jueves, 23 de junio de 2016

EL EFECTO PIGMALIÓN

En el pueblo de mis padres, Curiel de Duero, siempre hubo un solo bar, por lo que éste siempre ha sido el punto de reunión, (junto con las bodegas), de todos los vecinos del pueblo. De mi infancia y adolescencia recuerdo pasar muchos ratos en él, puesto que también hacía las veces de centro recreativo o social, más aún cuando pusieron un billar americano.

Aquello fue una especie de revolución. Con la presencia del billar, el tiempo que pasábamos en el bar empezó a ser mucho mayor. Sirvió para que una buena parte de la gente del pueblo aprendiera a jugar y, de tanto jugar, casi todos acabáramos teniendo un buen nivel de juego. Incluso había días en los que era difícil pillar la vez, a pesar de que el número de jugadores no era muy elevado.

Aunque hubo momentos en los que fue sustituido por un futbolín, el billar formó parte del decorado de aquel viejo bar hasta que fuera cerrado años más tarde, (realmente fue sustituido por el actual). Incluso fue incluido dentro de las competiciones que formaban parte del cartel de las fiestas del pueblo.

Curiosamente, la última vez que el billar formó parte de las fiestas de Curiel, me apunté junto con Emilio “el andaluz”, un chaval que aunque vivía en Pilas (Sevilla) pasaba los veranos en el pueblo, ya que su madre era curielana y se quedaba en casa de unos familiares.

Por aquel entonces yo jugaba bastante bien al billar y, como me gustaba jugar, pasaba bastante tiempo jugando. A partir de ganar unas cuantas partidas jugando con Emilio, éste me propuso que nos apuntáramos juntos en el campeonato de fiestas. Yo ya me había apuntado al Campeonato de Mus, por lo que iba a tener poco tiempo para jugar al billar, pero ante su insistencia acabé apuntándome con él.

No recuerdo a quiénes fuimos eliminando ni el número de eliminatorias que tuvimos que superar para llegar a la final. De lo que me acuerdo es de la confianza ciega que tenía Emilio en mí y de lo motivado, eufórico y seguro que estaba de que íbamos a ganar. Cada vez que jugábamos él daba por hecho que ganábamos porque “éramos los mejores” y cada vez que yo tenía una  bola complicada, él ya daba por hecho que la metía, porque “esa bola sólo yo era capaz de meterla”. Así hasta la última bola de la partida definitiva, en la que teníamos que meter la bola negra en uno de los dos agujeros del centro. Cuando me tocó tirar tenía la bola negra en el centro del billar y la bola blanca justo dentro del punto de salida. A pesar de que el tiro era más que complicado, pues la bola negra tenía que salir con una trayectoria perpendicular a la de la bola blanca, Emilio ya estaba celebrando el triunfo dando por hecho que la iba a embocar. Tal y como él decía, “sólo había que darle el efecto ése que le daba a la bola blanca y ya estaba”. Como en ese momento, totalmente influenciado por Emilio, lo que pensaba es que era difícil que fallase el tiro, que era capaz de meterla eso y que no había quien nos pudiera ganar, eso lo que hice, apuntar y, sin pensarlo demasiado, darle a la bola blanca con la dirección y el efecto necesario para dirigir a la bola negra hacia el agujero central del billar. La bola negra entró y ganamos el campeonato.

Sin duda jugué con el mejor compañero que podía jugar, un motivador nato que confiaba ciegamente en mí, lo que produjo que jugase influido por el denominado efecto Pigmalión.

El efecto Pigmalión es el suceso que describe como la creencia que una persona tiene sobre otra influye directamente en el rendimiento de esta última, por lo que existe una relación directa entre las expectativas que hay sobre una persona y el rendimiento que se obtiene de ésta. Así, cuanto mayor sea la expectativa depositada sobre una persona, mejor rendimiento obtendrá ésta y viceversa.

El efecto Pigmalión tiene su origen en la mitología griega. El poeta romano Ovidio cuenta en su obra “Las metamorfosis”, la historia de Pigmalión, rey de Chipre y escultor que esculpió una estatua de marfil a la que dio una belleza con la que ninguna mujer podía nacer y se enamoró de su propia obra, a la que llamó Galatea y a la que trataba como si fuera una mujer real. Tal fue el amor que le procesaba a su escultura que solicitó a los dioses que le infundieran vida y lo realizó con tanta pasión que la diosa Afrodita la convirtió en una mujer de carne y hueso. Este suceso fue nombrado como el efecto Pigmalión ya que superó lo que esperaba de sí mismo.

Este término fue acuñado por el psicólogo social Robert Rosenthal a raíz de unos experimentos realizados en 1965 en una escuela californiana junto con Lenore Jacobson (director de esa escuela) que produjo lo que ellos bautizaron como el “efecto Pigmalión”, cuyos resultados publicaron en 1968 en el libro “Pigmalión en el aula”.

El experimento llevado a cabo por los autores consistió en proporcionar información falsa a los profesores sobre el potencial de aprendizaje de los alumnos de una escuela de San Francisco en función de un test que los alumnos supuestamente habían realizado, aunque en realidad los alumnos habían sido escogidos al azar, sin relación alguna con el resultado del test. El experimento certificó que aquellos alumnos de los que los profesores tenían mayores expectativas acabaron mostrando un mayor crecimiento intelectual que el resto de los alumnos cuando fueron evaluados en los meses posteriores, por lo que pudieron llegar a la conclusión de que el desarrollo intelectual de los estudiantes resulta en gran medida una respuesta a las expectativas de sus profesores y la manera en que estas expectativas se transmiten. También obtuvo el efecto contrario con alumnos de los que se tenían peores expectativas.

Existiría, por tanto, un efecto Pigmalión positivo y un efecto Pigmalión negativo. El positivo afianzaría la cualidad o aptitud del sujeto mediante el aumento de la autoestima del sujeto y de la cualidad, mientras que el negativo produciría que la autoestima del sujeto disminuyese y que la cualidad o aptitud sobre la que se actúa disminuya o incluso desaparezca.


El caso es que nunca antes había jugado tan bien como en aquel campeonato y jamás volví a hacerlo, aunque  también es cierto que desde entonces he jugado muy poco, apenas un par de veces al año. Además, cuando juego me acuerdo de todas esas cosas que antes sabía hacer como retrocesos, corridos, saltos y todo tipo de efectos, y que ahora ni siquiera intento pues sé que lo único que voy a obtener es un fiasco y, si además digo que antes lo hacía con relativa facilidad, hasta poder parecer presuntuoso. Pero todo esas cosas que yo sabía hacer, también sabían hacerlo bastantes de los que jugábamos asiduamente en el billar del pueblo. Sin embargo, en aquel campeonato sólo yo tenía un compañero que, aparte de jugar medianamente bien, creía ciegamente en su compañero y le hizo jugar como nunca antes había jugado y como nunca después volvió a jugar.

martes, 17 de mayo de 2016

LA CUARTA DIMENSIÓN

Una de las cosas a las que más vueltas he dado de pequeño ha sido la infinitud del tiempo, el pensar que el tiempo no tiene principio ni final, el pensar que si fuera posible ir para atrás, podría no haber nada en el Universo, (ni en ningún otro Universo, si es que hay algún otro Universo por ahí), pero el tiempo transcurría. Precisamente, por esto, siempre me imaginaba que en cualquier momento que representásemos una línea de tiempo, el momento de la representación estaba situado justo en la mitad, es decir, siempre se estaba en la mitad de la línea temporal, desde el principio del tiempo hasta el final, (conceptos ambos, puesto que al no haber finitud, eran infinitos).
 
Al tiempo tal y como lo conocemos y tal y como lo medimos, no se le puede acotar, ni hacia adelante ni hacia atrás, al fin y al cabo, en el momento que se puede medir y cuantificar, siempre puede haber un espacio de tiempo más y un espacio de tiempo menos. En nuestro caso, ese espacio de tiempo patrón es el segundo, cuya duración se tuvo que calcular a partir de que los egipcios dividieran el día en doce horas y la noche en otras tantas, que los babilonios dividieran cada hora en 60 minutos y cada minuto en 60 segundos, y que los griegos homogeneizaran la duración de las 24 horas del día, (ya que las horas de invierno eran más cortas que las horas de verano, según la división egipcia). Es decir, el cálculo de nuestro patrón de tiempo, (el segundo), se obtuvo al dividir la duración total de un día entre los 86400 segundos que tiene cada día, por herencia de las civilizaciones pasadas.

Pero el tiempo por concepto es infinito, no tiene ni inicio ni final, salvo si se mide un intervalo de éste. Lo que no parece que esté tan claro, a partir de la teoría de la relatividad, es que sea constante. Constante sería en un sistema en el que todo lo que formase parte de ese sistema se moviese a la misma velocidad, puesto que, según dicha teoría, el tiempo transcurre más despacio a velocidades próximas a la de la luz.

En la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto único, sino que cada individuo posee su propia medida personal del tiempo, medida que depende de dónde está y de cómo se mueve. Por lo tanto, la teoría de la relatividad de Einstein acabó con la idea de un tiempo absoluto. El tiempo no está completamente separado ni es independiente del espacio, sino que por el contrario se combina con él para formar un objeto llamado espacio-tiempo. Sin movimiento, o cuando éste se realiza a velocidades bajas, (las velocidades a las que el ser humano puede desplazarse), el tiempo es tal y como lo conocemos. Pero cuando se combina la mecánica cuántica con la relatividad general parece haber una nueva posibilidad que no había surgido con anterioridad y es que si se juntan las tres dimensiones espaciales y el tiempo se forma un nuevo espacio de cuatro dimensiones finito, sin singularidades ni fronteras. Así, cualquier suceso sería algo que ocurriese en un punto particular del espacio y en un instante específico de tiempo y se describiría por medio de cuatro números o coordenadas, las tres coordenadas espaciales y una medida del tiempo. Es por ello que al tiempo se le conoce como la cuarta dimensión.

A partir de la teoría general de la relatividad, se puede deducir que tuvo que haber habido un estado de densidad infinita en el pasado, el Big Bang. Según Stephen Hawking, el físico teórico más importante de los últimos años, en su libro “Breve historia del tiempo” (publicado en 1988 y adaptado en 2005 para un público más amplio), si hubiera habido acontecimientos anteriores a éste, no podrían afectar de ninguna manera a lo que ocurre en el presente y su existencia podría ser ignorada, ya que ello no entrañaría consecuencias observables, por lo que se podría decir que el tiempo tiene su origen en el Big Bang, en el sentido de que los tiempos anteriores simplemente no estarían definidos. Desde nuestro punto de vista, los sucesos anteriores al Big Bang no pueden tener consecuencias, por lo que no deberían formar parte de los modelos científicos del Universo. Así pues, deberíamos extraerlos de cualquier modelo y decir que el tiempo tiene su principio en el Big Bang. Igualmente, si el Universo entero acaba colapsándose de nuevo, tal y como se prevé, tendrá que haber otro estado de densidad infinita en el futuro, el Big Crunch, que vendría a constituir el final del tiempo.

Sin embargo, este punto de vista de Hawking tiene que ver mucho con una visión del Universo basada en el principio antrópico. Ignora cualquier suceso anterior al Big Bang, ya que se supone que antes del Big Bang no hubo nada y si lo hubo no nos interesa porque no nos afecta y no tiene en cuenta otras complejidades por el hecho de no afectar, tomando el Universo como un sistema cerrado y que no interacciona con nada más, por lo que si el concepto de tiempo está asociado a la existencia del Universo, éste nace y muere con el propio Universo. Pero eso no evita que las cosas sucedan, independientemente de si hay alguien observando o no y de si pasa algo o no pasa nada reseñable, como sería el sucesivo paso del tiempo desde un observador externo, independientemente de si existiera el espacio o no, (por estar éste condensado en un estado de densidad infinita como podría estarlo tras el Big Crunch o antes del Big Bang).

El propio Hawking, en su libro “El gran diseño” (publicado en 2010), sostiene que existen otras realidades diferentes a la nuestra y que la idea de los universos múltiples ya no es tan descabellada como se creía antes. El multiverso, nombre que se da al conjunto de universos paralelos, es un escenario en el que aunque nuestro Universo pudiera ser de duración finita, es un Universo entre otros muchos. Incluso, la propia física del multiverso podría permitirles existir indefinidamente, independientemente de las leyes físicas por las que se rija cada uno. En este escenario sí que es posible un observador externo que pudiese medir el tiempo, pues ahora sí que existiría el espacio donde ubicarlo.

En definitiva, que independientemente de si existimos o no, de si el Universo existe o no, de si hay algo o no, el tiempo continuará transcurriendo inexorablemente. Continuará transcurriendo independientemente de si está siendo observado o de si se le esté cuantificando. Es más, ya existía cuando no había nada, si es que alguna vez no lo hubo, puesto que existió siempre ya que nunca tuvo principio, y existirá eternamente ya que no va a tener final. Simplemente siempre estará, avanzando continuamente y haciendo transitar inevitablemente el futuro hacia el pasado.

jueves, 14 de abril de 2016

LOS SIETE SABIOS DE GRECIA

Cuando era niño y contradecía a mi madre, ella me solía preguntar sarcásticamente acerca de si me creía que era uno de los sabios de Grecia. Esa referencia hacia los sabios de Grecia no la volví a escuchar hasta que empecé a cursar la asignatura de Filosofía en Bachillerato, a excepción de a otras madres, pues por aquel entonces el patrón educativo de nuestras madres parecía ser único y lo mismo que yo escuchaba en casa como argumentación, advertencia o reprimenda por parte de mi madre, lo volvía a escuchar en las casas de mis amigos por parte de las suyas.

Desconozco el motivo por el que se utilizaba la alusión a los sabios de Grecia de una manera tan extendida o, al menos, de una manera más frecuente a la que se pueda utilizar en la actualidad. Lo cierto es que bajo la denominación de “los siete sabios de Grecia” se engloba a siete personalidades históricas de la Antigua Grecia, entre los que hay filósofos, legisladores o gobernadores que fueron contemporáneos (todos ellos nacieron en el siglo VII a.C. y murieron en el siglo VI a.C.) y a quienes se les atribuye una serie de máximas filosóficas que sirven como referencia del pensamiento de aquella época. Dicha tradición, la de los siete sabios de Grecia, se mantuvo a lo largo de los años, habiendo llegado a nuestros tiempos gracias al doxógrafo Estobeo y su “Antología de extractos, sentencias y preceptos”, al filósofo Platón y su diálogo “Protágoras” o al historiador Plutarco y su obra “Ágape para siete sabios”.

La relación más extendida de los siete sabios de Grecia es la realizada por Estobeo, la misma que, varios siglos después, utilizó Plutarco en su obra, y estaría formada por:

Tales de Mileto: Filósofo y matemático que vivió entre 625 a.C. y 546 a.C. y que destacó gracias a su sabiduría práctica, a su notable capacidad política y a la gran cantidad de conocimientos que poseía. Fue el iniciador de la indagación racional sobre el origen del Universo, por lo que está considerado como el fundador de la filosofía, (creía que el Cosmos estaba formado a partir de una sustancia elemental común a todo, algo aún hoy vigente). Considerado también como el padre de las Matemáticas, por demostrar sus afirmaciones, estableció una serie de teoremas geométricos elementales que llevan su nombre, siendo el más conocido el que sirve de base para la construcción de triángulos rectángulos con la ayuda de un semicírculo. Y como astrónomo, fue capaz de vaticinar un eclipse solar el 28 de Mayo de 585 a.C., algo que asombró a sus contemporáneos y le dio un enorme prestigio. Se le atribuyen numerosas máximas. De todas ellas, me quedo con: “En la confianza está el peligro”, “La felicidad del cuerpo consiste en la salud; la de la inteligencia, en el saber” y “Lo más difícil que hay es conocerse a sí mismo; lo más fácil aconsejar a otros”

Bías de Priene: Político griego que se estima que vivió entre 620 a.C. y 550 a.C. y alcanzó gran fama como legislador. Hombre ocurrente, del que se dice que era el más sabio de todos, pasaba por ser el orador más elocuente de su tiempo y empleaba su talento en defender a los pobres. Apelaba continuamente a que el hombre es malo por naturaleza y por ello el mundo estaba lleno de maldad. Decía preferir juzgar entre enemigos que entre amigos, porque en el primer caso estaba seguro de ganar a uno de aquellos, mientras que en el segundo perdía a uno de estos. Compuso más de dos mil versos llenos de preceptos de moral sobre el modo de vivir feliz y de gobernar acertadamente. De todas sus máximas, me quedo con: “El saber es la única propiedad que no puede perderse”.

Pítaco de Mitilene: Fue un estadista griego de origen noble que vivió entre 640 a.C. y 568 a.C. y gobernó en Mitilene (Lesbos). Intentó restringir el poder de la nobleza y ejerció el poder apoyándose en las clases populares. Era famoso por su espíritu de justicia, de prudencia y honestidad, llegando hasta el punto de conceder la libertad al asesino de su hijo basándose en que ‘’es mejor perdonar que arrepentirse’’. Se le considera unos de los siete sabios de Grecia por la sabiduría y prudencia con que gobernó. Es autor, entre otras, de la máxima: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.

Cleóbulo de Lindos: Hijo de rey, se estima que vivió entre 630 a.C. y 560 a.C. y gobernó como tirano de Lindos, en la isla griega de Rodas, de una manera ejemplar, según la versión de la época. Se le atribuyen algunos poemas líricos y más de tres mil enigmas en verso. Suya es la máxima “La moderación es lo mejor” y suyo es el aforismo “Aceptar la injusticia no es una virtud, sino todo lo contrario”.

Quilón de Esparta: Político que se estima que vivió entre 600 a.C. y 520 a.C. y lo hizo siempre conforme a sus principios. Mejoró los sistemas de control de los altos funcionarios del estado, se le atribuye la militarización de la vida civil de Esparta y la toma de las primeras medidas para la educación castrense de la juventud. Fue quien mandó grabar con letras de oro en el templo de Delfos las máximas “Conócete a ti mismo” y “No desees nada que sea demasiado ventajoso”. Suyo es el aforismo “No permitas que tu lengua corra más que tu inteligencia".

Solón de Atenas: Vivió entre 638 a.C. y 558 a.C., adquirió fama como legislador y reformador social en Atenas y es considerado como uno de los precursores de la democracia ateniense. Instituyó en Atenas un tribunal de justicia y justificó su política tendente a la igualdad de las clases sociales en una serie de poemas (los más antiguos que se hayan encontrado) que expresan su ética basada en la medida justa y en el orden correcto. Anuló todas las deudas que pesaban sobre los campesinos humildes y decretó que todos los esclavos por deudas fueran liberados, remodeló el calendario y reguló los pesos y medidas. Su máxima “Nada con exceso, todo con medida” la utilizaba como guía del comportamiento práctico de los hombres.

Periandro de Corinto: Vivió entre 668 a.C. y 584 a.C. Sucedió a su padre como tirano de Corinto, propiciando la prosperidad de la región durante el período entre los s. VII-VI a. C. Desarrolló el puerto de Corinto y construyó una rampa a través del istmo de Corinto para que las naves pudieran ser arrastradas para acceder al Golfo de Corinto, evitando así tener que rodear el Peloponeso. Con los ingresos obtenidos, logró suprimir los impuestos y llevó a cabo una sistemática política colonial de conquistas. Pero igualmente, eliminó a todos aquellos aristócratas que podían amenazar su poder. Se apoyó sobre la plebe contra la nobleza y emprendió represiones violentas. Pero la larga estabilidad de que gozó Corinto bajo su mandato contribuyó a que fuera incluido en el grupo de los sabios de Grecia, aunque fuera por adulación, ya que fue un tirano atroz, cometiendo, a pesar de su sabiduría, toda clase de excesos y crímenes, como hizo saber Aristóteles. Es autor de la máxima “Sé previsor con todas las cosas”.

Platón no incluyó en su lista de los siete sabios a Periandro, pues consideraba que éste no era merecedor de tan distintiva consideración. En su lugar puso a Misón de Quene, un labrador del Peloponeso que aborrecía a los hombres y que aun así sus contemporáneos declararon como el más honrado de los hombres. Su origen humilde y el vivir alejado de la civilización le hicieron ser mucho menos conocido. Se le atribuye la célebre máxima "Conócete a ti mismo".


miércoles, 16 de marzo de 2016

LA LEY DE MOORE

Del laboratorio de Matemáticas que teníamos en la E.U.P. de Valladolid, recuerdo aquellos ordenadores que allí había, la mayoría de ellos con procesador Intel i486, y con su pequeño display de dos dígitos en siete segmentos donde aparecía la frecuencia de reloj (el equivalente a la velocidad de procesamiento) del procesador expresado en megahercios (MHz). Había que estar muy rápido y motivado para pillar los pocos que había a 75MHz. El resto nos repartíamos los de 66MHz, 50MHz o 33MHz.

Ahora resulta curioso, pero en la época de los i386, los i486 y la primera generación de los Pentium, los ordenadores personales incorporaban un display donde aparecía la velocidad de procesamiento, con lo cual era muy fácil apreciar como cada dos años se lograba doblar la velocidad de procesamiento de los procesadores que llevaban los ordenadores personales, algo que ha sido así hasta la aparición de los procesadores de doble núcleo.

Esto ha ido en consonancia con la predicción que realizó el ingeniero estadounidense Gordon Moore y que es conocida como ley de Moore. Dicha ley (que realmente fue una predicción) afirma que el número de transistores integrados en un microprocesador se duplica cada dos años. Inicialmente, en el artículo que publicó en la revista Electronics en 1965 siendo Gordon Moore director de los laboratorios de Fairchild Semiconductor, afirmó que sería cada año, modificando su predicción a dos años en 1975, cuando ya era presidente de Intel Corporation, empresa que había fundado junto al también ingeniero estadounidense Robert Noyce (inventor, junto a Jack Kilby, del microchip o circuito integrado y que fue apodado como “el alcalde de Silicon Valley”, pues fue él quien ideó el nombre). Curiosamente, este crecimiento exponencial se ha ido cumpliendo, dando lugar a dispositivos cada vez más potentes, más rápidos, más pequeños y con menor consumo, pues al duplicarse el número de transistores integrados en los chips de cualquier dispositivo, prácticamente se duplican las prestaciones de los chips y de los dispositivos. En 2007, el propio Moore determinó una fecha de caducidad para su ley afirmando que “mi ley dejará de cumplirse dentro de diez o quince años, no obstante, una nueva tecnología vendrá a suplir a la actual”.

Por aquel entonces, hará unos quince años, cuando mis amigos me solían consultar acerca de las prestaciones de los ordenadores que se querían comprar y observaban el crecimiento exponencial de éstas, recuerdo que se me preguntó en varias ocasiones acerca de los límites de dicho crecimiento. Yo no sabía muy bien qué contestar, aunque por mis conocimientos solía decir que con la tecnología actual el límite estaba en la velocidad de la luz. Así llegué a predecir que difícilmente se conseguiría un procesador que alcanzara los 100GHz de velocidad de procesamiento con la tecnología existente, puesto que si un hercio es una instrucción-máquina por segundo y a la velocidad de la luz es de unos 300.000 Kilómetros por segundo (0,3 gigametros por segundo), a nada que cada instrucción-máquina implicase que cada pulso eléctrico tenga que realizar un recorrido medio de un milímetro se tendría un umbral de 300GHz. Si tenemos en cuenta el rozamiento con los dispositivos y que los procesadores suelen tener una superficie de unos 25 cm², por lo que es difícil limitar a un milímetro la distancia recorrida por cada pulso eléctrico para completar una instrucción-máquina, los 100GHz me parecían una meta casi imposible de alcanzar (y todo ello sin tener en cuenta el calor provocado que es el principal escollo en la actualidad), salvo que se realizara con una tecnología diferente como podrían ser los aún no desarrollados procesadores ópticos que, por entonces, parecían ser los candidatos más factibles a ser los procesadores del futuro.

Pero aparte de la velocidad de la luz hay otros límites físicos importantes. Uno es la capacidad de integración. Hay que tener en cuenta que en un chip de unos seis centímetros cuadrados, se han conseguido acumular 10.000 millones de transistores, es decir, donde antes cabía un transistor ahora caben un millón. Si se sigue aplicando la ley de Moore, cada transistor se reducirá, en tan solo tres generaciones más, al tamaño de unos pocos átomos y eso ya no será un transistor, debido a que los efectos cuánticos a esas escalas comienzan a ser notables.

Otro límite físico es el calor generado. Acumular cada vez más transistores en un espacio cada vez más pequeño produce calor y, si no se limita la frecuencia a la que funcionan los chips, éstos se queman. En los últimos diez años, la frecuencia de reloj no se ha podido aumentar por esta razón y para conseguir procesadores más rápidos se ha tenido que recurrir a chips que tienen varios núcleos procesando en paralelo, algo que presenta dificultades de programación y que no baja el coste. Por ello, el informe periódico de la ITRS (International Technology Roadmap for Semiconductors), que engloba a expertos de la industria mundial del sector de los semiconductores, ha reconocido oficialmente que la ley de Moore ya no es su objetivo principal.

De momento, el récord Guinness data del 13 de Septiembre de 2011 y está en manos del procesador AMD Bulldozer FX de 8 núcleos que alcanzó un rendimiento de 8,429 GHz utilizando overclocking (técnica que consiste en hacer trabajar al procesador por encima de la velocidad para la que está preparado) y siendo refrigerado con helio y nitrógeno líquido.

Actualmente, miniaturizar los componentes todavía más (siempre y cuando se pueda) supone altísimas inversiones que los fabricantes empiezan ya a no poderse permitir, a pesar de haberse concentrado en unas pocas empresas. Da cara al futuro, con la ley de Moore llegando a su fin por cuestiones puramente físicas, se abren ciertas incógnitas acerca de cómo va a ser la computación del futuro. En ese sentido se abren dos posibilidades. Una sería continuista de la lógica binaria, pero con una tecnología distinta a la del silicio. En esta posibilidad, los nanotubos de carbono, el grafeno, los transistores fotónicos (en los que se mueven fotones en vez de electrones) e incluso el ADN serían candidatos a ser los sustitutos. La otra sería rupturista de la lógica binaria existente, lo que supondría cambiar la lógica de computación, siendo la cuántica la que más interés suscita. Sin embargo, nada de eso está todavía maduro, por lo que no existen plazos para su llegada al mercado.

De todas formas, independientemente de la tecnología que se use en el futuro y a pesar de que la ley de Moore esté próxima a su fin en sentido literal, ya que el crecimiento exponencial en el número de transistores integrados por superficie no puede continuar, estoy convencido de que ésta se seguirá cumpliendo en su espíritu, en la de ofrecer al consumidor una tecnología que mejore continuamente sus prestaciones, gracias a la innovación y a las futuras tecnologías que se pongan en marcha, pues ya se está viendo que, a pesar de que los procesadores básicos no logran tener una mayor capacidad de procesamiento, se consiguen procesadores y dispositivos cada vez más y más potentes.

miércoles, 17 de febrero de 2016

LA TERRAFORMACIÓN DE MARTE

El documental “Terraformar Marte” (“Living on Mars”) de National Geographic realizado en 2009 hace un recorrido por los pasos que se deberían dar en los próximos siglos por parte del ser humano para poder acondicionar Marte a la vida humana y que pudiera ser habitable. Cuando lo vi me acordé de las pretensiones del famoso astrofísico estadounidense Carl Sagan, que en 1961 ya hablaba de la posibilidad de terraformar Venus mediante la eliminación de una gran parte de su atmósfera para eliminar el efecto invernadero descontrolado y corregir la presión, (91 veces mayor que la de la Tierra), la adaptación de su temperatura superficial (de unos 465ºC de media) y la adicción (o la extracción del propio planeta) de oxígeno. Indicó lo que había que realizar, pero no cómo se podría hacer, ya que en su momento no había tecnología lo suficientemente avanzada como para llevar a buen puerto dicho proyecto y, mucho me temo que aún no parece haberla. Es por ello que el objetivo de terraformación de algún planeta vecino ha puesto sus miras en Marte, más factible que Venus, y en dicho documental se hablaba de los distintos pasos futuros que habría que dar para lograr realizarlo.

Hay que recordar que Marte está situada a 80.477.400 Km de la Tierra, (unos 56 millones Km en el punto más cercano), más alejado del Sol. No tiene atmósfera y su temperatura media es de -32ºC. Su superficie es de 144.800.000 km² que es casi la misma que la superficie de tierra emergida habida en nuestro planeta, (aunque en el caso de la Tierra sólo sea el 28% de su superficie total), siendo en su totalidad un enorme desierto de rocas congeladas de hielo y polvo, habiendo sido así durante los últimos tres mil millones de años. Al no tener atmósfera, presenta una presión muy baja y una intensa radiación ultravioleta y cósmica que esteriliza la superficie. Las temperaturas varían de -127º en los polos a 27ºC cerca del ecuador pero su atmósfera de dióxido de carbono es tan fina que cuando el hielo se funde pasa a ser vapor directamente dejando la superficie seca.

Sin embargo, Marte no siempre ha sido hostil para la vida como lo es en la actualidad. Hace unos hace unos 3.500 millones de años fue más cálido que actualmente y tuvo una atmósfera lo suficiente densa para atrapar el calor del Sol (como un invernadero) creando la presión atmosférica suficiente para mantener agua líquida estable en la superficie, condiciones que podían haber sido favorables para la vida. Eso fue, cuando el Sistema Solar era joven, el núcleo de Marte estaba caliente y sus volcanes bombeaban dióxido de carbono a la atmósfera. Pero debido a que su masa es diez veces menor que la de la Tierra, se enfrió rápidamente, provocando que la actividad volcánica cesase, por lo que cesó el envío de dióxido de carbono a la atmósfera, provocando que su espesa atmósfera desapareciera gradualmente, ya que debido a su baja gravedad (3,7 m/s²) no pudo retenerla en cuanto ésta dejó de regenerarse. Al no tener gases invernadero para atrapar el calor del Sol, crear presión y bloquear las radiaciones, Marte se convirtió en un planeta helado, seco y estéril. Además, por su baja cantidad de masa, parece ser que no tiene placas tectónicas para reciclar los sedimentos y no tiene campo magnético para protegerse del viento solar.

Pero los restos de su atmósfera primitiva están presentes en su superficie en forma de hielo de dióxido de carbono y agua, y además gran parte del dióxido de carbono de su atmósfera reaccionó con el suelo para formar carbonatos. Esto es la clave, que Marte tenga el suficiente dióxido de carbono como para poder regenerar su atmósfera. Por lo tanto, para que un planeta tan hostil, como lo es éste en la actualidad, pueda alojar vida sería necesario un trabajo de ingeniería interplanetaria a una escala que actualmente se puede considerar inconcebible, más aun cuando todavía ningún ser humano ha pisado ese planeta.

El primer paso para hacer que Marte fuera habitable consistiría en calentarlo, porque ahora está demasiado frío, por lo que la solución más sencilla para llevarlo a cabo sería liberar gases de efecto invernadero. Como el suelo de Marte está formado por rocas pulverizadas y minerales y partiendo de que se cree que una gran parte de la superficie marciana está formada por carbonato mineral como el yeso y por minerales con una elevada acidez, como el ácido sulfúrico, al mezclar el polvo del suelo y los carbonatos junto con agua, se liberaría dióxido de carbono, por lo que añadiendo agua (extraída mediante el proceso de “cocinación” del suelo del planeta que tendría agua en forma de hielo) se podrá generar el dióxido de carbono suficiente como para comenzar a espesar la atmósfera de Marte. Este proceso debería estar en funcionamiento de forma constante para lograr que la atmósfera marciana fuera tomando grosor.

El segundo paso consistiría en forestar Marte para poder transformar esa recién creada atmósfera de dióxido de carbono en otra con mayor contenido de oxígeno. Para este paso de forestación se necesita nitrógeno y éste era parte de la mezcla de elementos de la antigua atmósfera marciana, (algo que se pudo confirmar a partir de las muestras obtenidas por el robot Curiosity), habiéndose convertido en compuestos minerales del suelo. Por ello, el suelo puede estar sembrado de microbios como las cianobacterias que pueden descomponer esos compuestos volviendo a poner en circulación el nitrógeno en las circunstancias adecuadas. De esta forma, se podrían exportar desde la Tierra, musgos y líquenes que serían los encargados de fertilizar el suelo, (unos 50 o 100 años después de iniciar el calentamiento), pues florecen con el dióxido de carbono y obtienen los nutrientes que necesitan de los microbios y la fotosíntesis, fabricando tierra y ayudando a crear más nutrientes, generando la base para poder plantar árboles. Esto se realizaría una vez que se logre alcanzar en algunas zonas temperaturas medias de 5ºC. A esas temperaturas, se pondrán plantar pinos de alta montaña, que son los más resistentes que conocemos en la Tierra y que pueden vivir con poco oxígeno y altas radiaciones, diseminando sus semillas a través del viento.

Se estima que, con la tecnología actual, los árboles tardarían 100.000 años en transformar el helado Marte y la recién creada atmósfera marciana de dióxido de carbono en un planeta verde y templado con suficiente oxígeno para los humanos, aunque si se pudieran desarrollar tecnologías no-biológicas para convertir el dióxido de carbono en oxígeno, Marte podría tener aire respirable mucho antes, quizá en unos 10.000 años.

Si finalmente se logra terraformar Marte, tal y como se vaticina en este documental, podrían terraformarse, en un futuro más remoto, la Luna, Venus (tal y como ya predijo Carl Sagan, por ser el planeta más parecido a la Tierra) o alguno de los satélites de Júpiter o Saturno, aunque para ello, se necesita tecnología que aún no hemos sido capaces de desarrollar.

Al fin y al cabo, tal y como ha dicho Stephen Hawking en varias ocasiones, el ser humano ha de buscar otro planeta donde vivir pues, a largo plazo, nuestra supervivencia puede depender de ello.

martes, 19 de enero de 2016

LA SENSIBILIDAD METEOROLÓGICA

Jugué al fútbol durante diez años en categorías regionales. De aquellas tardes de partido, aparte de buenos ratos, tuve dos pequeñas lesiones en la rodilla. La más importante me la produje en Tórtoles de Esgueva jugando con el equipo de Villalba, en la que acabé el partido con la rodilla inflamada como consecuencia de un mal giro que hice justo cuando pisaba uno de los numerosos hoyos que tenía el irregular y maltrecho campo de juego. Me produje un derrame articular, es decir, se me rompió la cápsula articular de la rodilla, por lo que el líquido de ésta se había salido, dejándome la rodilla como si estuviera tremendamente hinchada. La consecuencia de esta lesión fue estar más de dos meses sin jugar, lo que en la práctica me supuso casi el final de aquella temporada, aunque sí que pude disputar los últimos partidos.

El caso es que, exceptuando que me tuvieron que extraer el líquido de la rodilla dos veces y que acabaron inmovilizándomela para evitar una hipotética tercera extracción, me recuperé bien de aquello, y la rodilla no volvió a darme problemas. Eso sí, unos meses después, ya bien entrado el verano, en un día de bochorno matinal, la rodilla me empezó a molestar impidiéndome correr y dificultándome el andar con normalidad. Ese mismo día por la tarde, una tremenda tormenta de verano me pilló de vuelta a casa desde la facultad, donde estaba terminando mi proyecto de fin de carrera, mojándome más de lo normal debido a mis limitaciones físicas de ese día. Poco después, aún con la tormenta descargando agua a raudales en todo Valladolid, la rodilla dejó de dolerme. Acababa de descubrir que mi rodilla se había convertido en un instrumento de predicción meteorológica.

Así estuve unos años, aunque las molestias eran mucho menores que aquella primera vez, cada vez que iba a haber un brusco cambio de tiempo, mi rodilla me avisaba con unas horas de antelación, a veces incluso el día anterior, sabiendo de antemano cuando iba a llover sin la necesidad de tener que consultar la información meteorológica, debido a que los cambios bruscos de presión atmosférica suele generar dolores articulares, especialmente en aquellas articulaciones que presentan daño o que han sufrido algún daño reciente.

Este fenómeno que padeció mi rodilla durante unos cuatro años, se denomina sensibilidad meteorológica o meteorosensibilidad, y se produce cuando el organismo se resiente antes o durante los cambios de tiempo, siendo las condiciones atmosféricas que se alejan de los umbrales climáticos a los que estamos acostumbrados las que más nos trastornan. Así, como fue en mi caso, un descenso brusco de la presión atmosférica y la temperatura me provocó la presencia de dolor en una zona en donde había sufrido un traumatismo, aunque por ese mismo motivo, el descenso brusco de presión atmosférica, también se puede generar en personas meteorosensibles y de manera transitoria, dolencias en articulaciones, migrañas, variaciones en la glucemia, crisis epilépticas, insuficiencias respiratorias, alteraciones del sueño y sensación de ofuscamiento con pérdida de concentración, memoria y reflejos. Además, el 80% de las enfermedades cardiovasculares se dan cuando hay fuertes variaciones de la presión atmosférica y los infartos son más frecuentes al final del otoño, cuando la presión atmosférica es baja y la humedad es inferior al 60%, siendo menos frecuentes con tiempo cálido, seco y estable.

Igualmente, otros fenómenos meteorológicos están asociados a otros trastornos. La lluvia y la humedad generan mayor ansiedad y provocan dolores reumáticos y asma; los vientos secos pueden estar relacionados con el dolor de cabeza, la irritabilidad o la ansiedad y también con el aumento de los accidentes de tráfico, puesto que pueden alterar nuestra conducta (hasta tal punto que el foëhn suizo puede ser eximente en un juicio por asesinato); y los periodos largos con abundante nubosidad y falta de luz solar pueden afectar al estado de ánimo, incluso originar depresión. Además, se ha comprobado en los colegios que, horas antes de que se ponga a llover, los niños están más nerviosos de lo habitual. Todas estas alteraciones producidas por motivo de la meteorología afectan a casi la mitad de la población mundial.

Por cierto, la ciencia que se ocupa de los efectos nocivos provocados por las variaciones de los fenómenos meteorológicos sobre la salud humana, se denomina meteoropatología, que indica cualquier patología que se desencadena o se agrava ante unas condiciones meteorológicas concretas, o biometeorología médica.

Como ya he dicho, la rodilla me sirvió durante unos cuatro años como herramienta de predicción meteorológica, algo que me resultaba curioso y que me servía para vacilar un poco, sobre todo en verano, cuando la aparición de tormentas suele ser más impredecible salvo para mi rodilla por aquel entonces. Además, las molestias que solía padecer eran bastante llevaderas por lo que incluso me parecía algo divertido. Desde entonces, me puedo excluir de ese casi 50% de personas meteorosensibles, ya que los cambios de tiempo no me suelen afectar en casi nada. Sí, si llueve me mojo, el viento fuerte me suele molestar, y me cuesta adaptarme a los primeros fríos del invierno y a los primeros calores del verano, pero no como para que afecte a mi estado de ánimo o a mi físico de manera que me provoque alguno de los síntomas anteriormente relacionados.

martes, 15 de diciembre de 2015

LAS POSIBILIDADES DE CONTACTO EXTRATERRESTRE

Son muchas las veces que he hablado acerca de las posibilidades que puede haber de contactar con civilizaciones extraterrestres, la última hace apenas unas semanas. Reconozco que lo veo inviable, salvo que cambien radicalmente los fundamentos físicos por los que hasta la actualidad nos regimos, comenzando por la limitación de velocidad, es decir, que ninguna partícula puede moverse por encima de la velocidad de la luz.

Actualmente, se estima que existen 10.000 trillones de estrellas y 125.000 millones de galaxias, estimaciones que aumentan continuamente en función de los continuos descubrimientos. En nuestra galaxia (la Vía Láctea) habría unos 200.000 millones de estrellas. Partiendo de estos datos, las posibilidades de que haya vida en otros planetas del Universo son enormes. Y más aún si se consideran las más bajas estimaciones calculadas por un estudio de la PNAS (la revista científica que semanalmente publica la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos) que estimaría que al menos un 1% del total de estrellas del Universo serían de tipo solar y podrían ser orbitadas por un planeta similar a la Tierra (es decir, un planeta con temperatura y condiciones similares y con posibilidad de tener agua líquida y albergar potencialmente una vida similar a la de la Tierra). Esta estimación supondría que podría haber 100 trillones (un uno con veinte ceros) de planetas en el Universo similares a la Tierra. ¡Una barbaridad!

Pero también hay que tener en cuenta que nuestra aparición en el Universo es bastante reciente. Se estima que el Big Bang tuvo lugar hace unos 13.800 millones de años, mientras que la Tierra tiene unos 4.600 millones de años, por lo que nuestro planeta sólo ha existido durante un tercio de la historia del Universo. El origen de la vida en la Tierra podría tener 4.000 millones de años, (en forma de seres unicelulares). Los hongos pueden haber colonizado la Tierra hace 1.000 millones de años, las primeras plantas aparecieron hace unos 900 millones de años y salieron del agua hace unos 700 millones de años. Los primeros vertebrados fueron peces y aparecieron hace unos 530 millones de años, los primeros artrópodos salieron del agua hace unos 450 millones de años, los primeros tetrápodos evolucionaron a partir de los peces hace unos 375 millones de años, los primeros mamíferos aparecieron hace unos 180 millones de años, los primeros primates hace unos 63 millones de años y el primer homínido apareció hace unos dos millones de años. Nuestra civilización tiene 10.000 años por lo que ésta sólo ha existido durante el 0,0002% de la existencia de la Tierra y nuestro primer sistema de radiocomunicación tiene poco más de 100 años. Con estos datos y con los parámetros barajados, (siempre en función de cómo se ha desarrollado la vida en la Tierra), se podría estimar que existen más de un billón de civilizaciones en el Universo y también se puede decir que estamos recién llegados como para poder comenzar a comunicarnos con otras civilizaciones extraterrestres, si es que las hay.

Si partimos de que el Universo actual tendría una extensión estimada de 93.000 millones de años luz, (debido a la dilatación del espacio ya que la materia no puede moverse a una velocidad superior a la velocidad de la luz), sólo hemos podido avisar de nuestra presencia a una milmillonésima parte del Universo, ya que nuestras señales de radio sólo podrían haber llegado a planetas que distasen unos cien años luz de nosotros.

En un radio de 50 años luz con respecto a la Tierra hay unos 1.300 sistemas solares, que contienen alrededor de 1.800 estrellas, (unas ocho veces más en un radio de 100 años luz). Extrapolando los datos anteriores extraídos de la PNAS, debería haber al menos unos trece planetas con posibilidad de albergar vida en esa distancia, (justo la distancia necesaria para un establecimiento de comunicación, es decir, la distancia de ida y vuelta de una onda de radio), por lo que las posibilidades de que alguien conteste son reducidísimas, prácticamente nulas. Igualmente, hemos anunciado nuestra presencia en el Universo a unos 100 posibles planetas habitados, (los que se estima que podría haber en un radio de 100 años luz), que serán casi mil dentro de cien años. Partiendo de que en la Tierra sólo ha existido una civilización avanzada durante una cienmillonésima parte de la historia del Universo, se podría tomar ese dato como ponderación con respecto al resto de planetas que potencialmente pudieran contener vida para asumir que hasta dentro de unos 8700 años no tendremos un 50% de posibilidades de haber sido capaces de haber hecho llegar nuestras ondas de radio a alguna civilización extraterrestre avanzada, según la probabilidad de eventos independientes y con una distribución planetaria constante a lo largo de las proximidades del Sistema Solar.

Asumiendo que nuestras señales son de muy reciente creación para el resto del Universo, podríamos recibir señales de otras civilizaciones lejanas, (incluso de civilizaciones ya extinguidas), que estén viajando por el Universo. De eso se encarga el SETI (Search for Extraterrestial Intelligence, o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) que es una organización dedicada a prestar atención a las señales de vida inteligente. Si las estimaciones son ciertas y hay unas 100.000 civilizaciones inteligentes en nuestra galaxia y en torno a un billón en el Universo, e incluso si sólo una fracción de ellas está enviando, o han enviado en el pasado, ondas de radio, rayos láser u otros modos de intento de comunicación o contacto con otras civilizaciones, la colección de satélites del SETI debería estar captando este tipo de señales, pero sin embargo no lo ha hecho nunca, no ha recibido ni una sola señal de origen extraterrestre.

Y es que estamos recién llegados, la Tierra sólo ha existido durante un tercio de la historia del Universo, no hemos comenzado a emitir señales fuera de la Tierra hasta hace 100 años y hasta hace unos 40 años no hemos comenzado a escuchar lo que el Universo dice. Y si alguna vez llegase algo, seguramente vendría de tan lejos que sería imposible poder hacer llegar un mensaje de vuelta pues muy posiblemente el posible interlocutor ya no estuviese a la escucha. Además, cuando buscamos vida inteligente, se asume que un planeta que tiene las mismas condiciones de la Tierra va a ser capaz de generarla y, seguramente, muchos de ellos han sido incapaces o los que lo han sido no han podido evolucionarla.


Tampoco sabemos lo que durará la civilización en la Tierra, pero de momento nuestra civilización sólo ha sido capaz de comunicarse con el exterior durante una cienmillonésima parte del tiempo durante el que el Universo lleva existiendo. Nos hemos perdido todo lo que ahí fuera ha sucedido y para comunicarse no se trata sólo de llegar, sino de coincidir y de poder establecer la comunicación. Creo que jamás seremos capaces de comunicarnos con ninguna civilización extraterrestre, si es que existe alguna en este momento. Conformémonos con dar fe de que estuvimos, por si alguna vez hay alguien a la escucha.

martes, 17 de noviembre de 2015

LA ACEPTACIÓN DEL FRACASO

Siempre digo que la fortaleza mental que actualmente pueda tener la he adquirido a base de superar ciertas duras pruebas con las que me he encontrado en la vida y de las que no he salido malparado, así como de superar innumerables fracasos de mayor o menor magnitud. En definitiva, es lo que casi todos nos hemos ido encontrando en las diferentes circunstancias vividas y que cada uno ha digerido de una u otra manera. Es la puesta en práctica de la célebre frase “lo que no te mata te hace más fuerte” atribuida erróneamente al filósofo alemán Friedrich Nietzsche, puesto que lo que él dijo exactamente fue prácticamente lo contrario: “Lo que no te mata te hiere de gravedad y te deja tan apaleado que luego aceptas cualquier maltrato y te dices a ti mismo que eso te fortalece".

Un día escuché en la radio que se estima que más del 90% de los productos que se intentan colocar en el mercado fracasan y que más de un 99% de los inventos o ideas novedosas no logran ver la luz, (datos que comprobé posteriormente), por lo que fracasar no es una excepción si no que es lo normal. Es por ello que habría que aprender a convivir con más naturalidad con la posibilidad de fracasar ya que el fracaso es una parte vital del aprendizaje.

Con el fracaso solemos hacer de todo menos aceptarlo y lo que habría que hacer es aprender a llevar con naturalidad la posibilidad de fracasar. Las principales tendencias de sociólogos y psicólogos entienden el fracaso como un paso necesario hacia el futuro éxito, por lo que habría que aceptarlo desde una postura positiva. Las frustraciones experimentadas a lo largo de la vida deberían ser igualmente valoradas que los logros y aceptadas positivamente como si se trataran de conquistas personales, puesto que el enfoque psicopedagógico concluye que la aceptación de los fracasos es, en realidad, la clave para alcanzar éxitos en el futuro.

Como anécdota cabe destacar que el inventor estadounidense Thomas Edison logró fabricar la primera bombilla de larga duración tras realizar más de mil intentos. Se dice que poco antes de llegar al final uno de los discípulos que colaboraba con él en el taller le preguntó si no se desanimaba ante tantos fracasos, ante lo que Edison le respondió que él no había fracasado sino que en cada intento había descubierto un motivo por el cual una bombilla no funcionaba, por lo que ya sabía mil maneras de no hacer una bombilla. Por cierto, Thomas Edison no inventó la bombilla, fue el científico inglés Humphry Davy quien construyó la primera fuente de iluminación eléctrica basada en filamentos incandescentes. Eso sí, Edison la desarrolló y perfeccionó hasta conseguir la primera bombilla de larga duración y comercialmente rentable.

El psicólogo estadounidense de origen israelí Daniel Kahneman, (premio Nobel de Economía en 2002 por haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre), asegura que “el dolor del fracaso es dos veces más intenso que la felicidad que sentimos al ganar”. Es por ello que nos da tanto miedo perder o fracasar, a pesar de que fracasar forma parte del proceso natural de desarrollo de las personas, pues ya fracasamos en todos nuestros primeros intentos, ya sea de andar, de hablar o de la gran mayoría de acciones que realizamos por primera vez. Es decir, fracasamos continuamente hasta que los errores que cometemos nos enseñan cómo hacer bien las cosas.

Estudios psicológicos explican que hay dos enfoques básicos para afrontar el fracaso según sea la creencia implícita sobre el talento por parte del individuo que ha fracasado en algo. Así hay un enfoque fijo, que cree que el talento o las habilidades son innatas, y un enfoque incremental, que cree que el talento es fruto del tesón y se desarrolla gracias a los retos y al esfuerzo por mejorar. Quienes creen en el enfoque fijo son personas que se enfrentan a los retos como una oportunidad para mostrar su talento innato así que el fracaso significa para ellos que tienen no tienen suficiente talento, mientras que quienes creen en el enfoque incremental son personas para las que los fracasos no son una humillación sino la prueba de que se están esforzando para depurar sus limitaciones actuales y el fracaso es una estrategia que utilizan para fortalecerse y mejorar. Los primeros se rendirían fácilmente ante los obstáculos y considerarían el esfuerzo innecesario, pues consideran estar carentes de talento, mientras que los segundos aceptarían desafíos, persistirían ante obstáculos y asumirían el esfuerzo como aprendizaje, pues si no fracasan no mejoran.

Reconozco que para lograr lo que se quiere, sea lo que sea, hay que perder el miedo al fracaso, algo a lo que creo que no tengo miedo, aunque también creo que siempre hay que tener en cuenta el coste que puede suponer el fracasar en el intento, ya que si el coste es inasumible o muy poco asumible, intentarlo podría ser como jugar a la ruleta rusa. Es por ello que creo estar más encasillado dentro del grupo del enfoque fijo como forma de abordar el fracaso, pues para los objetivos que no me siento apto o con el talento necesario para lograrlo, desisto por falta de capacitación, aunque como todos, en mayor o menor medida, he utilizado el enfoque incremental en determinadas circunstancias y gracias a ello he conseguido algún que otro objetivo que en un principio pensaba que no iba lograr. Al fin y al cabo, como casi todo el mundo, he fracasado en muchos de los objetivos que me he marcado.


Del escritor irlandés Samuel Beckett, (Premio Nobel de Literatura en 1969), es la frase “Inténtalo de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor”, pues consideraba que el fracaso es una fuente de información y conocimientos inagotable. No hay más que ponerse a analizar la vida de los personajes más exitosos que ha dado la historia universal para comprobar que en su vida no todo fueron éxitos, sino que coleccionaron numerosos fracasos. Así que, aquí estoy, dispuesto a afrontar un nuevo fracaso, pues, como siempre se ha dicho, de los errores se aprende.

martes, 20 de octubre de 2015

EL EFECTO DUNNING-KRUGER

Hace unos años tuve un compañero de trabajo con el que tenía un trato bastante bueno, pero que a partir de ciertos celos profesionales con respecto a otro de nuestros compañeros, comenzó a comportarse de una forma hostil hacia ambos. Esto desembocó en una gran desidia laboral por su parte, lo que provocaba que una buena parte de su carga laboral recayera sobre nosotros dos, lo que desembocó en un conflicto entre todos.

El motivo de dicho conflicto vino dado porque, a pesar de que acababa de ser promocionado, consideraba que su categoría era aún inferior con respecto a su valía profesional y que debería tener la misma categoría que nuestro otro compañero ya que, según él, realizaban las mismas tareas. Esa premisa no era cierta, ya que aparte de tener una formación y una capacidad profesional muy inferior, en cuanto se le asignaba alguna tarea de cierta complejidad, necesitaba ayuda por nuestra parte para resolverla. Eso sin contar con que en la mayoría de las tareas complejas que realizaba las llevaba a cabo a partir de los manuales realizados por nosotros dos, ya que él no tenía capacidad para afrontar tareas de investigación de nuevos productos o desarrollos y se solía auto-descartar ante la posibilidad de realizarlo.

Para resolver dicho conflicto le pedí que lo solucionásemos con nuestro superior que, al ser conocedor del tema, se mostró abierto a realizarle una mejora salarial, todo ello condicionado a que cesaran los conflictos y a que su desempeño laboral volviera a ser bueno. Aún así, el conflicto no se solucionó al rechazar mi compañero dicha mejora por considerarla insuficiente.

Nunca antes había vivido tan de cerca y de manera tan intensa un comportamiento como éste, aunque sí que me había encontrado en ciertas conversaciones a mucha gente que se pensaba que sabía mucho acerca de algún tema del que apenas tenía unas nociones básicas. Se trata de un efecto psicológico, relativamente común, por el que se distorsiona lo percibido a partir de la información de la que se dispone, por lo que personas con escaso conocimiento acerca de un tema o materia concreta, tienden sistemáticamente a pensar que saben mucho más de lo que saben. Es el denominado efecto Dunning-Kruger.

El efecto Dunning-Kruger, llamado así por ser postulado en 1999 por los profesores David Dunning y Justin Kruger del departamento de Psicología de la Universidad de Cornell (Nueva York), es un sesgo cognitivo por el que los individuos con escasa habilidad o conocimientos en campos o materias con la que se sienten familiarizados, o que son de dominio universal, padecen de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes o aptos que otras personas más preparadas, al medir incorrectamente su habilidad situándola por encima de la real. Este sesgo se produce debido a una incapacidad del sujeto para reconocer su propia ineptitud. Sin embargo, los individuos altamente cualificados tienden a subestimar su competencia relativa, asumiendo erróneamente que las tareas que son fáciles para ellos también lo son para los demás.

Para llegar a esta conclusión, ambos profesores investigaron cierto número de estudios previos sobre comprensión lectora, conducción de vehículos de motor y diversos juegos y realizaron otros de razonamiento lógico, gramática y humor. En ellos, examinaron las autovaloraciones de los participantes y su estimación sobre la posición obtenida en la clasificación del grupo tras haberles mostrado las puntuaciones de sus pruebas. Mientras que el grupo de los más competentes estimaba bastante bien su clasificación o incluso la subestimaban, los incompetentes sobreestimaban su posición. Comprobaron que cuanto más incompetente era el sujeto, menos notaba su incompetencia y que, cuanto más competente era, más subvaloraba su competencia. Esta percepción se debe a que las habilidades necesarias para hacer algo bien, son justamente las habilidades necesarias para poder evaluar correctamente cómo se está realizando, mientras que los sujetos que se subvaloran, lo hacen debido al efecto de falso consenso por el que se cree que esas tareas de dominio universal son realizadas de igual manera por todo el mundo, asumiendo que sus capacidades están en la media, cuando en realidad, son superiores.

A partir de estos estudios expusieron que en una habilidad típica que los humanos poseen en mayor o menor grado los individuos incompetentes tienden a sobrestimar su propia habilidad, son incapaces de reconocer la habilidad de otros y son incapaces de reconocer su extrema insuficiencia. Si estos individuos pueden ser entrenados para mejorar sustancialmente su propio nivel de habilidad, podrán llegar a reconocer y aceptar su falta de habilidades previa. Y concluyeron que la mala medición del incompetente se debe a un error sobre sí mismo, mientras que la mala medición del competente se debe a un error acerca de los demás. Todo un alegato a Charles Darwin cuando enunció que “la ignorancia suele proporcionar más confianza que el conocimiento”.

Analizando estos resultados y estudios, la base esencial de este comportamiento, donde el incompetente se ve a sí mismo como competente, estaría sujeto en una falta de realismo sobre la competencia y habilidades de uno mismo, un efecto de superioridad ilusorio que se debe mantener a toda costa debido a una baja autoestima que obliga a crear estas ilusiones con el objeto de auto-protegerse y a una inhabilidad para no ver su falta de competencia. En el caso de llegar a verla, sería como atentar a su propia confianza. Como esto lo que deben evitar, lo que en un principio surge para proteger su baja autoestima, se acaba convirtiendo en una auténtica coraza que ellos mismos se creen con total naturalidad, creando una falta de realismo sobre la propia incompetencia.

Por lo tanto, antes de sentenciar acerca de un tema y de creerse un sabio en cualquier materia, habrá que recordar que, por improbable que nos pueda parecer, cualquiera de nosotros podría andar por ahí, felizmente, ajeno a su propia ignorancia. No hay más que recordar aquel aforismo atribuido al filósofo cínico Diógenes: “Cuanto más sé, más grande veo mi ignorancia”. Es algo de lo que casi todos, en algún momento de la vida, nos hemos percatado, de que según hemos ido teniendo un mayor conocimiento de algún tema en concreto más lejos nos hemos visto de poder dominar completamente esa materia.

lunes, 21 de septiembre de 2015

LA TEORÍA DEL COLOR

De mi primer año de Bachillerato tengo muchos recuerdos de la asignatura de Dibujo (Pretecnología) que nos daba una profesora bajita y algo encorvada de la que no recuerdo su nombre y a la que cruelmente apodamos “la doble” debido a su estatura y en alusiones a una regla de 20 centímetros (el doble decímetro) al que ella hacía alusión como prioritario para el desarrollo de la asignatura.

Recuerdo que realizamos muchas actividades de pintura y muy variadas, sobre todo con témperas, y también hicimos esculturas en barro ya al final del curso. Aunque no obtuve buenas notas en dicha asignatura, (tampoco malas), disfruté mucho de su asignatura, a pesar de que pintar con témperas me frustraba un poco ya que era algo torpe obteniendo colores secundarios o terciarios.

Esta frustración me venía provocada debido a que la metodología que utilizábamos para la consecución de colores secundarios o terciarios estaba basado en el famoso círculo cromático proveniente de la antigua Academia Francesa de Pintura basado en tres colores primarios (azul, amarillo y rojo), tres secundarios (verde, naranja y morado) y los distintos colores terciarios, junto con el blanco y el negro. Así, si mezclaba el azul con el rojo, en lugar de obtener el deseado color morado, obtenía un color gris oscuro, que en muy poco se parecía al morado que buscaba, que sí que lo hubiera conseguido si hubiese mezclado el azul claro con el rosa (o el magenta). Lo curioso es que esta metodología es correcta y mezclando pigmentos que reflejen estos colores pueden obtenerse todos los demás tonos.

Mediante esta citada metodología se obtienen los denominados colores pigmento o colores sustractivos, que son los colores basados en la luz reflejada de los pigmentos aplicados a las superficies u objetos, (ya que los objetos son del color del espectro de luz que reflejan, siendo el resto de espectros absorbidos por el objeto). Aunque originalmente estos colores eran el rojo, el azul y el amarillo, (modelo RYB), en la actualidad los colores empleados como primarios son el magenta, (rojo púrpura), el cian (azul claro) y el amarillo, siendo éstos los colores básicos de las tintas que se usan en la mayoría de los sistemas de impresión, motivo por el cual estos colores han desplazado en la consideración de colores primarios a los tradicionales. Es el denominado modelo CMY.

El blanco y el negro son llamados colores acromáticos, ya que los percibimos como "no colores". La mezcla de los tres colores primarios pigmento en teoría debería producir el negro, el color más oscuro y de menor cantidad de luz, por lo cual esta mezcla es conocida como síntesis sustractiva. En la práctica, el color así obtenido no es lo bastante intenso, motivo por el cual se le agrega negro pigmento. El blanco también se obtiene por pigmentación.

Sin embargo, los colores producidos por luces, (cine, televisión, pantallas, etc.), tienen como colores primarios, el rojo, el verde y el azul, (modelo RGB). La fusión de éstos crea y compone la luz blanca y con su ausencia se obtendría el negro. A esta mezcla se le denomina síntesis aditiva y las mezclas parciales de estas luces dan origen a la mayoría de los colores del espectro visible.


Modelo CMY y modelo RGB

Según los dos modelos ideales, ambos esquemas de color tienen una clara correspondencia, pues los colores secundarios del modelo RGB (basado en la luz) son los colores primarios del modelo CMY (basado en los pigmentos), y viceversa. Esto sería sobre la teoría, ya que en la realidad es casi imposible obtener pigmentos y luces totalmente puros. Cualquier mezcla, sin importar que sea sustractiva o aditiva, se convierte en una interferencia que será percibida como una falsa tonalidad por el ojo, y no un cambio real en la frecuencia de la luz.

Fue el científico inglés Isaac Newton quien en el siglo XVII tuvo las primeras evidencias de que el color no existe, al comprobar que la luz blanca se descomponía al pasar por un prisma de cristal en seis espectros de color según sus diferentes longitudes de onda, (rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado). Así pudo establecer que la luz blanca, presente en todas partes, está formada por "trozos" de luz de seis colores, y que cuando esa luz choca contra algún cuerpo, éste absorbe alguno de dichos trozos y refleja otros, por lo que los colores reflejados por el objeto son los que conformarán el color del objeto, (en función de la mezcla de los colores que refleje), según lo percibimos con nuestro sentido de la vista.

Aunque, en su momento, mi principal escollo creía que era la obtención de los colores exactos que quería plasmar en las pinturas, con el tiempo me he dado cuenta de que el problema es que mis habilidades para la pintura no son capaces de obtener las formas exactas y si lo logran no consiguen obtener el exacto color de los reflejos de luz. Pintar una fruta o una estela sobre una superficie líquida y que parezcan reales es algo que ya no me propongo desde hace tiempo por considerarme inepto para dicho menester.

Afortunadamente para mí, la pintura realista ha perdido muchos enteros en pos de la fotografía artística y la pintura no realista tiene una gran cantidad de géneros mediante el cual expresar, por ejemplo, lo torpe que es uno plasmando imágenes reales.