martes, 24 de junio de 2014

LOS INVENTOS ESPAÑOLES

En la anterior entrada, en la que hablaba acerca de una ilusión de juventud, hice mención a que mis amigos y yo considerábamos que los inventos españoles más conocidos del siglo XX, (el chupachús, la fregona y el futbolín), consistían en poner un palo a algo, (un caramelo, un trapo o unos muñecos). Sin embargo, a lo largo de historia, siglo XX incluidos, han habido otros inventos españoles que son mucho más sofisticados e ingeniosos.

Por cierto, el chupachús fue inventado por el asturiano Enric Bernat a mediados de los 50. La idea de ponerle un palo al caramelo le surgió al comprobar que los caramelos son mayoritariamente consumidos por niños y que éstos acostumbran a sacárselo continuamente de la boca con la mano, por lo que añadirle un palo facilitaba esta operación. La fregona fue patentada en España en 1964 por el aragonés de origen riojano Manuel Jalón que, durante una estancia en Estados Unidos, observó cómo los hangares se fregaban con una mopa plana y un cubo con rodillos y al volver a España decidió fabricar su propia versión de lo que había visto. Más tarde también patentaría la aguja hipodérmica desechable. Y el futbolín fue inventado por el gallego Alejandro Campos durante la Guerra Civil en 1937, mientras sanaba en un hospital de Barcelona de sus heridas provocadas por un bombardeo en Madrid, para suplir el que los heridos no pudiesen jugar al fútbol. También inventó y patentó un pasahojas de partituras accionadas por el pie, pero al exiliarse se perdieron los registros de ambas patentes, aunque sí que pudo patentar el pasahojas en Francia y comercializar el futbolín en Guatemala. Cabe destacar que cuando inventó el futbolín ya existía una versión similar en Europa denominado fútbol de mesa aunque era desconocida en España.

En cuanto al resto de inventos creados por españoles, cabe destacar unos cuantos:

El submarino tiene un origen muy español. En 1859, el catalán Narciso Monturiol construyó el Ictíneo, considerado el primer submarino propulsado, que utilizaba propulsión independiente de aire o anaeróbica por vapor y, en 1888, el murciano Isaac Peral diseñó el prototipo de un submarino de propulsión eléctrica que pasó a ser el primer submarino torpedero.

En 1923, el murciano Juan de la Cierva y Codorníu diseñó una aeronave de ala giratoria denominado autogiro o girocóptero que incorporaba un rotor articulado, pieza fundamental para la construcción de helicópteros. Al año siguiente, el madrileño Federico Cantero Villamil, diseñó la denominada “libélula española”, considerado uno de los primeros helicópteros, (diez años antes de que el ingeniero soviético Igor Sikorsky se atribuyera la invención del helicóptero). Curiosamente, Juan de la Cierva y Hoces, sobrino de Juan de la Cierva y Codorníu, inventó un estabilizador óptico utilizado para eliminar los efectos de movimiento, vibraciones y desenfoque de las cámaras denominado Dynalens, por el que obtuvo el Óscar cinematográfico a la mejor contribución técnica a la industria cinematográfica en 1.969.

El primer tren articulado también fue español. En 1942 nació el Talgo, (Tren articulado ligero Goicoechea Oriol), desarrollado por los vizcaínos Alejandro Goicoechea y José Luis Oriol.

El inventor del primer laringoscopio fue el maestro de canto operístico madrileño Manuel Vicente García en 1.855. Posteriormente, sería introducido en la práctica médica por el médico alemán Johann Czermak, que lo mejoraría.

A finales del siglo XIX, el arquitecto e ingeniero vizcaíno Alberto Palacio diseñó el primer puente transbordador. Junto a Ferdinand Arnodin construyó uno veintena de ellos por todo el mundo, destacando el Puente Colgante de Vizcaya que une las localidades de Guecho y Portugalete, construido en 1893 y considerado el más antiguo del mundo. Aún está en funcionando y fue declarado en 2006, Patrimonio de la humanidad de la UNESCO.

Incluso el traje espacial tiene un origen muy español, ya que en 1.935 el ingeniero militar español Emilio Herrera diseñó en 1935 la escafandra estratonáutica, considerado como el primer traje espacial y que inspiraría posteriormente a los utilizados en la carrera espacial.

Pero, sin duda, para mí el gran inventor español fue el ingeniero cántabro Leonardo Torres Quevedo. En 1902 perfeccionó el dirigible construyendo tres años después el primer dirigible español que incluía estas novedades, en 1903 inventó el Telekino, (considerado el primer mando a distancia), en 1.912 el “Ajedrecista”, un autómata considerado el primer videojuego de la historia. También inventó el puntero láser, mejoró el proyector de diapositivas y diseñó una máquina calculadora capaz de almacenar dígitos decimales, realizar operaciones binarias y comparar cantidades, (precursora de las modernas calculadores científicas electrónicas), aunque por lo que más fue destacó fue por la construcción de varios transbordadores, funiculares o teleféricos, destacando el transbordador aéreo Niagara Spanish Aerocar que atraviesa las cataratas del Niágara y el tranvía aéreo del monte Ulía en San Sebastián.

Hay otros inventos españoles de origen desconocido o no personificado. La bota, el botijo o el porrón son de uso casi exclusivo nuestro por lo que serían inventos no exportados. El galeón o el arcabuz (una antigua arma de fuego) parecen tener sus orígenes en la Corona de Castilla, al igual que el cabrestante, que es un dispositivo mecánico consistente en un rodillo o cilindro giratorio que, impulsado manualmente o a través de un motor, levanta o desplaza grandes objetos o cargas con un cable. Aunque de esta categoría habría que destacar el cigarrillo, pues los primeros cigarrillos de papel manufacturados y empaquetados se comercializaron en España en torno a 1825. El origen parece estar en los mendigos sevillanos que durante más de un siglo aprovecharían los desechos de las hojas de tabaco, triturando los desperdicios y liándolos en finas hojas de papel de arroz, hasta popularizarlo.

Igualmente hubo otros más genéricos que se han podido llegar a considerar como tal, aunque se trata de productos comercializados en exclusiva en España y que eran similares a otros existentes en otros países, como la grapadora, el sismógrafo o el afilalápices. En esta categoría también deberían estar incluidos la fregona o el futbolín, a pesar de ser considerados inventos españoles.

También hubo ideas parecidas al Red Bull, (al que también hago referencias en la entrada anterior), como la Juanola, el Ceregumil o el Ciripolen, pero se quedaron en productos no exportados al mundo.

En definitiva, que aunque este país nunca se haya destacado por estar a la vanguardia del I+D+i sino más bien a la retaguardia, esto no ha evitado que mentes brillantes hayan desarrollado su ingenio para aportarle algo al mundo.


lunes, 9 de junio de 2014

LA IDEA DEFINITIVA

Con Marcos he compartido gran parte de mi vida, pues somos amigos desde que éramos niños. Fuimos juntos a la misma clase en el colegio durante seis años, fuimos al mismo instituto, coincidiendo en la misma clase durante un curso, vivimos en el mismo piso compartido durante el período universitario y hemos seguido compartiendo muchos momentos desde entonces.

Hace no mucho tiempo le recordé una de sus famosas frases que decía: “Muy mal se nos tiene que dar para no retirarnos a los 40”. Esta frase la repitió constantemente cuando ideábamos nuestros proyectos de futuro en la época universitaria. En la ideación de estos proyectos solíamos contar con Jorge y con Jesús, que eran los que tenían una mentalidad más emprendedora por aquel entonces y con los que pasábamos buenos ratos mientras comentábamos las posibilidades que se podían llevar a cabo en el mundo real.

Barajábamos distintas ideas, alternativas al proyecto profesional en ciernes de cada uno, pero como el fundamento era profesional, buscábamos ideas para proyectos que pudieran ser bastante rentables y así poder llevar a cabo la frase de Marcos, que se había convertido en nuestro lema. Recuerdo que un día Jorge introdujo una alternativa a los campos que tocábamos y comenzó a hablar acerca de sencillos inventos que habían reportado beneficios exagerados a quien los había llevado a cabo. Uno era el del velcro, inventado por el ingeniero suizo George de Mestral en la década de los 40. Para su creación se inspiró en los frutos de algunos cardos Arctium, (conocidos popularmente como  arrancamoños, abrojos o cadillos), que se enganchaban constantemente a su ropa y al pelo de su perro. Al examinar el material de estos frutos a través de un microscopio consiguió distinguir distintos filamentos entrelazados terminados en pequeños ganchos, que poseían una gran adherencia a los tejidos. Acabó patentando la idea en 1951, denominándola velcro, como acrónimo de velours-crochet, (terciopelo-ganchillo). La otra idea fue la del limpiaparabrisas intermitente, inventado y patentado en 1964 por el ingeniero estadounidense Robert Kearns y que fue copiado por los fabricantes automovilísticos Ford, General Motors, Mercedes y Chrysler. En la década de los 90  Robert Kearns fue fuertemente indemnizado por Ford y Chrysler como compensación por la violación de la patente, tras largos procesos judiciales, lo que inspiró a Jorge a hablar de dicho invento. Por cierto, el limpiaparabrisas fue inventado por la estadounidense Mary Anderson a principios del siglo XX, patentándolo en 1905 e inspirándose en las continuas paradas que tenían que hacer los conductores de los tranvías para salir a limpiar la suciedad, el agua y el hielo que se impregnaban en los parabrisas, aunque no utilizó su creación para obtener beneficios lucrativos.

Partiendo de esto y de nuestra nacionalidad, comenzamos a considerar esta opción, pues algunos de los inventos españoles más conocidos son el chupachús, la fregona o el futbolín, que, de manera simplista, decíamos que los inventos españoles consistían en poner un palo a algo, (un caramelo, un trapo o unos muñecos). Eso conjugaba perfectamente con nuestra filosofía del proyecto, algo sencillo y potencialmente lucrativo de una manera considerablemente rápida y que nos retirase de la vida productiva para pasar a otra más contemplativa u ociosa.

Había muchos inventos que nos servían de referencia. En muchos casos, la persona que había triunfado lo había conseguido gracias a ser pionero en un campo concreto, como era el caso más conocido, el de Bill Gates, a partir de introducir un sistema operativo para equipos personales y apostar, (al igual que su principal competidor, Steve Jobs), por el ordenador personal como opción de futuro en lugar de los terminales conectados a servidores centrales. En otros casos, la idea había surgida de forma casual, ante una necesidad surgida o ante una utilidad novedosa descubierta que no estaba cubierta por ninguno de los productos disponibles en el mercado.

Evidentemente, tras muchas propuestas de ideas o de posibles negocios innovadores que nos pudiesen lanzar hacia una vida laboral breve y resolutiva, desistimos en el intento al no acabar encontrando una idea convincente y al enteramos de que menos del 1% de las ideas de productos nuevos acaban triunfando y que, por lo general, la casualidad no es tanta, ya que las grandes ideas tenían que caer en las manos adecuadas para poder llegar a ser desarrolladas y reconocidas. Para nosotros, era demasiado esfuerzo para tan pocas opciones de éxito, aunque nos divertimos mucho en el intento.

Lo más curioso es que una idea muy similar a la que buscábamos estaba delante de nuestras narices y no sospechábamos que pudiera ser algo tan revolucionario como para acaparar un sector del mercado que no suponíamos con tanto futuro. Esa idea era el Red Bull. Es sin duda, el invento más lucrativo, en función de su simplicidad, de las últimas décadas. En España existieron otros productos que nos hubiesen valido, como el Ceregumil o el Ciripolen, pero el producto que idearon el austriaco Dietrich Mateschitz y el tailandés Chaleo Yoovidhya, a partir de una bebida tailandesa denominada Krating Daeng era la idea que buscábamos. Sólo consistía en copiar y adaptar algo ya existente y darlo a conocer al mundo. La pena es que en el momento en el que maquinábamos ideas ya estaba inventado aunque apenas había desembarcado en España. Pero ese era el concepto de idea que andábamos buscando Jorge, Marcos y yo, algo parecido al Red Bull, y ni nos habíamos percatado de su potencialidad de triunfo,  aunque de esa falta de capacidad sí que éramos conscientes.

Posteriormente surgieron otras ideas más o menos complejas que también han sido enormemente lucrativas. Algunas, como Amazon o Dell ya existían, otras como PayPal, Google, Youtube o Facebook estaban por venir. Tampoco teníamos una ambición tan desorbitada, pero son historias de éxito parecidas a las que buscábamos, aunque las expuestas sean en términos superlativos.

Recuerdo cuando le conté a Mayka acerca de esto. Me contó que su hermano y ella habían pensado en una toalla playera que llevase incorporado un anclaje en cada punta para poderlo clavar en la playa. Como de esto hace ya bastante tiempo y creo que no parece que lo vayan a desarrollar, ahí dejo una idea para quien quiera comercializarla.


lunes, 26 de mayo de 2014

LA CUENCA DEL DUERO

Cuando estudiábamos los principales ríos de España, los afluentes del Duero que debíamos estudiarnos eran el Pisuerga y el Esla por el norte o margen derecho y el Adaja y el Tormes por el sur o margen izquierdo. Pensaba que no era muy útil saberse los afluentes de los ríos ya que sólo se estudiaban unos pocos, pues todos los afluentes del Duero que conocía, (a excepción del Pisuerga), no estaban incluidos en la lista y que algo parecido debería suceder con el resto. Además, en el caso particular del Duero se ignoraba su parte portuguesa.

Yo, en mi Aranda natal, veía como el casco antiguo estaba bordeado por los ríos Arandilla y Bañuelos que desembocan en el Duero en el misma casco urbano y que ahora bañan entre los dos a cuatro de los parques de la ciudad. Igualmente, en las localidades próximas de Peñafiel o Roa, los ríos Duratón y Riaza mueren en el Duero tras haber creado unas preciosas hoces en la provincia de Segovia. Incluso por el pueblo de mis padres, Curiel, pasaba el arroyo Horcajo que moría en el Duero tras emerger del subsuelo en forma de manantial unos cuatro kilómetros antes. Ahora, dicho manantial abastece de agua potable al pueblo.

Para mí el Duero es el río al que tengo asociada mi vida. Siendo natural de Aranda de Duero y siendo mis padres de un pueblecito llamado Curiel de Duero que dista 44 kilómetros por carretera de Aranda, (lugar en el que pasé casi media vida, hasta los 20 años), siempre he estado acompañado por el transcurrir de sus aguas. He visto las Fuentes del Duero, sitas en la falda sur del Pico Urbión, que pertenece al Sistema Ibérico y al término municipal de Duruelo de la Sierra (Soria), donde nace a unos 2.160 metros sobre el nivel del mar. Lo he visto en su transcurso por Soria, Almazán o San Esteban de Gormaz. Siempre me ha acompañado en mis estancias en Aranda o en los incontables viajes a Curiel o a Valladolid. Y lo he vuelto a ver transcurriendo por Tordesillas, Toro o Zamora, entre otras localidades. Aún no lo he visitado cuando se convierte en río Douro al atravesar la frontera y pasar a tierras portuguesas para ir a morir al Océano Atlántico formando previamente un bonito estuario en Oporto.

El río Duero tiene 897 km de largo, de los que 572 recorren territorio español y 213 tierras portuguesas, siendo navegable en este tramo. Durante 112 km hace de frontera entre ambos países, en un espacio en el que el cauce del río se hace estrecho y profundo, formando los denominados Arribes del Duero.

Posee la mayor cuenca hidrográfica de la península ibérica, al ocupar 98.073 km², de los que 78.859 km² corresponden al territorio español y 19.214 km² al portugués. El 98% de la superficie de la cuenca española es castellanoleonesa, siendo el resto gallega, aunque también abarca mínimamente las comunidades autónomas de Cantabria, La Rioja, Castilla-La Mancha, Extremadura y Madrid. Es el río de mayor caudal absoluto de la península ibérica con un caudal medio de 675 m³/s y un caudal absoluto de 13.660 hm³/año y con sus 897 kilómetros de longitud, es el tercer río más largo de la península, tras el Tajo y el Ebro, discurriendo por las provincias españolas de Soria, Burgos, Valladolid, Zamora y Salamanca, y por los distritos portugueses de Braganza, Guarda, Vila Real, Viseu, Oporto y Aveiro y bañando las denominaciones de origen vinícolas españolas de Ribera del Duero, Arlanza, Cigales, Rueda, Toro, Tierra de León, Tierra de Zamora y Arribes del Duero y otras seis denominaciones portuguesas, entre las que destaca la de Oporto.

Tiene una tupida red de afluentes que recoge aguas de la Cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico y el Sistema Central, todos ellos responsables de su elevado caudal. Por el margen izquierdo o sur recibe las aguas de los ríos Tera, Rituerto, Escalote, Talegones, Mome, Riaza, Duratón, Cega, Adaja, Zapardiel, Trabancos, Guareña, Tormes, Uces, Froya, Huebra y Águeda en la parte española y Aguiar, Côa, Teja, Torto, Távora, Varosa, Cabrum, Bestança, Paiva y Arda en la parte portuguesa, mientras que por el margen derecho o norte recibe las aguas de los ríos Izana, Ucero, Arandilla, Bañuelos, Gromejón, Jaramiel, Pisuerga, Valderaduey, Hornija y Esla, en la parte española y Sabor, Tua, Corgo, Támega y Sousa en la parte portuguesa.

Los afluentes más importantes son, sin duda, el Esla y el Pisuerga, ambos provenientes de la Cordillera Cantábrica. El Pisuerga, con unos 288 kilómetros de longitud y un caudal absoluto de 2.516 hm³/año, nace en el glaciar Covarrés, al norte de la provincia de Palencia, y atraviesa las ciudades de Aguilar de Campóo, Venta de Baños, Valladolid y Simancas para desembocar en el Duero a unos seis kilómetros de dicha localidad. Sus afluentes son el Esgueva (que se le une en Valladolid tras transcurrir 127 kilómetros por el valle que lleva su nombre), el Carrión (que pasa por Palencia en sus 197 kilómetros de recorrido y que tiene un caudal de 579 hm³/año), el Arlanza (de 172 kilómetros y un caudal de 936 hm³/año), el Valdavia (de 79 kilómetros y un caudal de 163 hm³/año), el Odra y el Burejo. Cabe destacar que en su desembocadura el Pisuerga tiene un caudal ligeramente superior al del Duero (2.001 hm³/año), de ahí el famoso dicho que dice “el Pisuerga lleva el agua y el Duero la fama”. El Esla, el más caudaloso de sus afluentes, tiene unos 288 kilómetros de longitud, (aproximadamente unos cien metros más que el Pisuerga), y un caudal absoluto de 5.266 hm³/año. Nace en la Fuente del Naranco (al norte de la provincia de León), crea los embalses de Riaño y Ricobayo y desemboca en el Duero en el municipio zamorano de Villalcampo. Sus afluentes son el Aliste, el Tera (de 140 kilómetros y 822 hm³/año y que crea el lago de Sanabria), el Órbigo (de 108 kilómetros y un caudal de 1.576 hm³/año), el Cea (de 163 kilómetros y un caudal de 282 hm³/año), el Bernesga (que pasa por León en sus 83 kilómetros de recorrido y tiene un caudal de 619 hm³/año) y el Porma (de 79 kilómetros y 803,7 hm³/año). Al igual que sucede con el Pisuerga, en su desembocadura el Esla tiene un caudal ligeramente superior al del Duero.

El Tormes es el afluente más importante de la margen izquierda. Nace en Prado Tormejón (Sierra de Gredos) y desemboca cerca de Fermoselle (Zamora) tras pasar por Salamanca, recorriendo 149 Km y aportando un caudal absoluto de 1.272 hm³/año. Sus únicos afluentes son los ríos Almar y Corneja. También por la margen izquierda, el río Águeda con 176 Km de longitud y un caudal absoluto de 720 hm³/año, sería el siguiente en importancia. Nace en el manantial del Puente de los Llanos en Navasfrías, (Salamanca), pasa por Ciudad Rodrigo y durante 40 kilómetros hace de frontera natural entre España y Portugal hasta su desembocadura en Barca de Alba (Portugal). Otro afluente importante de la margen izquierda es el Adaja que tiene 176 kilómetros de longitud y un caudal absoluto de 413 hm³/año, de los que más de la mitad (256 hm³/año) se los aporta el Eresma tras 134 kilómetros de recorrido desde la sierra de Guadarrama hasta Matapozuelos, pasando por Segovia.

El resto de afluentes tienen una aportación inferior a los 400 hm³/año, siendo los más importantes:

Afluente
Caudal Abs.
Longitud
Nacimiento
Desembocadura
Támega
394 hm³/año
145 Kms.
Laza (Orense)
Entre-os-Rios (Portugal)
Huebra
259 hm³/año
134 Kms.
Peña de  Francia
Saucelle (Salamanca)
Cega
232 hm³/año
149 Kms.
Navafría (Segovia)
Pte. Duero (Valladolid)
Valderaduey
186 hm³/año
158 Kms.
Mte. Riocamba (León)
Zamora
Duratón
161 hm³/año
114 Kms.
Somosierra (Madrid)
Peñafiel (Valladolid)
Riaza
143 hm³/año
113 Kms.
La Quesera (Segovia)
Roa de Duero (Burgos)

Como ya se ha comentado, el 98% de la parte española de la cuenca hidrográfica del Duero corresponde a Castilla y León, lo que significa que el 84% del territorio castellanoleonés está incluido en la cuenca del Duero (sólo se queda fuera el norte de Burgos y el noroeste leonés) y que la práctica totalidad de la cuenca del Duero se corresponde con Castilla y León. Posiblemente fuera éste el principal argumento para la constitución de Castilla y León como región y comunidad autónoma en 1981, pues aunque dicha constitución se basó en argumentos históricos, esos argumentos quedaron de lado a la hora de establecer otras fronteras dentro del territorio del Estado, como fue la creación de las comunidades autónomas de Cantabria y La Rioja, vinculadas con este movimiento fronterizo.


lunes, 12 de mayo de 2014

LA SINTONÍA RADIOFÓNICA

Cuando comenzamos nuestro periplo universitario, todos los que compartíamos piso, al irnos a la cama, por lo general, escuchábamos la radio hasta dormirnos, cada uno en su habitación. Por aquel entonces, el programa “El Larguero” de la Cadena Ser, dirigido por José Ramón de la Morena, estaba comenzando a hacer sombra a “Supergarcía en la Hora Cero” de Antena 3 Radio, el indiscutible líder durante los últimos años y dirigido por el gran José María García. Nosotros solíamos intercalar ambos programas, aunque preferíamos “El Larguero”. Era más divertido y dinámico ya que José María García, fiel a su peculiar estilo, se podía tirar días y días hablando del mismo tema, en función de sus últimas investigaciones.

Estando en nuestro segundo año universitario, “El Larguero” era nuestro preferido y lo lógico es que a las doce de la noche, en el piso se oyera la canción “Ra, ra, ra” del cantautor sevillano Benito Moreno que, por entonces, era la sintonía del programa y así lo ha sido durante unas dos décadas. Incluso el Chopo, que solía sacarse un dinerillo tocando la dulzaina por ciertos pueblos de Castilla próximos al suyo, nos solía tocar dicha sintonía, entre otras canciones, con las que nos acababa aburriendo, salvo cuando teníamos invitados en casa.

Curiosamente, cuando la Vuelta a España que se estaba disputando ese año hizo incursión en tierras castellanas, José Ramón de la Morena hizo alusión en su programa a que un colaborador suyo le tenía que tocar la sintonía del programa con la dulzaina.

Se dio la casualidad de que el 1 de Mayo en la Vuelta Ciclista a España se disputaba una cronoescalada con final en el puerto de Navacerrada, etapa idónea para ir a verla en directo. A pesar del dilema moral que nos suponía, pues el primero de Mayo lo reservábamos para asistir a la manifestación, nuestro amor al ciclismo acabó venciendo y decidimos finalmente acudir a presenciar la etapa en directo. Para ello, los cinco que por entonces compartíamos piso en la calle Imperial de Valladolid, (Marcos, Chopo, Tomás, Toño y yo), nos subimos a mi lastrado Renault 5, a las cinco de la mañana, provistos con una fiambrera llena de filetes empanados y un termo de café con leche que me fueron suministrando gradualmente para poder llevar a buen término la expedición rumbo a Navacerrada.

Una vez allí, disfrutamos de un precioso día de montaña y, ubicados a escasos doscientos metros de la línea de meta, pudimos presenciar durante unas cuatro horas el paso de todos y cada uno de los ciclistas que seguían en competición, disfrutando de un excelente día de ciclismo. Por cierto, aquella etapa la ganó Alex Zülle aunque al final fue Tony Rominger quien se acabó llevando la Vuelta.

Al finalizar la etapa nos acercamos a la meta donde, entre otras, estaba ubicada la unidad móvil de la Cadena Ser donde José Ramón de la Morena estaba hablando a través de un Motorola de los “de entonces” con los estudios centrales de su emisora.

Cuando José Ramón de la Morena terminó la conexión me acerqué a él para comentarle que mi amigo Chopo tocaba la dulzaina y que sabía tocar la sintonía de “El Larguero”, tal y como él había pedido en su programa. En cuanto se lo dije, con una sonrisa muy propia suya se acercó al Chopo para comprobarlo y, allí mismo, el Chopo le tocó la sintonía ante la algarabía de éste y de sus  colaboradores, citándonos en su hotel de Segovia para proceder a la grabación.

Así hicimos. Montamos los cinco en el coche y nos fuimos, puerto abajo, hasta el mismo centro de Segovia. Allí conocimos a gran parte del equipo de la cadena Ser, entre los que destacaba el ex ciclista Marino Lejarreta, y después de intercambiar algunas palabras con ellos, el Chopo grabó la sintonía con la simple ayuda de uno de los micrófonos que ellos utilizaban. Durante unos meses todas las noches estuvimos escuchando la dulzaina del Chopo en la sintonía de El Larguero, hasta que finalizó el Tour de Francia a finales de Julio, acompañada en ocasiones por algún chascarrillo que José Ramón de la Morena lanzaba a costa del tamboril, que había sido añadido por ellos y que decía ser tocado por alguno de sus técnicos y que nos servía para echarnos unas risas con el Chopo.

Al año siguiente, la etapa prólogo de la Vuelta a España fue una contrarreloj individual en Valladolid que recorría parte de la ciudad. Por entonces vivíamos en la céntrica Plaza Poniente y dicha etapa transcurría justo al lado de allí, por lo que fuimos a verla y nos ubicamos justo en la curva opuesta a donde vivíamos, a poco más de cien metros de nuestro portal.

Debido a ello, el programa “El Larguero” se emitió esa noche en directo desde Valladolid y los cinco del piso acudimos a presenciarlo. Al finalizar el programa, el Chopo se encontró con el gran Javier Mínguez, (en aquel momento ex director de los equipos BH y Amaya Seguros y que posteriormente también fue director del Vitalicio, además de ser el actual seleccionador nacional). Por aquel entonces Javier Mínguez era colaborador del programa y el Chopo le conocía por distintas estancias de éste en Arandilla, (pueblo del Chopo). En cuanto le vio le dijo que se tocara algo con la dulzaina, (que el Chopo solía llevar encima muy a menudo dentro de su funda de cuero), y se montó una pequeña fiesta improvisada. Evidentemente, en cuanto lo oyó José Ramón de la Morena se fue hacia el Chopo y se empezaron a preguntar el motivo por el que le conocía cada uno. Javier Mínguez desconocía que el Chopo grabó el año anterior la sintonía del programa con la dulzaina, aunque sí que le había visto tocar en su pueblo. El caso es que el Chopo fue invitado por la Ser a seguir en directo la siguiente etapa que partía de Valladolid y llegaba hasta Salamanca.

Al día siguiente, el Chopo vivió toda una jornada de ciclismo en vivo con el equipo de la Cadena Ser, participando en el programa de “El Larguero” de esa noche que se emitió desde Salamanca. José Ramón de la Morena le hizo algunas preguntas acercas de las distintas ocarinas que coleccionaba y acabó tocando en directo la sintonía del programa con la ocarina más pequeña que tenía y que solía llegar colgada de un cordelito a modo de cadena. En esa Vuelta a España volvió a sonar diariamente en el programa la sintonía que el propio Chopo había grabado un año antes con su dulzaina.

lunes, 28 de abril de 2014

LAS ALEACIONES DE ORO

Nunca llevo ningún tipo de joya, complemento o reloj. El reloj lo dejé de usar a los 20 años cuando mi último Casio, bastante magullado por la mala vida que le había proporcionado, decidió pasar a mejor vida soltándose de mi muñeca justo cuando estaba asomado al balcón, debido a lo desgastada que estaba su correa. Lo había intentado bastantes veces pero nunca desde un sitio tan propicio. A partir de entonces decidí que no iba a ser esclavo del tiempo y que me iba a regir por mis propios parámetros y no los que me marcase la hora del día.

Anteriormente, ya me había desprendido de mi collar de adolescente rebelde, (de macarra, según mi padre), me había negado a llevar cualquier tipo de anillo de “niño bien” que mi madre hubiese deseado que hubiese querido llevar después de la Comunión y no osé a ponerme un pendiente para evitar que me hubiesen podido arrancar la oreja en casa, aunque provoqué polémica alguna que otra vez cuando aparecía en casa con algún pendiente de imán.

Por todo ello, mi conocimiento sobre joyería siempre ha sido bastante escaso, incluso actualmente. La primera vez que fui a una joyería para hacer un regalo especial y me empezaron a hablar de quilates, de oro blanco o de oro rosa, no sabía de qué me estaban hablando, así que, como hubiese hecho cualquier otro en mi situación, elegí lo que más me gustaba y que se aproximaba al dinero que tenía pensado gastarme.

Evidentemente, nada más salir de la joyería y llegar a casa me puse a investigar acerca de lo que significaba cada cosa, pues no sabía si esas variedades de oro eran oro de menor calidad o no, a pesar de lo que me habían dicho en la joyería, pues en ningún momento me hablaron de aleaciones y el joyero no deja de ser un vendedor que pretendía que no me fuera de vacío.

Así, descubrí que el oro puro tiene 24 quilates. El problema es que el oro puro es demasiado blando para ser usado en joyería, por lo que se reduce su pureza y se endurece aleándolo con plata, cobre, paladio, níquel o hierro, adquiriendo distintos tonos de color o matices después de la aleación.

En joyería fina normalmente se usa el oro aleado. El oro alto tiene 18 quilates y tiene 18 partes de oro y 6 de otro metal o metales (75 % en oro), el oro medio tiene 14 quilates, con 14 partes de oro y 10 de otros metales (58,33 % en oro) y el oro bajo o de 10 quilates, tiene 10 partes de oro por 14 de otros metales (41,67 % en oro). El oro de 18 quilates es muy brillante y vistoso, pero es caro y poco resistente, por lo que el oro medio suele ser el más usado en joyería, ya que es menos caro que el oro de 18 quilates y más resistente.

Dentro de los distintos tipos de oro alto, (de 18 quilates), en función del tipo de aleación, éste se denomina de diferentes maneras. El más común es el oro amarillo, que contiene 18 partes de oro, 3 de plata y 3 de cobre y es el oro de 18 quilates por excelencia. Otros tipos de oro alto muy apreciados últimamente son el oro blanco, que contiene el 75% de oro, el 16% de paladio y el 9% de plata, el oro rosa, que contiene 75% de oro, 20% de cobre y 5% de plata, y el oro gris, que contiene el 75% de oro, 15% de níquel y 10% de cobre. El resto, también de 18 quilates, son el oro rojo, que contiene 18 partes de oro y 6 de cobre, el oro verde, que contiene 18 partes de oro y 6 de plata y el oro azul, que contiene 18 partes de oro y 6 de hierro.

Aparte de en joyería, el oro también se emplea como patrón monetario, en medicina, en la industria, en electrónica, en química comercial, en alimentos y en bebidas. Tiene una muy buena conductividad eléctrica y resistencia a la corrosión, así como una buena combinación de propiedades químicas y físicas, por lo que comenzó a emplearse a finales del siglo XX como metal en la industria. Es sumamente inactivo e inalterable por el aire, el calor, la humedad y la mayoría de los agentes químicos, aunque se disuelve en mezclas que contienen cloruros, bromuros o yoduros, entre otros, siendo los cloruros y los cianuros los compuestos más importantes de oro, al mezclarlo con mercurio. Desde tiempos remotos es apreciado, no solamente por su belleza y resistencia a la corrosión, sino también por ser más fácil de trabajar que otros metales, debido a su maleabilidad, y menos costosa su extracción, aunque su relativa rareza, propició que comenzara a usarse como moneda de cambio y como referencia en las transacciones monetarias internacionales.

Se cree que la cantidad total de oro extraído y, por lo tanto, de oro circulante en el mundo, es de unas 165.000 toneladas lo que supondría un cubo de unos 20,3 metros de lado, (poco más de 8000 metros cúbicos), mientras que la producción mundial anual actual está en torno a las 2.500 toneladas, lo que supone algo más de 126 metros cúbicos de oro o lo que es lo mismo un cubo de poco más de cinco metros de lado.

En la cultura popular el oro es frecuentemente referenciado en sentido figurado. Así la regla de oro suele hacer referencia a la regla más importante en una disciplina concreta. Cuando algo se califica como muy valioso o apreciado se dice que es "de oro". Igualmente, cuando algún producto es muy valioso económicamente hablando para el conjunto de la sociedad o es medio de subsistencia de una comunidad concreta se le hace referencia al oro. Se utiliza la calificación de "oro negro" para referirse al petróleo, "oro rosa" para referirse a los camarones, "oro verde" para referirse al aguacate, a las esmeraldas, a la planta de coca, al cannabis o a la soja, "oro blanco" para referirse al platino y al clorhidrato de cocaína, al algodón o al marfil, "oro rojo" para referirse al coral rojo o a la sangre humana traficada ilegalmente y "oro líquido" para referirse al aceite de oliva, como ejemplos más significativos. Incluso Bea, cuando tiene una gran ocurrencia o recuerda algo importante que yo había olvidado, se señala la cabeza y me dice “Ves, pepitas de oro tengo aquí”.

Es curioso, pero las monedas de 50, 20 y 10 céntimos de euro están formadas por una aleación denominada oro nórdico, ya que Suecia fue el primer país que la utilizó para fabricar coronas. Esta aleación está compuesta por un 89% de cobre, un 5% de aluminio, un 5% de zinc y un 1% de estaño. Evidentemente no contiene oro. Otra curiosidad es que el miedo irracional al oro se denomina crisofobia, aunque no creo que exista tal miedo.


lunes, 14 de abril de 2014

LA MALDICIÓN DEL TRECE

Cuando tenía 10 años, por fin nuestro colegio, el C.P. Santa María, se inscribió en la Liga Escolar de fútbol. El equipo lo formamos mayoritariamente entre los compañeros de clase, todos alevines de primer año, puesto que los de sexto curso preferían jugar al balonmano. Así, tuve relativamente sencillo quedarme con el número 9, que era mi número predilecto por entonces, ya que era el mismo que llevaba Quini, mi mito de la infancia. Todo ello a pesar de que ya jugaba “de ocho” o “de diez”, más que “de nueve”, pues me faltaba velocidad para nuestro juego desestructurado.

Eso sólo duró el primer año, ya que al año siguiente pasé a llevar el número 6 y a jugar en el centro de campo. A pesar de que tenía la que posiblemente sea la posición más bonita del fútbol actual, la de medio centro, a mí, por entonces, me gustaba jugar más adelantado, por lo que en los distintos equipos en los que jugué lo hacía de delantero centro, media punta o interior derecho, optando siempre por el número 9 o el 11 en su defecto.

Ya en competiciones de categoría absoluta, en el primer equipo que jugué fue en el de la cafetería San Francisco con el que jugué un año la competición local de fútbol-sala. Allí llevaba el 24, pues toda la numeración del equipo estaba en la veintena, algo curioso, por otro lado.

Posteriormente, cuando jugué federado en las categorías regionales de mi provincia, dejé de dar importancia al número que llevaba, aunque tenía preferencia por los números altos. Igualmente, aunque prefería jugar de media punta o de interior derecho, también dejé de dar importancia a la posición en la que jugaba, pues todas las posiciones tienen la suya. Así en Villalba empecé jugando de interior derecho o lateral derecho, dependiendo de las necesidades. Jugué un año con el 2, otro con el 16 y otro con el 14, que pasó a ser mi número predilecto. Ese número lo llevé el año que pasé en Berlangas, (exclusivamente de delantero centro), cuando volví a Villalba, (ya de defensa central), y en Arandilla, (seis años, en total), para pasar al 18 en Pinilla, pues era el que más me gustaba de los pocos que quedaban.

Aunque normalmente los números 1 y 13 se destinaban para los porteros, hubo un año en el que el número 13 estaba disponible. Recuerdo que éramos dos los que lo queríamos y acabó no tocándome a mí. Es cierto que si hubiera tenido un gran empeño, otros años podía haber pedido que se hiciera una camiseta con el número 13, pero tampoco era un asunto tan importante como para estar pendiente de sí se iba a hacer equipación o no y de la numeración que iba a llevar. Además, he de reconocer que, aunque no soy nada supersticioso, sí que he llegado a pensar que si me empeñaba en llevar el 13 y sufría alguna lesión importante podría en algún momento llegar a achacarse a eso por parte de alguien, algo que no quería que sucediera, por lo que no insistí en el tema. Yo, que lo primero que hice cuando llegué a Valladolid a iniciar mi etapa universitaria fue contar los 20 leones que hay en las 18 columnas de la histórica Universidad de Valladolid, (hoy Facultad de Derecho), desafiando una muy antigua y muy vigente superstición estudiantil por la que quien osa contar los leones nunca terminará sus estudios universitarios, que nunca evito pasar por debajo de una escalera o que lo único que me molesta de que se me caiga la sal es que tengo que recogerla, renunciaba a solicitar que se incluyera el número 13 influenciado por las supersticiones ajenas, (y también porque soy un poco dejado).

Este miedo irracional al número trece se denomina triscaidecafobia y es una superstición a la que se le atribuyen dos orígenes muy parecidos, ambos muy arcaicos.

El más antiguo procede de la mitología nórdica. Loki, el espíritu de la ira, el engaño y del mal, era el decimotercer dios en el Valhalla o panteón nórdico y fue el causante de la muerte del dios Balder, segundo hijo de Odín, el dios principal de la mitología nórdica. Esto se cristianizó más tarde al decir que Satán era el decimotercer ángel.

El segundo origen que se le atribuye es cristiano, relacionado con la última cena de Jesús con los doce apóstoles. Tras esa cena, Jesús fue capturado y crucificado tras haber sido traicionado por Judas Iscariote. De ahí que la tradición cristiana considere que nunca se deben sentar trece personas en una comida o una cena, pues uno de ellos morirá en el transcurso de un año.

Anteriormente, tampoco es que el trece hubiese corrido mejor suerte. Los egipcios dividían la vida en trece etapas, donde la última se correspondía con “la vida eterna” tras la muerte. Los babilonios consideraban al número trece como de mal agüero, tanto es así que incluso el código de Hammurabi, compilación de leyes y edictos auspiciada por el rey Hammurabi, omitió este número en su lista. Hesíodo, poeta de la Antigua Grecia, en su obra "Los trabajos y los días" hace referencia a la fatalidad del número trece prohibiendo la siembra en esos días. Y, para colmo, aunque posterior al origen cristiano, el capítulo 13 del Apocalipsis de San Juan es el correspondiente al Anticristo y al día de la bestia.

En general, el 13 se puede considerar un número malo sencillamente porque es el siguiente al 12, el cual es un número popularmente utilizado en muchas culturas debido a que es un número altamente compuesto, divisible entre 2, 3, 4 y 6, mientras que el 13 encima es primo, es decir, que no se puede descomponer. El halo de desgracia que rodea al número 13 se ha extendido y enraizado hasta casos completamente sorprendentes y en muchos países ha quedado borrado de lugares como hogares o transportes, donde más atención se suele prestar al bienestar y más pánico se tiene a la posibilidad de ver entrar el maleficio. Por ejemplo, en Francia se intenta omitir el número 13 al dar las señas y en Italia, la Lotería Nacional lo omite. Algunas líneas aéreas internacionales saltan del 12 al 14 en la numeración de los asientos de sus aviones, al igual que también ocurre en la mayor parte de los edificios en Estados Unidos y en la numeración de los coches de la Fórmula 1. Además, en la cultura anglosajona si además de día 13 se le suma el que sea viernes la maldición se completa, pues el viernes es el día en la que Jesús murió crucificado, mientras que en la cultura grecolatina es el martes y 13 puesto que Marte, (que da el nombre al martes), es el dios de la guerra en la mitología griega, por lo que el martes está regido por el planeta rojo, el de la destrucción, la sangre y la violencia.

La verdad es que, aunque por lo general el número 13 en fútbol se destina al portero suplente por ser el que menos posibilidades suele tener de salir a jugar y la gente lo evita por esa cultura popular que cree en fuerzas ocultas que van a propiciar mala o buena suerte en función de supersticiones infundadas, yo lo considero un número más sin ningún significado, pues los números sólo representan cantidades.

Por cierto, para aquellos supersticiosos, he de recordar que, a pesar de lo poco que se usa el número 13 por las razones ya descritas, Wilt Chamberlain, el mejor jugador de baloncesto de la historia hasta la irrupción de Michael Jordan, llevaba el número 13, (número retirado por Los Ángeles Lakers en su honor), y Gerhard “Torpedo” Müller marcó 14 goles con su selección, (Alemania R.F.), en los mundiales de México 70 y Alemania 74 siendo la segunda mejor marca de todos los tiempos sólo superada por el brasileño Ronaldo. En el primero de ellos fue elegido mejor jugador del torneo y en el segundo se proclamó campeón, todo ello con el número 13 a la espalda.


lunes, 31 de marzo de 2014

LAS DEPENDENCIAS ADQUIRIDAS

Recuerdo que la primera vez que estuve en la ciudad de Cádiz. Lo hice aprovechando unas vacaciones de Semana Santa, (todavía en mi época universitaria), que pasé con mis amigos Marcos, Jesús, Tomás y Pedro en Zahara de los Atunes. El mismo viernes, tras pasar el día viendo la zona sur de la provincia de Cádiz, intentar pasar a Gibraltar, algo que no pudimos culminar por nuestra aversión a ir identificados, y hacer paradas en Bolonia, Tarifa y Algeciras, decidimos ir a pasar la noche a Cádiz, a sugerencia de Marcos, pues era una ciudad que asociábamos a la buena fiesta y al divertimento. De aquella noche recuerdo principalmente dos cosas. Una es que estuvimos recorriendo todos los bares de Cádiz para ver si encontrábamos uno sólo que tuviera la cafetera encendida para que Pedro se tomara un café, pues por entonces, Pedro no era persona si no se tomaba una café después de cenar. De esa experiencia deduje que en Andalucía la gente no se toma un café después de cenar, algo que es bastante frecuente en Castilla antes de salir de fiesta. La otra cosa que recuerdo es que ir de fiesta a Cádiz un Viernes Santo es la peor idea del mundo, algo en lo que no reparamos ninguno de los cinco ateos que nos refugiábamos en Zahara de los Atunes para huir de la Semana Santa y de la toda la religiosidad y parafernalia propias de otras épocas inherente en esas fechas en este país de castañuela.

La verdad es que ése ha sido sin duda el café más famoso que Pedro se haya tomado nunca  y eso que se tomará unos cuantos cada día, no más que cervezas, pero dicha anécdota se la hemos recordado en múltiples ocasiones con el irónico reproche en el que siempre envolvemos este tipo de anécdotas, siempre acompañada de la ocurrencia de Marcos de ir a Cádiz de fiesta en Viernes Santo, aunque eso es algo de lo que todos fuimos responsables, pero es más gracioso si se le carga la responsabilidad a alguien.

Para Pedro, ese café era una dependencia adquirida, un hábito necesario o una necesidad psicológica, lo que podría denominarse una cuasi-necesidad, pues aun no siendo una condición indispensable para su vida, sí que se trataba de una necesidad social adquirida que dominaba una gran parte de su conducta y que surgía de un condicionante situacional.

Evidentemente todos tenemos estos tipos de dependencias adquiridas que muchas veces pueden ser pequeñas manías, adiciones o hábitos, que resultan no ser tan pequeñas cuando se ha de prescindir de alguno de ellos.

Con este tipo de necesidades no se nace. Son necesidades que se adquieren y no suceden sin ser ocasionadas. Cada persona moldea continuamente su forma de ser y de actuar, de acuerdo a  las influencias que recibe del medio que le rodea, al entorno social y a la propia forma de ser, según se va construyendo o moldeando la propia identidad y el estilo de vida personal o propio. Según se construye nuestro  sistema de creencias y valores, que definirá la actitud con la que afrontaremos la vida y el rol que desempeñaremos socialmente y que estará presente en toda situación o actividad que llevemos a cabo, pudiendo ser modificado por las exigencias de las circunstancias particulares, se van construyendo o adquiriendo, de forma paralela, nuestros hábitos, costumbres o dependencias que formarán parte de esa personalidad propia y que moldearán nuestras actitudes ante determinadas circunstancias.

Los valores, ideas, sentimientos y experiencias significativas definen los hábitos y las dependencias de cada persona. Por lo tanto, estos hábitos se crean, no se obtienen por herencia genética, se pueden volver necesidades y nos llevan a realizar acciones automatizadas que, ante circunstancias adversas y con el propósito final de llevar a cabo ese determinado hábito, puede modificar considerablemente nuestra actitud ante unas determinadas circunstancias o situaciones.

Pequeñas adiciones como el tabaco, el café, el alcohol, el uso abusivo de determinadas tecnologías, pequeños hábitos que llevamos a cabo repetidamente en momentos puntuales del día de forma inflexible, incluso el ejercicio puede considerarse una adición cuando es un hábito muy necesario debido a la descarga de endorfinas que provoca a quien lo pone en práctica, acaban siendo dependencias sin las cuales se trastorna nuestro proceder rutinario hasta el punto de poder llegar a padecer una ansiedad propia de un síndrome de abstinencia. Psicológicamente, estas necesidades surgen y activan el potencial emocional y conductual ante la aparición de los incentivos satisfactorios de la necesidad, debido a la tensión que conlleva el no poder poner en práctica dichos hábitos regulares.

Yo, como todos, tengo las mías. Cuando llego a casa después de salir de trabajar tengo que fumarme el cigarro que marca el comienzo del tiempo libre. Sin ese cigarro, las tardes no parecen ser las mismas y mi cuerpo y mi mente me recuerdan que hay algo que está transcurriendo de diferente forma hasta provocar que esté más pendiente de esa cuasi-necesidad que del resto de cosas que están aconteciendo o que estoy llevando a cabo. Consciente de ello, suelo ser complaciente con las manías de los demás, siempre que no me afecten considerablemente, pues seguramente esa pequeña manía pueda ser una dependencia adquirida.


martes, 18 de marzo de 2014

LAS CANCIONES DE NUESTRA VIDA

Mucha de la gente que me conoce no lo sabe, pero cuando yo era niño cantaba bastante bien, al menos eso era lo que decía quien me escuchaba, principalmente los amigos de mis padres, que en sus reuniones de sobremesa me solían tentar para que cantara, algo que acababa haciendo debido a la insistencia y a algún que otro incentivo en forma de propina. También me sirvió para ganar varios festivales de la canción en las colonias de verano que organizaba la empresa en la que trabajó mi padre y a las que acudí durante seis veranos de forma consecutiva. Mi repertorio estaba formado por una docena de canciones que me había aprendido entre las que destacaban “La mochila azul” de Pedrito Fernández, “Como un vagabundo” de Bertín Osborne o “La misma piedra” de Julio Iglesias, todas ellas muy influenciadas por los gustos de mis padres. He de reconocer que cuando, extrañamente, llega a mis oídos alguna de esas canciones que cantaba me acuerdo de aquellos momentos tan halagüeños para mí, a pesar de que pueda coincidir con alguno de mis amigos más íntimos de la infancia que no durará en vacilarme con la canción de turno, pues mis gustos musicales son muy diferentes a esas canciones.

Esas canciones me recuerdan ese momento, pero “Embrujada” de Tino Casal o “Barco a Venus” de Mecano hacen que me aparezca un flash mental de las fiestas del barrio de mi niñez, pues era la música que sonaba en las atracciones cuando yo apenas tenía ningún tipo de cultura musical.

Con la adolescencia fui marcado por otras canciones. Aún recuerdo el año que pasé en un internado de Valladolid cuando oigo el disco “Todos están muertos” de Ilegales, especialmente la canción “Ella saltó por la ventana”. Ese mismo año también me marcó “Bailaré sobre tu tumba” de Siniestro Total, que sonaba mucho en el Club Juvenil al que solía ir a jugar al billar con Álex cuando iba para Aranda.

En mi caso, fue en la época de la adolescencia cuando más canciones tengo asociadas a recuerdos. La entrada del directo de Siniestro Total “En beneficio de todos” comienza con la sintonía de la serie “Corrupción en Miami” y era como empezaban la gran mayoría de las veces que salía de marcha con los amigos, junto con “Acción” de Seguridad Social, aunque fue realmente la canción de “Cuánta puta y yo qué viejo”, (de Siniestro Total), la que pasó a ser el himno de la cuadrilla. Es curioso que unos cuantos años después ésta sea la canción lema del Vayvén, el bar que más frecuento cuando voy a Aranda.

La fiesta de fin de curso de C.O.U. está asociada al primer disco de Distorsión y era la banda sonora del primer coche que tuve, un Renault 5 rojo del 76 de tercera mano, que llegó a hartar a mis amigos de tanto montar en mi coche. Igualmente, la canción “No sé qué hacer contigo” de Barricada me traslada al antiguo Sonata, un pub que frecuentábamos por aquel entonces.

El grupo fetiche del piso de estudiantes que tuvimos en Valladolid fue Barón Rojo, muy a pesar mío, pero llegué hasta a aprenderme las letras de algunas canciones debido a la cantidad de veces que los oí, y si oigo el tema “Los rockeros van al infierno” me acuerdo de Marcos, el Bicho y el Chopo en posición propia del "Metal Hero", gritando la letra de la canción.

Evidentemente, igual que hay canciones que traen recuerdos de lugares o circunstancias, hay canciones que me recuerdan a personas. Por ejemplo, “La mataré” de Loquillo me trae de vuelta al mundo a Carmela, una amiga de la Universidad, “Tocaré” de Tahúres Zurdos me recuerda a Paloma, una antigua amiga de las épocas de instituto y universidad, “London burning’s” de The Clash me recuerda a César, mi compañero de instituto… Curiosamente, a todos ellos no los veo desde hace más de 15 años, aunque si oigo “El imperio contraataca” de Los Nikis pienso en mi amigo Mario, si no está cerca de mí en ese momento.

Del mismo modo otras canciones me pueden traer un determinado recuerdo. “I will survive” de Gloria Gaynor me recuerda mis seis meses en París, “M+M’s” de Blink 182 mis otros seis meses en China, “Pegado a ti” de Los Planetas me trasladan a mis repetidas estancias en Hendaya, “Surfin’ papa” de Mamá Ladilla me recuerda el I Curiel Rock, oír el “Waka-waka” de Sharika es visualizar el gol de Iniesta en la final del Mundial de Sudáfrica y el “I love it” de Icona Pop es retrotraerme a las vacaciones del último verano que pasé en la isla croata de Hvar.

Esta conexión entre canciones y recuerdos es debido a que la música pone en funcionamiento la parte del cerebro humano relacionada con la memoria por lo que se convierte en fuente evocadora de recuerdos. Al escuchar música, las neuronas conectan las melodías con los acontecimientos o emociones que se estén viviendo, lo que de nuevo será recordado cuando se vuelva a escuchar esa misma música. Es por eso que se tiene una asociación concreta entre canciones y recuerdos de determinados acontecimientos de nuestra vida y es por eso, igualmente, por lo que es fácil recordar las circunstancias o el lugar en el que escuchamos por primera vez una canción o un grupo que nos haya llamado poderosamente la atención en el momento en el que lo escuchábamos. En mi caso, por ejemplo, recuerdo con facilidad dónde estaba la primera vez que escuché a una buena parte de mis grupos predilectos o de las canciones que más me gustan o me han gustado enormemente en algún momento.

En fin, que continuamos, aún sin quererlo, construyendo, adaptando o actualizando la banda sonora de nuestra vida, pues todos los momentos importantes que vivamos y que tengan un telón musical de fondo provocarán que nuestro cerebro haga una relación entre ambos, volviéndolos a recordar irrevocablemente unidos. Es por ello, que habrá que tener cuidado si no queremos tener asociada una canción detestable a un acontecimiento que queramos recordar de por vida y viceversa. No pensaba yo que la función del disc-jockey pudiera ser tan importante.


miércoles, 26 de febrero de 2014

LOS RECURSOS LUDOLINGÜÍSTICOS

Hace unos meses que llegó a mis oídos el primer disco y único de un grupo llamado Dislexia, que se titula “Luz azul”. Desde el primer momento en el que lo escuché me llamó mucho la atención por sus letras e incluso cuando lo escuché por segunda vez me percaté de que la primera canción del disco “Personajillos pintorescos” era un divertido tautograma, es decir, un texto compuesto por palabras que comienzan todas por la misma letra. El más famoso tautograma de la historia, aunque corto, fue “Veni, vidi, vinci”, pronunciado por Julio César en el año 47 a.C. al dirigirse al Senado romano, describiendo su victoria en la Batalla de Zela, aunque ya un siglo antes el dramaturgo romano Ennio había hecho famoso ese artificio lingüístico mediante la publicación de un hexámetro tautográmico con la letra “t”. En español, el más famoso tautograma fue un soneto escrito por Francisco de Quevedo en el siglo XVII utilizando únicamente palabras que comenzaban con la lera “a”, aunque se considera que la obra maestra del tautograma fue “Pugna porcorium per Placentium porcium poetam” del profesor alemán de teología Leo Placentius y escrito en latín, que se traduce como “El combate de los cerdos por el poeta porcino Placentius” y que se componía de 253 versos hexámetros que contenían únicamente palabras que comenzaban con la letra “p”.

Lo curioso del disco en cuestión, es que, aunque tardé algo más en percatarme de ello, el título del disco “Luz azul” es un sencillo palíndromo, es decir, una palabra o frase que se lee igual en los dos sentidos. A este recurso era muy aficionado el escritor argentino Juan Filloy, que incluyó innumerables palíndromos en sus obras, aunque quizá el más famoso palíndromo en español sea “Átale, demoníaco Caín, o me delata” extraído del cuento “Satarsa” del también argentino Julio Cortázar, autor de otras muchas tantas obras que incluían palíndromos. Pero el más célebre de todos es el cuadrado Sator, encontrado en varias ruinas romanas e iglesias, con la inscripción “Sator arepo tenet opera rotas” que puede leerse en horizontal y vertical y en ambas direcciones, desconociéndose su verdadero significado. Otro célebre palíndromo es “A man, a plan, a canal, Panama” publicado por Leigh Mercer en honor de Ferdinand de Lesseps, constructor del canal de Suez y que fue quien comenzó las obras de construcción del canal de Panamá, aparte de ser el precursor de dicha idea.

Este grupo, Dislexia, me recordó mucho, por sus letras y estilo, al grupo Mamá Ladilla, que tiene canciones como “Risión cumplida” cuya letra está formada exclusivamente por palabras polisílabas, a excepción del título, “Cunnilingus post mortem” cuya letra está formada exclusivamente por latinajos o locuciones latinas, es decir, expresiones en latín que se utilizan en español con un significado cercano al original, “En el vergel del Edén”, cuya letra es un lipograma univocal ya que sólo utiliza la vocal “e” o “Atente a tu tonta tarea”, cuya letra es una continua paronomasia, recurso fónico que consiste en emplear parónimos, es decir, palabras que tienen sonidos semejantes pero diferentes significados. Igualmente, en otras canciones emplean intencionadamente diversos juegos de palabras. Curiosamente, al informarme acerca del grupo, descubrí que en su formación estaba Juan Abarca, líder de Mamá Ladilla.

Por cierto, un lipograma es un texto que excluye una o varias letras del alfabeto de modo intencionado, mientras que un univocalismo o monovocalismo emplea solamente una vocal, por lo que sería un lipograma en el que están ausentes todas las vocales salvo una. En 1972, el escritor francés George Perec escribió “Les Revenentes”, en la que sólo usa la vocal “e” durante 138 páginas. El escritor mejicano Óscar de la Borbolla en su libro “Las vocales malditas” escrito en 1988 dedica un cuento a cada vocal, aunque en “Un gurú vudú” utilice palabras modificadas, debido a la imposibilidad que se da en castellano de confeccionar frases con sentido y medianamente largas utilizando sólo la vocal “u”. Otros ejemplo son el cuento “Amar hasta fracasar” del escritor nicaragüense Rubén Darío, la canción “Ojo con los Orozco” del argentino León Gieco o “Efectos vocales” del rapero Nach, compuesta por tres bloques donde solamente usa las vocales “a”, (en el primer bloque), “e”, (en el segundo), y “o”, (en el último).

Todos estos artificios lingüísticos se engloban dentro de lo que se ha venido a llamar extraoficialmente como ludolingüística o uso lúdico de la lengua. Aparte de los ya enunciados recursos o artificios ludolingüísticos, existen otros como los pangramas, las palabras panvocálicas, los calambures o los anagramas, por citar los más representativos.

Los pangramas son oraciones que contienen todas las letras del alfabeto. Quizá el pangrama más conocido en el idioma español puede ser "El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi, la cigüeña tocaba el saxofón detrás del palenque de paja". Puede ser debido a que este pangrama es usado para mostrar las fuentes en el sistema operativo Windows. Por cierto, en Linux aparece el pangrama “Jovencillo emponzoñado de whisky: ¡qué figurota exhibe!”

Las palabras panvocálicas o pentavocálicas contienen todas las vocales y, si es posible, una sola vez cada una. Un ejemplo clásico, sin repetición de vocales, es la palabra “murciélago”, pero la más corta es “euforia” y la más larga “vislumbrándoles”.

El calambur es la agrupación de sílabas de diversos modos con significados diferentes, basándose en la homonimia, en la paronimia o en la polisemia. Fue popular en el Siglo de Oro y utilizado por escritores como Luis de Góngora (“Con dados ganan condados”), Francisco de Quevedo (“Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja/es coja”) o Juan Ruiz de Alarcón (“¿Éste es conde? Sí, éste esconde la cantidad y el dinero”), entre otros. El libro “Yo a éste lo ablando hablando” del uruguayo Santiago Tavella, los nombres de los personajes del dúo Gomaespuma o la adivinanza “Oro parece, plata no es” son ejemplos contemporáneos del uso de este juego de palabras.

El anagrama es una palabra o frase que resulta de la transposición de letras de otra palabra o frase, es decir, contienen las mismas letras en distinto orden. Ejemplos clásicos son amor- roma-mora-ramo-armo, monja-jamón-mojan, esponja-japonés, cabrón-bronca-barcón. Es un recurso muy recurrente en los guiones de cine y en la literatura, hasta tal punto que incluso el Sindicato de Directores de Estados Unidos empleó el seudónimo de Alan Smithee, (anagrama de "The alias men"), cuando alguno de sus miembros no quería ser asociado con una obra.

En fin, que con esto de hablar de jugar con la lengua me ha provocado cierta curiosidad y me ha dado por buscar la palabra más larga reconocida por la R.A.E. Es electroencefalografista, (persona especializada en electroencefalografía), de 23 letras. Aunque hablando con una amiga enfermera me dijo que polioencefalomeningomielitis, (trastorno inflamatorio que afecta a las meninges y a la sustancia gris del encéfalo y de la médula espinal), de 28 letras, es más largo y es un nombre real. Estoy seguro de que en algunos campos se trabaja con nombres mucho más largos y también reales, como  puede ser alfadenobetaparahidroxifenilpropanoicotirosina, (de 46 letras), que es el nombre de un proteína. Atrás quedó el título de la famosa canción infantil “Supercalifragilísticoexpialidoso”, (32 letras), que cuando era niño consideraba, erróneamente, la palabra más larga del castellano.

Por cierto, un  pentaquismiriohexaquisquilohexacosiotetracontapentágono, (55 letras), es un polígono de 56.465 lados y la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, (de 33 letras), es el jocoso nombre que se le ha dado al miedo irracional o fobia a la pronunciación de palabras largas. ¡Qué cachondos!

miércoles, 12 de febrero de 2014

EL RECUERDO DE LOS OLORES

Cada vez que comienza el otoño, el barrio de mi infancia tiene un olor especial. Es un olor que no sabría decir a qué se parece, pero siempre que vuelvo al barrio donde viven mis padres, ese olor que aparece en las tardes soleadas de mediados o finales de Septiembre me traslada, momentáneamente, a mi época de adolescente. Es el olor del comienzo del curso, del fin del verano. Es el olor que mi mente asocia al otoño. Para mí es el olor del otoño. También el invierno para mí tiene un olor especial, también incomparable con otro tipo de olores. Me sucede a comienzo de las tardes soleadas de invierno y el recuerdo lo asocio a las tardes de partido. Era el olor que percibía cuando salía de casa camino a “El Montecillo”, para ver aquellos partidos de tercera que disputaba mi querida Gimnástica Arandina como local cuando era niño, o el olor que percibía cuando salía de casa dispuesto a jugar al fútbol en las categorías de aficionados con los distintos equipos que jugué, (Villalba, Berlangas, Arandilla o Pinilla). Todavía me sucede que cuando salgo de casa estando de visita a mis padres, me entra una nostalgia terrible de aquellas tardes de domingo que pasaba en aquellos “patatales” en los que jugaba domingo tras domingo durante casi una década.

Evidentemente, hay muchos otros olores que tengo marcados en mi subconsciente y asociados a situaciones pasadas. El olor de la lluvia primaveral me hace recordar mis momentos de la infancia en los que salía del clase y me iba a coger caracoles con mi amigo Óscar en los regachos cercanos al colegio. El olor del césped recién cortado lo tengo asociado a aquellas tardes que iba con mis amigos a echar una pachanguita detrás de las porterías de “El Montecillo” mientras entrenaba el primer equipo de la ciudad. El olor a cocido cuando llego a casa en invierno asociado a la vuelta del cole, donde no había rellano de barrio proletario que se librara de ese olor. El olor invernal de los pueblos castellanos, al humo generado por la madera en plena combustión, me devolvía a aquellas épocas en las que iba al pueblo a las típicas matanzas que se hacían regularmente por entonces. El cordero asado asociado a esas reuniones familiares que todavía seguimos haciendo regularmente con la justificación de cualquier celebración. El olor a cierto perfume femenino que hace que se te represente alguna vieja amiga, alguna antigua novia o alguna otra mujer que marcó algún período de tu vida.

Luego hay otros olores más personales o asociados a una experiencia concreta. Reconozco que cada vez que huelo a ponche, me dan náuseas. Aún lo tengo asociado a mi primera gran borrachera de la adolescencia y es algo que después de muchos años no he logrado superar. En el lado agradable suelen quedar otros olores, como aquel que te deja ella en las sábanas y que te hace que puedas disfrutar en su ausencia con sólo sentir su olor.

Por lo general, los olores evocan recuerdos intensos en muchas personas, aunque no en todas, pues dependerá del canal sensorial que cada persona haya desarrollado con mayor intensidad. Los canales visual, auditivo y sinestésico son los tres canales sensoriales del ser humano. El canal sinestésico hace referencia al canal de comunicación que conforman los tres sentidos más primitivos del ser humano, el gusto, el olfato y el tacto. La predominancia de uno de los tres canales de comunicación en cualquier persona dependerá de los estímulos recibidos durante los primeros años de vida.

El olfato y el gusto son sentidos directamente relacionados con el instinto de supervivencia y ambos están conectados por la faringe. Distintas reacciones fisiológicas de carácter químico hacen que uno funcione conectado con el otro. Como el olfato y el gusto se relacionan directamente con la comida y ésta es indispensable para sobrevivir, la evolución ha hecho que los mecanismos de la memoria se adapten para conservar la información percibida por estos sentidos, de modo que perdure en el tiempo.

Todos los órganos asociados a cada uno de los sentidos, (vista, oído, gusto, tacto y olfato), poseen una zona definida de la corteza cerebral. Estos órganos nos permiten el contacto consciente con el mundo exterior y por medio de ellos captamos información del medio que nos rodea. Por otro lado, existe un proceso llamado asociación cerebral por medio del cual el cerebro conecta las diferentes zonas de la corteza para relacionar recuerdos. Como el sabor y el olor poseen características muy propias y poco comunes, por lo general, es más fácil para el cerebro relacionarlos con formas, colores, texturas e incluso sonidos, que hacerlo de forma contraria, es decir, es más fácil relación un olor con un objeto que un objeto con su olor.

Los recuerdos de olores y sabores, generalmente, están asociados a situaciones de seguridad y estabilidad, comida y abrigo, por ello permanecen más tiempo en la memoria a corto y largo plazo. Ésta es una forma de asegurar la permanencia de la especie.

La capacidad para recordar olores concretos es sorprendente si se tiene en cuenta que las neuronas del epitelio olfatorio tienen una vida media de unos 60 días. Tras su muerte, son reemplazadas por otras células nerviosas que deben establecer de nuevo las sinapsis, o relación funcional de contacto entre las terminaciones de las células nerviosas. Mediante una extremada precisión en el recambio celular, en el que cada sustituta ocupa un lugar concreto, se logra que los recuerdos no desaparezcan.

Cuando se trata de la creación del primer recuerdo asociativo entre un objeto y un olor, el cerebro actúa de una forma particular. La primera vez que se asocia un objeto a un olor se crea un profundo recuerdo en el cerebro, algo así como que hubiera una memoria especial la primera vez que se huele algo, que es creada en el cerebro por las regiones del hipocampo y la amígdala, por lo que se puede concluir que el cerebro prioriza los olores. Por todo ello, recordamos los olores y los asociamos a personas, objetos o situaciones.

Hace un par de semanas volví a jugar a fútbol tras más de ocho años sin hacerlo, (en este caso fútbol-7). Sí que había jugado alguna que otra pachanga de fútbol-sala y fútbol-7, pero no en una competición organizada. Al llegar al campo esperaba encontrarme con ese olor a hierba húmeda o recién cortada que me traslada a aquellos recuerdos de partido inminente y que me provocan unas sensaciones similares a las de un adicto que no puede reprimir sus terribles ganas de calzarse las botas de fútbol. Sin embargo no fue así. Es lo que tiene el jugar en campos de césped artificial.