Agosto y acababa de cumplir los 16. Estaba con Paloma, Antonio y Jesús enfrente de la Caja del Círculo esperando a que Marcos saliese de la tienda de su padre donde iba a echar una mano en las tardes de verano.
Estábamos en uno de esos momentos de hastío en el que las bromas ya no tenían gracia y necesitábamos que se incorporase otro miembro de la cuadrilla para revitalizar las andanzas veraniegas de un grupo de adolescentes en la época más feliz del año.
Yo, en ese momento no estaba, me había ido, aunque mi cuerpo permaneciese allí. Estaba absorto, en uno de esos momentos en los que dejas de escuchar a quien te acompaña y te introduces en lo más profundo de tus pensamientos. Ese día tocaba operaciones aritméticas, como podría haber tocado cualquier otra cosa y no sé por qué empecé a comparar mentalmente multiplicaciones hasta que me di cuenta de algo muy curioso:
1 x 1 =  1             2 x 0 = 0
2 x 2 =  4             3 x 1 = 3
3 x 3 =  9             4 x 2 = 8
  4 x 4 = 16            5 x 3 = 15
  5 x 5 = 25            6 x 4 = 24
  6 x 6 = 36            7 x 5 = 35
  7 x 7 = 49            8 x 6 = 48
  8 x 8 = 64            9 x 7 = 63
  9 x 9 = 81          10 x 8 = 80

Si el multiplicando y el multiplicador son iguales, al sumar uno al multiplicando y restárselo al multiplicador, el producto se reduce en uno.
Para mí, esa propiedad ya era de utilidad, pues me sabía los cuadrados de los 25 primeros números. Todavía no sé por qué me los aprendí, pero solía tener una curiosidad insaciable que me empujaba a investigar y no parar hasta desmitificar mi desconocimiento acerca de un tema concreto y una de ellas me empujó a calcularlos mentalmente debido a que la diferencia entre el cuadrado de un número y el de su número anterior es igual a la diferencia entre el cuadrado de ese número y el de su número siguiente más dos, (1, 4, 9, 16, 25, 36, 49, 64, 81, 100...).
Aún así os aseguro que yo, por entonces, también tenía pensamientos normales y no había ni una sola tía del Instituto que estando medianamente aceptable no me hubiese acompañado en mis momentos de soledad, dando rienda suelta a mi imaginación. Sin embargo, por razones que nunca analicé y que ya no creo que fuera capaz de recordar los motivos que me empujaron a aquello, en la mayoría de los momentos en los que iba caminando en soledad igual que me daba por pensar en mis asuntos, como hace casi todo el mundo, también solía realizar juegos mentales con todo aquello con lo que interactuaba y las matrículas de los coches siempre me han dado mucho juego para hacer cálculos mentales. Tampoco es tan raro, otros juegan a evitar pisar las líneas de la acera.
Evidentemente, después de esa primera revelación no me quedé en la superficie e indagué en el asunto, comprobando que…
2 x 1 =  2              3 x 0 = 0
3 x 2 =  6              4 x 1 = 4
  4 x 3 = 12             5 x 2 = 10
  5 x 4 = 20             6 x 3 = 18
  6 x 5 = 30             7 x 4 = 28
  7 x 6 = 42             8 x 5 = 40
  8 x 7 = 56             9 x 6 = 54
  9 x 8 = 72           10 x 7 = 70
10 x 9 = 90           11 x 8 = 88

Es decir, si la diferencia entre el multiplicando y el multiplicador es uno, al sumar uno al multiplicando y restárselo al multiplicador, el producto se reduce en dos.
Igualmente, pude comprobar que si la diferencia entre el multiplicando y el multiplicador es dos, al sumar uno al multiplicando y restárselo al multiplicador, el producto se reduce en tres y así sucesivamente.
A partir de estas deducciones, días más tarde enuncié mi primer teorema que decía algo así como que en cualquier multiplicación que realicemos, A x B = C, de manera que A>B, podemos concluir que (A+1) x (B-1) = C-n, donde n=A-B+1, siempre que B>0.
Evidentemente, este descubrimiento dejó perplejos a mis amigos, aunque más por ponerme a pensar en eso en una tarde de Agosto que por la curiosidad del descubrimiento de dicha propiedad que días después trasformaría  en teorema. Evidentemente, con el paso de la tarde empezaron a pensar que podíamos estar ante algo interesante, siempre desde la desconfianza de que no sabíamos casi nada, pero con la ilusión desde la que ve las cosas un adolescente. Dichas ilusiones, bien guardadas en silencio salvo cuando salía la comidilla entre los colegas para impresionar a alguien de fuera del entorno, aunque realmente era para matizar mi etiqueta de tío algo extraño, fueron fulminadas cuando me envalentoné dentro de un tono distendido en una clase de Matemáticas de C.O.U. en las que anuncié que había descubierto una nueva propiedad matemática. La expuse en clase ante los vítores de mis compañeros y el estupor de la profesora que no podía asimilar que la misma persona que dedicaba su clase a recrearse en batallas navales con sus compañeros de última fila, hubiera lanzado un reto tal delante de todos. Glorioso día de fama, que se quedó en eso, pues al día siguiente la profesora, después de analizar en su casa mi descubrimiento, se encargó de descomponer mi teorema y llevarlo a una simple obviedad, producto de desarrollar la ecuación o descomponerla utilizando las propiedades básicas matemáticas, por lo que yo pude proseguir con mi habitual rutina naval en sus clases al ritmo de coordenadas y de agua-tocado-hundido.
Aunque si hay algo que siempre recordaré es de lo que me dijo Paloma nada más que les expliqué mi ocurrencia, “ves por qué no tienes novia…”.